Quiénes y cuándo
Jiménez. Horacio Salgán. Escritor de carrera. Daniel Salzano.
Jiménez
Cuando Carlos Jiménez emerge de las honduras de su repimporoteante monomóvil, lleva una hora larga de retraso y, sobre los hombros, una capa de caucho boliviano que lo transforma en un ser ondulante y poderoso. Entra al estudio de grabación con zancadas de hombre ducho y, al igual que la Bandera idolatrada, desencadena a su paso un ancho mar de besos y de abrazos. Todo el mundo parece conocer a “la Mona” Jiménez y “la Mona” Jiménez conoce verdaderamente a todo el mundo.
Se detiene ante el pelotón de fotógrafos que lo espera y los va identificando uno por uno, con el mismo estilo y las mismas intenciones que el general Patton a la tropa minutos antes del combate.
–Vos sos hermano del “Loco” Pascual, el de la tele –le dice, por ejemplo, al hermano del “Loco” Pascual, el de la tele, que reconoce el acierto, agradecido.
A todo esto, su perfume de Crooner de luxe ha ido desencadenando por la puerta del estudio un lento goteo de vecinos en pijama que quieren verlo, tocarlo, conocerlo. Lo creían –confiesan– más gordo y más bajito. Error. Jiménez no es ni gordo ni bajito. Jiménez es un cacho de dínamo arrancado de las entrañas de Saturno, un soberbio ejemplar de macaco cordobés y un imaginativo promotor de sí mismo. Con 81 discos en su haber y medio millón de bailes cantados y bailados, el rey de la milonga mediterránea es un tipo amistoso y divertido, cuyo punto más sobresaliente no reside ni en su voz, ni en su look, ni en su capa de caucho boliviano, sino en su insondable mirada de hombre niño.
Los ojos de "la Mona" Jiménez no son ojos porque los ves, sino porque te ven. Los ojos de "la Mona" te miran click click con velocidad 1/500 y ya tienen tu alma retratada de frente, de espalda y de perfil. Click click.
Se deja la monada querer por los fotógrafos, flexiona la cintura como un welter y, mientras se envuelve y desenvuelve con la capa varias veces, reconoce que está jugado con el tiempo. Esa misma noche tiene un baile en “el Depor” y lleva incontables minutos de retraso.
Está recontrajugadazo con el tiempo, pero tampoco parece excesivamente preocupado. Se enhebra con la gente del control a través de un par de auriculares y mientras espera las instrucciones de rigor, se relaja, hace chistes y sopla como una ballena para destapar la compleja cañería de su otorrinolaringología.
Le ofrecen un triple de pavita y no lo quiere, le traen un bidón con agua mineral y lo rechaza. Sólo acepta una medida de ferné, el elixir del piripipí, el néctar de los dioses de la jungla.
Ensaya el primer track de la canción (“Que se vaya la cana / que tiren la pedrada / que suene la campana / de la Catedral”) pero se hace una galleta y abandona. Entonces, se desafía con insólita energía, se provoca a sí mismo y se concentra. Levanta el dedo gordo. Vamos de nuevo, muchachos, ya la tengo. Pero no la tiene ni a la segunda ni a la tercera. A la cuarta, la saca de taquito (“De la Catedraaaaaalll”).
Entonces va de liana en liana, festejando. Pero no tiene mucho tiempo para la alegría. Mira el reloj y advierte que lleva 120 minutos de retraso. ¿O 220? Comienza a despedirse. Todo el mundo besa a “la Mona” Jiménez y “la Mona” Jiménez besa a todo el mundo.
Sale finalmente a la calle a buscar el monomóvil. Su capa se despliega en la soledad de la noche con la misma majestuosidad que el águila del Fernet Branca.
Pone primera, segunda y tercera al mismo tiempo y sale propulsado como en las viejas historietas de Dick Tracy.
A todo esto, dominadas por la ansiedad, las tribus urbanas que rodean “el Depor” hacen guardia entre fogatas con la mirada clavada en el horizonte de la calle Malvinas Argentinas.
A lo lejos se escucha el imperioso rugir del monomóvil.
–¡Ahí viene “la Mona”!
–¡Ahí viene “la Mona”!
Horacio Salgán
Del millón largo de fotos que caben en la vida, la primera de Horacio Adolfo Salgán fue obtenida en el cine de la vuelta, tras un fiero disparo de magnesio.
Salgán tenía pantalones cortos y tocaba meta y ponga, mientras, sobre su cabeza, pasaba galopando en blanco y negro el caballo del sheik Rodolfo Valentino.
Consta en actas que Salgán comenzó a tocar en el cine de la vuelta a la edad de 13 años, cuando llevaba siete asistiendo a las clases del Conservatorio Municipal. Y no empezó a tocar para hacerle el aguante a Valentino porque le gustara, sino porque el bolsillo de su casa estaba lleno de agujeros. Pero antes de cambiar de párrafo, observemos bien la foto: los anteojos de Horacito ya se ven sobrados de dioptrías y, nada más que por la sombra, puede columbrarse que aspira a ser un pianista de bigotes. El pelo ordenado, las uñas cortas y los dedos finos. Se nota que, fuera de hora, ese chico hace soga en el gimnasio de Ravel.
Eso sí: que nadie piense que era agotador el trabajo de acompañar a aquellas figuras que no hablaban, no cantaban y si se reían, nadie las escuchaba: si aparecía Tom Mix, Salgán tocaba una obertura de Rossini. Si aparecía Hamlet, tocaba un tango de Mozart. Y si aparecía Chaplin, entonces directamente improvisaba.
En el cine, trabajó un año nada más. Y es que el rigor de los horarios le hacía perder otros ingresos. Comenzó entonces a hacer reemplazos en las orquestas de baile, a animar bautismos y comuniones y a tocar el órgano cada vez que alguien se casaba en la iglesia de los padres Salesianos.
A los 18, se presentó a una prueba en radio Belgrano y no había terminado de acomodarse los anteojos cuando ya lo habían contratado. El vértigo propio de los geminianos (nació el 15 de junio de 1916).
De Radio Belgrano, y siempre vertiginosamente, lo expulsaron dos años después de haberlo contratado. Escuchemos el argumento que esgrimieron:
–Mire, Salgán, lo que pasa es que usted toca muy raro.
En serio.
Bueno, tampoco es para extrañarse tanto. Edmundo Rivero corrió la misma suerte porque, según el mismo tipo que despidió a Salgán, no cantaba raro sino mal.
Después, foto a foto, Salgán fue desarrollando con los años una carrera de extraña intensidad. Lamentablemente, no quedan discos de su primera orquesta, que duró desde 1942 hasta 1947.
A partir de ese momento, se dedicó a componer y a enseñar. Recién en 1950 presentó en sociedad a su nueva agrupación. Grabó poco, en realidad, porque nunca ambicionó otra cosa que ser un buen instrumentista.
(A mí me vuelve loco esa descripción que lo inmortaliza, al amanecer, dormido sobre las partituras que escribió durante la noche. Las partituras sobre el piso, quiero decir).
Los tangueros lo quieren, eso es indudable, si bien nunca le terminaron de perdonar que acicalara el gotán con tantas disonancias. ¡Bah!
A ver, un poco de piripipí: actuó dos veces en el Colón y ahora mismo hay media docena de sus tangos incorporados al repertorio de la Sinfónica de Berlín. Cada vez que podía, Stravinsky lo llamaba para intercambiar figuritas, y cada vez que cumplía años, el finado Arturo Rubinstein lo festejaba a los postres tocando A fuego lento.
También son suyas Don Agustín Bardi, La llamo silbando, Grillito y Entre tango y tango. En la disquería Edén las tienen a todas, grabadas por él solo o por el Quinteto Real, otro de sus maravillosos inventos.
Fíjense ahora en esta foto, la última de todas. El troesma, como en la primera, continúa dominando el área. La diferencia sustancial radica en el tegobi. Todavía lo mantiene, aunque de manera un tanto extraña. O es por la edad (95) o es por culpa de las dichosas disonancias.
Escritor de carrera
Soy un escritor de carrera / escribo artículos / composiciones escolares sobre la vaca / la Bandera / crónicas de 35 líneas / cuando era chico estaba seguro de que escribir era lo mismo que boxear / ocupar el centro del espacio / y esperar a que el adversario bajara la guardia para colarme a través del agujero.
Soy un escritor de carrera.
Ahora ya no espero que aparezcan las palabras para clavarles el arpón / sino que salgo a buscarlas / hay palabras que ya están gastadas / creo que la mayoría / pero hay otras que no han sido dichas todavía / a veces se ocultan / ahí viene Salzano chicas / rajemos / dicen las palabras / y corren como angelitos en una película de Chaplin.
Soy un escritor de carrera.
La literatura / amigos / es como la guerra / en la guerra hay muerte / vida / heroísmo / obsesiones / delaciones / hambre / zapatos rotos / la escritura es como el amor / amigos / hay dolor / hay esperanza / corazones duros / corazones rotos / la literatura / sintetizando / es emoción.
Hay escritores que no aguantan 20 líneas sin cambiar de marcha / eso no es escribir / eso es ir de paseo a La Falda con la camioneta y toda la familia / la vez que me tocó escribir sobre Oscar Gálvez / fui a la Ferretería Pinzani / compré unos anteojos de soldador / y escribí la nota camuflado / parecía un fantasma del viejo turismo de carretera.
Soy un escritor de carrera.
Aprendí la técnica más elemental / apoyando un dedo chico en la letra eñe / y el otro dedo en la a / recién me entregaron el diploma cuando fui capaz de escribir / 45 palabras por minuto / me dieron el diploma y unos sanguchitos / a ver loco / escribite algo: / ¡oh ciudad! / ¿qué lugar ocupé en tu corazón? Soy un escritor de carrera / cuando muera / no van a colgar mi retrato en la Biblioteca Vélez Sársfield / sino en el Museo de la Industria.

