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Puede fallar

Reflexiones de Eugenia Mastri. Más información en Días Contados.

01 de octubre de 2016 a las 12:01 a. m.
Puede fallar
DÍAS CONTADOS. Puede fallar (Ilustración Juan Delfini).

Una cena show de tango en San Telmo, una peña en Salta, carnavales en Gualeguaychú. Me gusta, en la medida de lo posible, ver las celebraciones más típicas de cada lugar que visito. Aunque a veces, como decía Tusam, puede fallar. Me pasó en mi primer año de la facultad, por ejemplo, cuando mis compañeras me invitaron a ver "un baile" de cuarteto. La salida sería un jueves; el grupo que amenizaría nuestro encuentro, La Barra; el lugar, un boliche de la zona del Chateau al que yo no había ido ni sentido nombrar.Tampoco sabía mucho de La Barra. A decir verdad, nunca fui muy seguidora del cuarteto, y en mi ciudad, Las Varillas, no había bailes en "mi época", sólo presentaciones en el boliche de diferentes grupos musicales (de los más variados géneros).Me puse un jean , unas zapatillas (muy cómodo para bailar) y me fui al punto de encuentro acordado. Le pifié tanto con mi look que todavía hoy creo que me visto muy sport para ir a un casamiento si me comparo con las chicas que fueron esa noche a algo que, sostengo, lejos estuvo de ser un baile. El ritmo de Brasil Un cartel nos llamó la atención. Indicaba que esa noche, en ese lugar, habría un espectáculo de baile. Y si estás en Brasil, llueve todo el día y ya no sabés qué hacer, qué mejor que ir a disfrutar de ese ritmo tan característico y alegre que tienen nuestros hermanos, bahianos en este caso.Estábamos en Salvador y la lluvia nos cortaba todos nuestros días a la mitad. Por la mañana, disfrutábamos de la playa, pero a la tarde llovía. Cuando vi eso, pensé: "Qué bueno que estamos en una ciudad grande, con tanta historia, y al menos podremos conocer cosas interesantes". Pero no fue exactamente lo que sucedió." Chuva, chuva... muito dificil " (lluvia, lluvia... muy difícil), nos respondían en el hotel cuándo consultábamos qué podíamos hacer, adónde podíamos ir en un día así. Entonces tomábamos el paraguas y salíamos a caminar sin rumbo alguno.En esas salidas probamos el açai , una exquisita fruta tropical que se consume en una especie de granita fresca y se mezcla con granola, banana o lo que guste. Súper recomendable. Y también comimos acarajé , algo así como un buñuelo hecho con una harina rara y relleno de sabores intensos; grasoso, pesado y muy feo (a mi gusto). Pero lo venden las mujeres en la calle y la gente compra a toda hora. ¡¿Cómo no tentarse?!Dando vueltas pasamos frente a este lugar que hizo que mi cara se iluminara. Sacamos las entradas, regresamos al hotel y, ya vestidos para la ocasión, fuimos a sentir el ritmo de la noche bahiana.Ingresamos a un cuarto cuadrado, grande, con sillas que rodeaban lo que sería el escenario. Sin ningún desnivel. Sólo eso. Conseguimos ubicarnos en la primera fila, de modo de ver todo ese show colorido sin ninguna interferencia. Pero mi atención en el espectáculo duró poco y pronto me dediqué a apreciar las expresiones de los otros espectadores; a ver que los ojos parecían salirse de las caras y que las bocas no se podían cerrar a causa del asombro.El tan esperado y alegre baile se basaba en una sola persona. Una mujer que recorría ese cuadrado –su escenario– de un lado al otro. Nos daba la espalda, nos miraba. Se agachaba, se levantaba, movía la cabeza y elevaba los brazos. Los agitaba, trataba de huir, volvía, flexionaba sus piernas... Todavía no lo entiendo.La música no tenía nada de brasileña. Era triste, y tampoco había colores. La luz era tenue y la bailarina lucía una calza negra y una malla que se bajó para terminar el baile con el torso desnudo y de espaldas al público, arrojándose leche en la espalda. Punto final. En la tierra de Mozart Mi hermana Cecilia hace canto lírico. Desde chiquitas, ella es "la que canta". (Ejemplo: "¿Vos sos la que canta, querida? No, mi hermana"). En fin, fuimos a Viena y, frente a la Ópera, "la Chechu" se puso a hablar con unos hombres vestidos como Mozart que estaban por toda la vereda.Nosotros averiguábamos para hacer una visita guiada al lugar, caminábamos, íbamos y veníamos. Y ella, ahí, estoicamente parada. Nos acercamos y, con una sonrisa que no le entraba en el rostro, nos pidió que sacáramos las entradas, que a la noche habría una ópera y que quería verla. Adelante, entonces. Lo hicimos.Con las entradas en la mano, mi mamá insistía en hacer la visita guiada, pero, con mucho tino, el hombre que nos vendió las entradas nos planteó: "¿Para qué van a gastar en eso si esta noche vendrán y lo verán en acción?". Tenía toda la razón.Seguimos con nuestro tour . Nos subimos al colectivo y nos fuimos a ver el Palacio Belvedere, la Catedral, el Parlamento, el Teatro Nacional... Con el reloj en contra, nos sentamos en una plaza a comer unas frutas mientras mi mamá nos pasaba un peine por la cabeza y nos perfumaba con una colonia que olía a Pinoluz de limón que había comprado por ahí (esto fue hace cuatro años, eh, no éramos chiquitos). Entre risas, olor a banana en las manos y la uniformidad de aroma cítrico en el cuerpo, caminamos con prisa para llegar a tiempo a tan magno espectáculo.Pero la dirección de la Ópera Estatal de Viena no coincidía con la escrita en los tickets . Rodeamos el edificio con la ilusión de que el ingreso fuera por otra calle. Pero no.Nos tomamos un taxi y llegamos al lugar indicado en el boleto. Era una casona antigua, con unas hermosas escaleras, una araña impactante en el ingreso principal y mucho mármol. Era lindo, sí. Pero no era ese edificio imponente y con tanta historia que queríamos visitar.Ingresamos a la "sala de conciertos". De nuevo, un cuarto cuadrado con algunas filas de sillas. Dos cantantes, una mujer y un hombre, comenzaron la interpretación de distintas arias. No era una ópera. A mi mamá ya no lo importaban las formas y se sacó la sandalia en el medio del salón porque tenía una piedra. Estaba descalza, pero peinada y con aroma a limón. Otra vez, todos tentados.El espectáculo estuvo lindo, mucho mejor que el de Brasil. Pero también analicé las expresiones de los otros espectadores, y creo que a todos les hicieron el mismo verso. Al final, lo más cerca que estuve de conocer la Ópera de Viena por dentro fue ir al baño subterráneo que está debajo de ella. Impolutamente limpio y con parlantes que entregaban unas hermosas melodías clásicas.Insisto. Ya lo dijo Tusam: puede fallar.