Que se corte la luz
A veces nos convencemos, gracias a un fenomenal aparato de publicidad, de que la vida sólo se trata de tener un momento de resplandor. Marcelo Polakoff.
No es un deseo masoquista. Todo lo contrario. Demasiada luz puede ser bastante perjudicial. Y como suele suceder con muchos ingredientes vitales, lo que transcurre en el plano físico tiene su correlato especular en el ámbito espiritual. Es evidente que los albores enceguecen tanto como lo fugaz. La misma luz del sol, sin filtros, también. No sólo eso: ella es la única culpable de que no podamos apreciar el resto de las luminarias existentes, por el mero hecho de que su potencia –más su cercanía– impide que el resto de las estrellas siquiera titilen, lo que harán presurosas no bien llegue la noche. En el otro plano, un tanto menos astronómico pero no por ello menos crucial, la situación se asemeja bastante.Algunos "iluminados" obstruyen, muy a nuestro pesar, unas cuantas otras fuentes lumínicas que, de no ser por ellos, también podrían constituirse en lugares donde abrevar tamaños fulgores. A veces somos nosotros quienes nos convencemos, en gran medida gracias a un fenomenal aparato de publicidad y propaganda, de que de lo único que se trata la vida es de tener un momento de resplandor, esos famosos y lamentables cinco minutos de fama por los que algunos llegan a vender hasta a sus propias madres.Más vale entonces encender de a poco el fuego, ir acomodando suavemente las luces y aprender a otear en lo oscuro, porque los crecimientos que son tales son sólo los que se transitan de a poco. ¿A qué viene todo este discurrir lumínico? Pues nada tiene que ver con la electricidad, aunque mucho sí con el verano, pero el boreal. ¿Por qué? Porque esta noche, como hace más de 2.150 años, el pueblo judío comenzará la celebración de la festividad de Janucá, la fiesta de las luminarias.No casualmente se celebra alrededor del día más corto del año (en el Hemisferio Norte), un 25 del mes de Kislev –antecediendo a un otro 25 más famoso– se reinauguró el Templo de Jerusalén a manos de los macabeos, en el 165 a.e.c. (antes de la era común), después de unos años de lucha contra el Imperio Greco-Sirio que había conquistado Israel tratando de impedir que el judaísmo siguiera existiendo.La cultura griega –una especie de prístino sol– privilegiaba inexorablemente lo estético por sobre lo ético, lo externo por sobre lo esencial y lo superficial por encima de lo trascendente. El cuerpo perfecto era su ídolo máximo y la belleza, su valor supremo. Su filosofía venía muchas veces atada a vínculos no muy santos entre alumnos y discípulos y su democracia era tan sólo para unos pocos que eran considerados los "ciudadanos", ya que –a diferencia de las mujeres, los esclavos y los extranjeros– tenían alma. En ese contexto cultural se dio la lucha. Y la tentación por lo griego también conquistó las ánimas de varios judíos que corrieron a ejercitar sus inquietos músculos en el gimnasio que se había instalado en el Templo de Jerusalén como un ícono más de su desecración. La historia legendaria señala que al reingresar al santuario, los macabeos volvieron a encender el candelabro sacro y el único aceite ungido que hallaron –suficiente para una sola jornada– duró los ocho días que necesitaron para producir una nueva partida.A partir de hoy y durante ocho noches, en los hogares judíos se irán encendiendo luminarias para afirmar –con este pequeño acto– que la batalla aún continúa, que con nuevos ropajes hoy se nos siguen presentando falsos brillos que, aunque resplandezcan, no iluminan. Así que el problema no es que se corte la luz. El tema está en tener la conducta para ir re-encendiendo las llamas de a poco, porque para ver bien claro hay que ir abriendo los ojos muy despacio.
*Rabino, integrante del Comipaz

