Temas del día:

Quiénes y cuándo

Cuentas pendientes. Corbatta. Lorenzo. Opciones. Daniel Salzano.

16 de abril de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Cuentas pendientes

Estoy esperando que salga el 75 a la cabeza.

Estoy esperando que el Banco Hipotecario financie la inauguración del Club de Los Poetas Muertos. Hasta tengo pensada la frase final del discurso inaugural: “La poesía llegará sola, niños, en el mismo momento en que ustedes dejen de escribirla”. Aplausos.

Estoy esperando pacientemente la ocasión de escribir algunas palabras que, por distintos motivos, no utilicé nunca en estas columnas: gavilla, terrible, autososegado, temblorcillo, calentón, ojos de antigua agua glaciar.

Estoy esperando volver a cumplir siete años: la mesa tendida para veinte comensales, el mantel bordado con geranios y una torta de almendras, obsequio de mi tía de la calle Esquiú. También me regalaron un reloj cuyo segundero era un coboi que disparaba 60 balas por minuto. El reloj, decía a un costado de la esfera, poseía 18 rubíes. Eso me mataba. Ese día yo llevaba un pañuelito rojo en el bolsillo del pecho y un traje azul marino. Parecía un pibe del Gobierno. ¡Siete años! No había visto ningún muerto todavía.

Estoy esperando que me expliquen qué hace ese edificio construido en el terreno de la calle Rivera Indarte donde Ernesto Guevara aprendió a manejar el estetoscopio auscultando el tanque de una moto.

¿Y los pescaditos del Pasaje Muñoz? Ausentes, ausentes, ausentes. Primero se elevaron y luego desaparecieron. ¡Qué vais a hacer vosotros, peces, ahora, sin un puto niño que pueda veros desde abajo!

Estoy esperando que la nena de la playa de estacionamiento atrape el pedacito de papel celofán que se aleja con la complicidad del viento.

Quedate quieto papelito. Quieto que te quiero pisar.

Estoy esperando que los lectores adivinen desde dónde escribo: a) desde el bar Sorocabana, b) desde un balcón de La Cañada, c) desde la escalinata del Coniferal. Todos acertaron.

Estoy esperando que caiga una nevada para atrapar un copo con la lengua. Y, a todo esto, Shakira cantando como loca desde los parlantes de Musimundo.

Estoy esperando averiguar cómo fue que decidieron cerrar el cine M ayo. Primero se llevaron las butacas. Después los cortinados. Y por fin lo vapulearon con la grúa de los cinco hermanos. Yo iba a verlo todas las mañanas. Desde el agujero mayor del cielorraso caía un chaparrón de afilados rayos de sol que inundaba la platea. Me paraba debajo, cerraba los ojos y levitaba. No digo una levitación como las de San Francisco, sino una bajita, de no más de dos o tres centímetros por encima del nivel del viejo piso de madera. ¿Alguna vez manejaron una motoneta con una mano? Eso es exactamente lo que se siente cuando te envuelve la luz de Dios en mitad de un cine, mientras circulan, desordenadamente, esas pelusitas que no existen y que nadie sabe cómo se llaman.

Estoy esperando que en el Cineclub Municipal den un programa de cinco películas: a las 14 Pasión de los fuertes, a las 16 La ventana indiscreta, a las 18 Dulce y melancólico y a las 20 y 22, dos de Mastroianni. Estoy esperando que vuelva, Mastroianni. “¿Andiamo Salzano?”

Eso era lo que me preguntaba él cada vez que nos juntábamos a comer una pizza en la Cervantes.

Estoy esperando tener un hijo para llamarlo Juancito, cargármelo a los hombros y mandarme a mudar. Esa es la leona del Parque Sarmiento, Juancito. Todo lo que pasa, hijo, y todo lo que nunca pasa, eso es la vida.

Estoy esperando que alguien me pregunte qué hago con esta tijera en el bolsillo. La uso para recortar fotografías. Ahora mismo llevo en la billetera un trozo de mi mujer fotografiada el día en que nos casamos. La amaba con fiereza. Me encanta llevarla conmigo, abrigada, y pasarle la yema del pulgar por los ricitos.

Estoy esperando que alguien me pregunte por la ciudad donde vivimos. Córdoba es de las que oye pero no escucha. Y si escucha no entiende. Y que no se te ocurra mandarte a mudar sin saludarla porque entonces te persigue, te encuentra y te desnuca. Ya lo dijo Whitman: “La muerte es parte de la vida”.

Estoy esperando una palabra de amor de cuatro letras para resolver de una vez el crucigrama.

Estoy esperando hacer un viaje tumbado boca arriba en la parte de atrás de un Rastrojero.

Estoy esperando cumplir 18 años para entrar al Palace donde dan El trueno entre las hojas.

Estoy esperando que construyan un aeropuerto y lo llamen Pajas Blancas. Estoy esperando que me invites a tu cumpleaños. Estoy esperando que termine el aburrimiento del domingo.

Estoy esperando que vuelva Daniel Willington para llevarle los botines y entrar gratis a la cancha.

Estoy esperando que zarpe el trasatlántico de la vidriera de la agencia de viajes Oceanía, que pase el tranvía 2 y que se produzca un eclipse de sol para observarlo a través de una botella de Córdoba Dorada.

Estoy esperando que alguien me pregunte por mi papá. A ver si me explico: él decía “lápiz” y eso significaba “dame el lápiz”. “Valija”, y había que alcanzarle la valija. O decía Daniel y yo me subía a dormir con él en el sofá. A veces, sin hablar, sosteníamos extensas conversaciones macanudas.

Queridos socios del Club de Los Poetas Muertos: pongo a vuestros pies mi trayectoria.

Corbatta

Ya hablaremos de Racing de Avellaneda / de Gardel / de Perón / cuando Horangel explique cómo hizo para resurgir de entre los muertos y volver a ocupar un lugar de privilegio en el palco avant scene del fútbol argentino. Tan mal llegó a estar la Academia, tan fundida, que buscaba un fósforo y se tocaba las costillas.

Aprovechemos en cambio la resurrección académica para dedicarle un sprint de 15 líneas a Corbatta Omar Oreste, wing tumbado y explosivo que en una época en la que Brasil jugaba como Brasil hizo que Argentina jugara como Racing, o sea, como él, como el Loco Maro Reste Corbatta.

Como los grandes wines de la edad media, Corbatta era bajito, se ataba los botines como Atila y si alguna vez nos encontramos por ahí, pídanme que les enseñe la foto que llevo en la billetera. Aquí está. Es el que lleva el calzoncillo asomado cinco dedos por encima del nivel del vertedero.

Omaro Reste, señores, no sólo se negaba a jugar con canilleras sino que muchas veces, cuando andaba de novio con la hinchada y le pedían que hiciera “el pajarito”, se metía al área con pelota dominada  y movía los brazos hacia delante y hacía atrás sin separar las manos de la cadera. Escuchemos el rugir del venerable: “¡Corbatta, Corbatta / la barra te idolatra!”

Nunca aprendió a leer y escribir y firmó su primer contrato a las risotadas dibujando una corbata al pie del texto. También se reía cuando llegaba dos o tres días tarde a la concentración y al final nadie sabía si el crack se reía porque tenía buen humor o porque estaba borracho.

Después se le cayó un diente y después todos los demás y a los 30 años parecía un wing de 60. Cuando murió, convertido en un bollo de papel, tenía 54 y a su velorio sólo acudieron los poetas de la nada. Parecía un pibe de 90.

Si el día en que nos encontremos no llevo la foto encima, entonces pídanme que camine como él. Lo puedo imitar bastante bien. Me cuelgo un pucho detrás de cada oreja y muevo los codos como si fuera un pajarito.

Esta nota iba a llamarse “Una ilusión en tránsito”. Corbatta hubiera vomitado.

Lorenzo

Cuando era técnico de boca, Juan Carlos Lorenzo, “Toto”, llegaba por ejemplo a Córdoba un viernes por la tarde, daba una conferencia de prensa sentado en la mesita del fondo del Hotel Crillón y, al día siguiente, el diario se agotaba.

“El Toto”, que se peinaba hundiendo el jopo con el canto de la mano, cortaba el cafecito con dos lágrimas de Hesperidina, apoyaba la espalda en el sofá de las grandes ocasiones y escuchaba las preguntas que le hacían como si fuera el Dios del fóbal. Si le preguntaban quién iba a jugar de cinco, apoyaba el dedo índice en el puente de su nariz de boxeador filosófico, desenfundaba un encendedor musical chapado en oro de Taiwán y su respuesta comenzaba en la página de editoriales, bajaba por la escalera de espectáculos y trepaba como una víbora entre las columnas de los avisos clasificados.

Una vez, dirigiendo al Atlético de Madrid,  explicó el empate del equipo con una frase que hizo saltar la aguja del sismógrafo de Greenwich: “De no haber empleado la táctica perforativa antiniebla, lo más seguro es que a este partido lo perdíamos”.

Esa frase marcó, por elevación, un antes y un después en el destino de los técnicos de todo el mundo. Fue a partir de ahí, de la niebla perforada por la táctica de Lorenzo, que a los técnicos se los comenzó a pagar por lo que sabían y también por lo que parecía que sabían.

Hace casi diez años murió “el Toto” de viejo, de cansado, de aburrido y lo primero que pensás cuando escuchás la noticia en el recuerdo es que se trata de otra táctica perforativa de las suyas, un curro, un quiosco, dale “Toto”, saludá antes de perderte en la nostalgia: “Los negros no juegan bien al fútbol porque de noche no distinguen la pelota”.

Opciones

Un perro trota en libertad por la calle Buenos Aires y las cosas que ve son casi todas más grandes que él: la iglesia San Francisco, las marquesinas del Real y el viejo umbral del Hotel Palace. El mismo perro trota por la misma calle y las cosas que ve son casi todas más chicas que él: un papel de caramelo Sugus, un hormiguero y una hoja del diario con el crucigrama resuelto. Cuando llega a San Jerónimo, el perro dobla y la reflexión desaparece.

Exactamente a la misma hora, un pibe habituado a frecuentar el umbral de la pobreza, atraviesa la plaza San Martín llevando seis ejemplares de La Luciérnaga en el sobaco. No bien llegue a Deán Funes se habrá convertido en un hombre. Y nunca más volveremos a verlo.

El ciego más antiguo del área peatonal comienza su caminata cotidiana. Le gusta hacerlo con el viento a su espalda. No hace ruido y además lo empuja.

El niño más gordo del Parque Sarmiento llega a lo alto del tobogán y advierte que no puede deslizarse porque el trasero se lo impide. Tiene que bajar. Por la escalera. ¿Alguna vez alguno de ustedes ha tenido que bajar del tobogán por la escalera? Hay un montón de gente a la que las cosas se le tuercen desde niños.

Montado sobre una pata de palo, el mendigo más popular de la estación Terminal gira sobre sí mismo mientras un paisano proveniente de La France busca hotel siguiendo el parpadear de las estrellas.

Doña Sara va al súper a hacer las compras cuando anochece. Dice que a esa hora las cosas están cansadas y se dejan comprar más fácilmente.

Durante el entrenamiento que celebra el primer equipo de Racing hay un centro que viene colgado de la izquierda. Un delantero en evidente fuera de juego para la pelota con el pecho. El técnico marca la infracción, pero no se le escucha porque el pito está lleno de agua. Hace dos días que no para de llover en Nueva Italia.

A escasos meses de las elecciones, en Córdoba es posible escuchar todo tipo de conversaciones y vivir todo tipo de situaciones. Lo único que no se escucha mencionar es el nombre de un político.