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Quiénes y cuándo

Clases de corazón. Los libros de la calle Deán Funes. El niño que se hacía pis en la cama. El caballo blanco de la talabartería Alonso. Daniel Salzano.

24 de septiembre de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Clases de corazónAbierto en dos / como el plano general de una sandía / el corazón de los hombres / se divide a su vez en otros dos / el izquierdo y el derecho / pero no es eso / lo que lo vuelve apasionante / lo que lo vuelve apasionante es que la suya es una historia que no cansa / no se acaba/ un hombre puede dejar de fumar / de ir al cine y guardar los zapatos debajo de la cama / pero no puede hacer nada con la historia que lleva en su corazón.El corazón de los hombres / es un poco duro / y un poco blando / depende de los versos dichos o escritos o escuchados / y de las veces que haya sido utilizado para fabricar la mermelada del amor.En tiempos de Umar ben Ibrahim / señor de las estepas / si caías en combate / el enemigo te partía en dos / como un bolsillo / y te devoraba el corazón / Umar ben Ibrahim / decía que la vida se consumía a sí misma / afilándose / gastándose / afilándose / gastándose.El corazón de los gorilas / puede ser fácilmente confundido con el corazón de los osos hormigueros / sin embargo los separan serias diferencias / el de los gorilas está marcado por unos profundos surcos que lo envuelven como un matambre / son los famosos llamados del amor.El corazón de los chicos es azul / lustroso y fresco / como una fruta recién pelada.El corazón de las bicicletas se parece al corazón de los caballos / se los quiere o no se los quiere / sucede a primera vista / en un instante.Del corazón de las lágrimas / no se sabe casi nada / es brillante / y se utiliza en los congresos para determinar si un amor vive o si se ha muerto / otro detalle: no se escucha / y otro más: es transparente / cuando estalla y cae / la tierra lo devora en un instante.El corazón de los enamorados tiene los brazos extendidos hacia arriba / para abrazarte mejor / nunca está callado / y pregunta lo mismo todo el tiempo: / ¿de quién es esa boquita? ¿esa pelusita? ¿esos huesitos? / es el más delicioso de todos / si se resbala y cae / salta un gato / y lo devora.Y para terminar / lectores / está el corazón de los muertos / un corazón que no regresa / no puede / primero se reseca / después se le enfrían los pies / se queda solo / no sabe qué hacer / termina convertido en una palabra / una palab.Y para terminar de nuevo / lectores / les presento a mi propio corazón / que recuerda al puño de un chico enfurecido / a una pelota del número dos / a un bollo de papel / es tan parecido a mí que podría ser mi doble / nos hemos dado todo el uno al otro / quiero decir que cuando suena el teléfono / o veo a la ciudad alejarse desde la ventanilla del avión / o escribo la página del sábado / el puño sale / disparado.Los libros de la calle Deán FunesOnassis padre, que filosóficamente era un nabo, pero que con los ojos cerrados era capaz de percibir el atractivo perfume del dinero, eligió para su primer hijo los nombres de Aristóteles y Sócrates: una inequívoca manera de afirmar que, aunque estuvieran radicados en Esmirna, los Onassis eran inclaudicablemente griegos.Onassis chico llegó forzado a la madurez cuando tenía 15 años. Y con 300 dólares cosidos en el interior del calzoncillo y un mapa de Argentina que le facilitó la embajada, zarpó del puerto del Pireo con destino a la tierra prometida. Atrás quedaban las raíces, la familia, los turcos y la guerra.Radicado en Buenos Aires, Ari (para los amigos) compró un quiosco de cigarrillos en la calle Lavalle y de ahí pasó a conducir una camioneta de la compañía Nobleza de Tabacos. Después, con cinco empleados, comenzó a importar los pitillos de su tierra y a los 25 años ya posaba en la página de sociales del diario La Nación en calidad de "soltero más codiciado del planeta".Abrir paréntesis: la córnea, hablando mal y pronto, es la parte transparente que se encuentra delante del ojo, algo así como una ventana. Bueno, las córneas del tabacalero funcionaban como ventanas, pero… cerradas. Para jugar a la escondida, Onassis contaba con los ojos abiertos, porque no veía nada. Cerrar paréntesis.Se mantuvo tan bien colocado en el ranking de solteros planetarios que recién se casó a los 41 años. Y no lo hizo por amor sino porque su suegro, el armador de barcos Fanocles Livianos, agregó un cero de regalo a su robusta cuenta de morlacos. Onassis fumaba puros cubanos y nunca salía de su casa sin controlar que en su billetera sólo hubiese billetes recién lavados y planchados.Como si el mar Egeo hubiera sido un loteo de Villa Forestieri, Onassis compró una isla para él solo y la llamó Skorpios. Tiraba la caña y sacaba un pez espada que ya venía puesto en el anzuelo.Los fotógrafos patentaron un teleobjetivo, el "Ari Ari", que les permitía, a dos islas de distancia, fotografiar al millonario, desnudo, posando en la proa de su yate con la mano extendida como Ulises.El yate también era suyo y a la grifería no se la suministró el bazar El Obrero, sino la joyería Bristol. Grifos de oro, inodoros de porcelana y, en lugar de papel higiénico, billetes de 50.Entró a tallar en las finanzas del principado de Mónaco y Rainiero estuvo a punto de abdicar.Hagámosla corta: creó y fue propietario de la Olimpic Airlines. Intentó, y casi estuvo a punto de conseguirlo, meterle mano al proyecto del avión supersónico Concorde.A los 50 años, cuando –según la revista Fortune– su patrimonio era suficiente como para hacer zozobrar a Wall Street, conoció a la cantante lírica María Callas. Ari era el hambre y ella las ganas de comer.Él escuchaba mencionar la palabra matrimonio y se lanzaba por la borda del yate.Ella, humillada, lloraba sin parar.Una vez, después de una discusión en la que se dijeron de todo, Onassis se mandó a mudar a Nueva York.Ella le mandó un telegrama: "Ari esto me está matando Stop Regresaré a Atenas Stop No voy a obedecer a mi impulso de irte a buscar para besarte Stop".Perdió un hijo, la Callas. Desde entonces, comenzó a desafinar.Disputaban a lo bestia los enamorados, a punto tal que él no vaciló en herirla de muerte al casarse conJacqueline Bouvier, la viuda de John Kennedy.Jacqueline cantaba mal, pero era capaz de distinguir entre un jarrón japonés del siglo 13 y otro del siglo 14. Y es que Aristóteles Onassis, el chico del millón, en el fondo no era otra cosa que un cholulo.Bueno, lo que yo quería decir es que me enteré de todo esto leyendo un libro de amor que compré por 10 pesos en la calle del Libro Perdido. Pero resulta que ahora que lo he terminado y estoy escuchando la radio y nadie se preocupa por mí en ningún lugar del mundo, advierto, consternado, que nunca llegaré a conocer todas las historias de amor, falsas o verdaderas que, de pie como soldados, hacen guardia esperando su chance en las polvorientas librerías de Deán Funes. El niño que se hacía pis en la camaY ahora / señoras y señores / atendiendo a gentilísimos pedidos / voy a interpretar una canción titulada "El niño que se hacía pis en la cama" / y el niño soy yo/ claro / que tenía exactamente la edad en que los chicos comienzan a explorar los cajones de la cómoda / donde mi mamá guardaba una mariposa de madera / un par de medias de nailon / un dedal bendecido por el cura párroco de San Ramón Nonato / y en el último cajón / el de papá / un mazo de cartas con la firma de Heraclio Fournier estampada en el siete de copas / una boina blanca / y un revólver Smith and Wesson que yo me ponía y me sacaba / a toda velocidad / delante del espejo.A las diez exactamente me mandaban a la cama / arrodillado frente a una estampita de John Wayne rezaba un padrenuestro / y no me dormía hasta que aparecía mi mamá para pasarme la mano por la frente / entonces chamuyábamos un poco / hasta mañana / hasta mañana si Dios quiere / y dos horas más tarde ya me había meado.Para que acabara con el vicio / fueron a Villa Corina / a buscar a una mujer que hablaba en siciliano / tenía las uñas mochas / y una santísima medalla clavada sobre un pedazo de madera / me sentó sobre una silla /en la cocina / puso agua en un vaso y lo depositó sobre mi cráneo / mientras no dejaba de murmurar unos textos incomprensibles / misteriosos/ como si estuviera descifrando los secretos del cielo.A todo esto toda mi familia miraba a través de los visillos y mi tío / el de Epec / exponía a los gritos su teoría: "A los chicos que se mean hay que dejarlos que se sequen solos".Yo permanecía inmóvil / como si temiera despeinarme / si se me hubiese caído el vaso / me hubieran expulsado de la seccional octava / donde cinco de cada siete niños / se meaban en la cama.Casi olvido mencionar las velas / de mayor a menor / que ardían a mi alrededor / mientras los fantasmas del meo /unos con otros / tropezaban / y caían / sobre el piso de mosaicos.Todo acabó cuando la mujer me hizo tomar el vaso de agua / y besar con mucha fe el pedazo de madera / esa misma noche soñé que estaba por correr los 50 metros libres en la pileta del parque Sarmiento / soné la señal de largada / me tiré / imaginen el resto / hace sesenta y cinco años / aproximadamente / que no me hago pis en la cama.Señoras y señores / me mearía encima ahora mismo si pudiera escuchar / una vez más / hasta mañana / hasta mañana si Dios quiere/ yo creo que los chicos se hacen pis / porque afuera está muy oscuro / y hay un loco suelto / el loco de la seccional octava / que escupe espuma y golpea las persianas / no me vengan ahora con que se trata del viento.El caballo blanco de la talabartería AlonsoCuando yo era el aventurero mayor de la ciudad, lo que más me gustaba hacer era vendarme los ojos y, con punto de partida en el mercado Norte, salir a conquistar la ciudad traduciendo sus olores.Si percibía olor a máscaras de gas, salame de la Colonia y tiza blanca sobre pizarrón negro, es que estaba en la cortada República de Israel. Desde entonces y hasta ahora, en Córdoba han triunfado y fracasado revoluciones, se han perdido barrios enteros y en el Parque Sarmiento han instalado un faro nuevo a pesar de que nunca tuvimos uno viejo. Lo único que permanece inmodificable es el perfume de las churrerías que rodean las murallas del mercado.Si al llegar a Humberto Primero torcía hacia la izquierda, el olor a bujías, a Firestone y a bulones era señal inequívoca de que estaba atravesando el ancho mar de los repuestos. En cambio, si elegía la derecha, olía a sillones de mimbre, a plumeros, pilas Eveready, veneno para las hormigas y jaulas para canarios desesperados.Bajando por la calle San Martín, una tienda de nombre poderoso –El Crack– exhibía los pantalones de un gigante sin pecho y sin cabeza y, si entrabas por Rivera Indarte, el caballo blanco de la talabartería Alonso lloraba por un ojo embalsamado.También podía suceder que confundiera el rumbo, me desorientara como un ciego y acabara deambulando como Homero por un laberinto de beines, beinetas, camisas, alpargatas y música de 78 revoluciones por minuto. San Martín era una calle populosa y eminentemente musical. Mientras tanto, Enrique del Campo daba a conocer el último éxito de Renato Carosone: Tu vuó fa l'americano.Finalmente, me dejaba guiar por el instinto y bajaba por Rivadavia, donde el perfume de mujer que despedía el Teatro Comedia circulaba con la gracia de una yegua de carrera. Si las puertas del teatro estaban abiertas, asomaba la nariz y aspiraba una fuerte dosis de oscuridad sobrada de promesas. Si estaban cerradas, apoyaba la nariz contra el cristal y olía las fotos de las bataclanas. Las vedettes del Comedia olían a loción Polyana, a peluquería Cachita y a cigarrillos Gloster. Después de la función se paseaban, impacientes, por el hall del Splendid, un hotel con pisos de madera, baño compartido.El Splendid ya no existe y el Comedia huele a fuego.Cuando llegaba a Olmos, la expedición había terminado. Después de Olmos, comenzaba el océano y, ya se sabe, no es conveniente adentrarse en el mar con los ojos vendados.