Poder y continuismo
Hoy la gente se queja de que en la familia no hay autoridad. Se equivocan; la hay, sólo que se necesita transferirla de los niños a los padres. Arnaldo Pérez Wat.
Hoy la gente se queja de que en la familia no hay autoridad. Se equivocan; la hay, sólo que se necesita transferirla de los niños a los padres. En un país, cuando el jefe ya no tiene autoridad, se procura, con los medios de difusión, que la masa piense que la tiene. Lo mismo ocurre en el hogar: cuando el marido pierde el mando, se conforma con que su mujer piense que él sigue siendo el jefe. Lo malo ocurre en el momento en que ella se da cuenta de que él ya se dio cuenta. Y según cómo funciona la familia, así funciona el Estado. Una sociedad que comprende sus intereses, organiza el poder del modo más rápido posible y pasa a otras cuestiones más importantes. Una nación que vive un siglo constituyéndose no es una nación seria; no sabe qué dirección tomar y se entretiene discutiendo el camino que debe seguir. Si sabe hacia dónde va, se lo pasa reacomodándose, porque su más grande preocupación es el continuismo.En nuestro país, la burocracia se convierte en una gran máquina manejada por pigmeos; en un sistema de gobierno donde el ciudadano elige a grandes burócratas que designan a pequeños burócratas que lo vuelven a votar. Un cargo. Sin embargo, el poder no es un beneficio; es un cargo. El precio del poder seduce: con 100 mil millones de dólares, se puede ganar una elección, pero no hay que olvidar que todo poder que se acrecienta sin límites se hunde por su propio peso. Y si la autoridad no es carismática y no tiene su hinchada, su caída es más estrepitosa. Desde hace décadas, cuando el Ejecutivo toma el mando, comienza a planear y a polarizar su acción hacia los próximos comicios, con vista a permanecer en el trono. Una vez en el poder, se borra de su memoria lo prometido en la campaña y en el discurso inaugural. El único que cumplió lo que anunció al asumir el cargo fue el poder K, hecho que no ha sido advertido, salvo en uno que otro caso. El ex presidente tomó el bastón presidencial e histriónicamente, cual mimo profesional, expresó: "Ved, mortales, lo que voy a hacer con el poder". Lo hizo girar y, luego de un blandir antojadizo, lo restituyó en su lugar. Pero desde que asumió, su preocupación más grande fue conservar el poder.¿Qué nos resta esperar? No dejar de ser optimistas y aguardar que se cumpla la periodicidad de los funcionarios, requisito universal de toda democracia. En ese caso, si no es pecado soñar despierto, podemos imaginar que, dentro de poco, otro presidente, al tomar el cargo, deposite el bastón sobre el sillón y se siente en el piso, cabizbajo, en actitud pensativa, como quien cumple un minuto de silencio. Después, cuando los periodistas se le abalancen inquiriendo sobre tan particular puesta en escena, responda que, hace muchos siglos, un gran sabio sentenció: "Es buen monarca el que se sienta en el suelo y pone en el trono al pueblo". Porque las facultades discrecionales que se arrogan ciertos gobernantes pueden accionar cuando existe una anomia en el pueblo causada ya por la ignorancia, ya por la necesidad.Es difícil saber qué corrompe más al hombre: el poder o la miseria. Sin embargo, a los que de la pobreza se han elevado al poder por su valor y su rectitud –Domingo Sarmiento, Nelson Mandela– el pueblo los venera por su conducta, no por el linaje de su cuna. ¿Dónde están ahora esos hombres? En cualquier parte; sólo falta encontrarlos buscando en todos los rincones de la patria. De nosotros depende, también, coadyuvar con la educación para hallar a los conductores ejemplares de nuestro destino.

