Quiénes y cuándo
Cañita. Confesión y comunión. La Nostalyía. Daniel Salzano.
Cañitas
Los basquetbolistas del cuaternario cordobés tenían cintura de aceituna, fumaban al final del primer tiempo y, aunque nunca lo habían advertido, lo que verdaderamente hacían era jugar al fútbol con las manos, sólo que el arco era redondo y estaba ubicado por encima del nivel del vertedero.
En el básquet del cuaternario local no existían jugadores altos porque los lungos, se rumoreaba, eran jugadores pavos, frágiles y lentos. Menos Cañita. Cañita medía 205 centímetros de altura, jugaba en Talleres y era frágil y lento, pero no era pavo.
Cañita era el último en bajar del acoplado (Talleres se desplazaba de cancha en cancha a bordo de un camión arenero de Los Cuatro Hermanos) y cuando posaba sus fantásticos championes sobre el suelo firme, se producía el mismo silencio que cuando King Kong se enfrentaba a los aviones desde la torre más alta de Manhattan.
De todas las versiones domésticas que circulaban al pie de la leyenda del basquetbolista, había dos que gozaban de especial consenso en la tribuna: 1) su altura se debía a una inversión de medicamentos suministrados durante los años de fuego de la poliomielitis; y 2) su mamá, durante el embarazo, había visto morir la jirafa del Circo Sarra- sani. Nadie opinaba, sin embargo, sobre la calidad de su juego. A veces metía un doble como quien pone una moneda en la alcancía y la gente lo aplaudía como si fuera el galope de un Centauro. No marcaba muchos tantos porque como era frágil y lento, el técnico temía que desapareciera en el intento.
Una vez, durante un baile de carnaval celebrado en la Asociación Redes Cordobesas, el pianista Jorge Ardú le dedicó un tango. Cañita el hombre más alto de la ciudad agradeció. Tenía los párpados pesados y, en agradecimiento, los bajó un instante. Lo vimos todos. Entonces, se acabó el tango.
Con el tiempo, Talleres dejó de tener equipo de básquet, Cañita entró a trabajar en la Renault y muy pocos de nosotros fueron los que llegaron al nivel del vertedero. Jorge Ardú es el único que sigue jugando.
Confesión y comunión
Faltando nada más que una semana para convertirme en el comulgante más precoz de la República, más que por el acto en sí de ingerir el cuerpo y el alma del todo poderoso, yo estaba obsesionado por el padre Emeterio, el confesor, un cura que olía simultáneamente a Imparciales y a Tres Plumas y que te arrimaba el oído para que le contaras, por ejemplo, que te habías bajado medio kilo de Toddy a cucharadas. A todo esto, con la manga del saco adornada con un moño de seda, mi traje de primera comunión permanecía colgado en el ropero, protegido, a su vez, por una funda que te obsequiaba Gath y Chaves, si, además, le comprabas el rosario, el misal y los zapatos blancos.En las telarañas de mis pesadillas, el pecado del Toddy oscurecía de tal manera a los demás que cada vez que encolumnaba mis maldades en una hoja de papel cuadriculado para después recitarlas de memoria, la "T" figuraba al final acompañada por un par de calaveras.Había tenido malos pensamientos, había robado monedas para comprar figuritas Gran Película, había insultado de pensamiento, palabra y obra y, a cambio de una vuelta en bicicleta, había entregado un tintero involcable cuya ausencia expliqué con una sarta de mentiras. Menos lo del Toddy, estaba dispuesto a confesarlo todo.Bueno, la cosa es que ya estaba ahí, lavado de pies y manos y peinado con una onda sobre la frente, arrodillado ante el tímpano del padre Emeterio y recitando con voz de pulga mi discurso de niño pecador aprendido de memoria. Emeterio me miró como esperando alguna otra cosita. Sólo faltaba que me exigiera que desembuchara lo del Toddy. Emeterio sacó un Imparciales del bolsillo secreto de la sotana y me dio por penitencia un kirieleison . Había aprobado. Mi mamá me felicitó y me dijo que a partir de ese momento y hasta que tomara la comunión debía evitar las tentaciones como si estuviera en el interior de una burbuja. De una burbuja de Toddy.Para permanecer limpio de pecado durante 24 horas consecutivas, lo mejor que podía hacer era quedarme despierto y soñar. Especialmente con La pantera rubia, la reina de la jungla. Mi sueño recurrente consistía en vivir sobre un árbol del Parque Sarmiento con ella, el único personaje de la revista Misterix que usaba biquini. Lo que más me gustaba era cuando ella me llevaba a recorrer la espesura entre lianas y, mientras subía y bajaba, a mí me agarraba del pupo para abajo un temblor que me hacía despertar emitiendo unos salvajes y prolongados gritos de felicidad.Eso no era pecado, era pecadazo, así que, para eludirlo, puse el despertador a las 2, a las 3, a las 4 y a las 5. La idea surtió efecto: en lugar de soñar con La pantera rubia, soñé con el padre Emeterio, sentado en el atrio sobre un gran tarro de Toddy.A las 8, refulgente y con el famoso moño de almirante envuelto alrededor del brazo, salí a jugármela nada menos que con Dios.¿Quieren saber como fue lo del Toddy?Todo sucedió a lo largo de una fiesta en la que yo y el perro Mambrú nos aburríamos tumbados sobre el piso de la cocina. Le di una cucharadita y le gustó. Y después, sin cambiar de cuchara, empecé a repartir una para él y otra para mí. Al perro le encantó. Después tiré la lata vacía a un baldío y el perro se pasó toda la noche vomitando. Pobre Mambrú.Abrí la boca para recibir el cuerpo y el alma del Señor, primero se me pegó a la lengua, después en el paladar y al final desapareció. Dios era, al parecer, un tipo misericordioso.Mi devocionario tenía tapas de nácar y yo llevaba puesto unos guantes blancos de pibito inglés. Por la tarde me sacaron varias fotos. Aquí están, éste soy yo. Éste es mi abuelo. Éste es el padre Emeterio. Éste no sé quién es. Éste tampoco. El Mambrú se podría ver si alguien corriera la maceta. Falta la La pantera rubia. El fotógrafo falló aunque disparó dos veces: una, antes que llegara sujeta de una liana y la otra, después que pasara. Son las únicas dos fotos en las que se distingue nada más que el cielo.
La Nostalyía
Bolatti Beniamino, herido de un balazo en la batalla de Anzio, abandonó con lo justo la Segunda Guerra Mundial, cruzó el Atlántico haciendo dedo, desembarcó en Buenos Aires con un enorme bolso azul marino y los botines anudados alrededor del pescuezo. Le hubiera dado lo mismo radicarse en Resistencia que en Pehuajó, por lo que acabó levantando campamento en la calle Jerónimo Luis de Cabrera, a dos cuadras del Ferrocarril Belgrano, en la ciudad de Córdoba. Recorrió con su pierna declinante la calle por arriba y por abajo y terminó alquilando un garaje al que primero pintó de blanco y, después, convirtió en una heladería de nombre predecible: La Nostalyía.
Si exitoso fue el primer verano comercial de La Nostalyía (sentados en las mesitas de la vereda y con centro en un helado de crema rusa, los enamorados de la calle Jerónimo Luis de Cabrera levitaban sobre una fresca ciudad de fantasía), su primer invierno, en cambio, fue horroroso. Sólo nosotros, niños todavía, permanecimos fieles a la heladería, rodeados de sillas mal apiladas, cucuruchos mustios y mesitas vacías.
Ese instante de inapelable mishiadura fue el que eligió Bolatti Beniamino para desempacar su enorme bolso azul marino y extraer de sus honduras una máquina de acero que se parecía a un bandoneón, pero cuyas instrucciones no se podían descifrar porque venían escritas en inglés. Ni Bolatti hablaba inglés ni nosotros hablábamos italiano. Porca miseria.
Bolatti leyó una y otra vez las instrucciones, finalmente respiró en profundidad, apoyó el fuelle sobre la mesa de la crema rusa y apretó un botón rojo que parpadeaba a la derecha. Una luz cegadora nos arrojó de mala manera contra la pared, saltaron los tapones de la heladería y permanecimos aterrados, inmóviles, mientras el artefacto emitía un extraño mensaje de marcianos.
Lo primero que advertimos cuando regresó la luz es que la máquina había escupido un inclasificable objeto de forma cilíndrica, no identificado. El heladero se acercó decididamente, lo levantó con sus manos de gringo poderoso y después de olerlo por ambos extremos, lo partió para obsequiarnos un trozo a cada uno.
Bolatti Beniamino, fugitivo del Anzio, acababa de inventar el cubanito.

