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Pegarle a Boudou, el deporte de la semana

¿Por qué resultó distinto a enero de 2012? Boudou no es el mismo. Sobre él cayeron denuncias judiciales, Ciccone, sobre todo.

13 de octubre de 2013 a las 01:11 p. m.
Pegarle a Boudou, el deporte de la semana

Amado Boudou está para el cachetazo. Los seis días que transcurrieron desde el lunes pasado, cuando internaron a la Presidenta, bastaron para que el papel institucional del vicepresidente fuera el blanco de un bastardeo político del que no se tienen precedentes en la historia argentina.

Ejercicio, el del bastardeo, inicialmente a cargo de los opositores de distinto pelaje, pero al que siguieron, y sin disimulos ni medias tintas, los propios oficialistas, cualquiera fuera el rango de responsabilidad institucional de los que lo hicieron.

En una decisión personalísima (sin decirlo con todas las letras, lo confirmó en estos días la misma Cristina, en las entrevistas difundidas por la televisión pública: lo eligió porque el entonces titular de la Anses fue el mentor de la reestatización del sistema jubilatorio), Boudou compartió con ella, hace apenas menos de dos años, el 54 por ciento de los votos.

Era, entonces, el más probable heredero-continuador del “modelo” kirchnerista en 2015.

Ningún oficialista se permitía siquiera en su imaginación cuestionarlo. Así, alineadísimo, cumplió prolijamente con la responsabilidad constitucional de vicepresidente cuando tuvo que quedar al frente del Ejecutivo en enero de 2012 por la operación de tiroides de la Presidenta.

El traspaso del mando fue en aquel momento, transparente, sin lugar a suspicacias.

Otra historia

Ahora no sucedió lo mismo. Recién al cuarto día de que asumiera el Ejecutivo, y no por la correspondiente vía institucional (su publicación en el Boletín Oficial ), sino por una revelación periodística, se supo que quedó “a cargo” del Ejecutivo por 30 días, plazo que se estima durará el posoperatorio de la Presidenta.

¿Por qué resultó distinto a enero de 2012? Boudou no es el mismo. Sobre él cayeron denuncias judiciales, Ciccone, sobre todo. Y es en esa reprobación pública en lo que se sustenta el bastardeo de la oposición, como el menoscabo a su rol institucional al que lo someten los dirigentes del oficialismo nacional.

La hipocresía signa el comportamiento de extraños y de propios. Desde la oposición en su conjunto se le enrostra a Boudou la supuesta carencia de autoridad moral, y consecuentemente política, para ejercer interinamente la jefatura del Ejecutivo.

La acusación es precisamente por aquellas denuncias judiciales. ¿No implica, acaso, que ese tipo de cuestionamiento a Boudou lleve implícito otro referido a la legitimidad constitucional para garantizar la institucionalidad, cuyo menosprecio se le achaca y machaca a Cristina Fernández?

Postura hipócrita

Hipócrita también resulta el comportamiento del oficialismo. Boudou ha quedado reducido a la insignificancia en tanto vice a cargo del Ejecutivo.

Desempeña un papel protocolar, casi decorativo, rebajado a lo que es la imagen que de él se construyó e instaló (y a la que él mismo se encargó con esmero en construir e instalar).

El acto que encabezó con artistas por la puesta en marcha del Instituto Nacional de la Música le calzó a esa imagen. Pero cuando buscó levantar vuelo en su papel de Presidente interino, le cortaron las alas desde el núcleo duro del Gobierno, obviamente por orden de la propia Presidenta: no lo dejaron ponerse el frente del anuncio del acuerdo que en Washington había alcanzado el ministro de Economía, Hernán Lorenzino.

Además, funcionarios que deberían estar por debajo de su autoridad se la pusieron en duda públicamente, desde el jefe de Gabinete, Juan Abal Medina, y el ministro del Interior, Florencio Randazzo, hasta un sapo de otro pozo institucional, como el ultrakirchnerista vice bonaerense Gabriel Mariotto.

El péguele a Boudou impidió poner la atención en un hecho político económico sustantivo.

El jueves se cerró un acuerdo con empresas que desde 2001 demandaban al país ante el tribunal arbitral del Banco Mundial (Ciadi).

Recibirán 500 millones de dólares, muchos menos que lo que reclamaban. Como efecto de ese acuerdo el país contará de nuevo con créditos del Banco Mundial, esta vez por 3 mil millones de dólares, hasta 2016.

Un acuerdo que desde la oposición se cuestionó por contrariar “el discurso” kirchnerista, que, probado está por demás, no se ciñe a lo ideológico, sino al pragmatismo. Por algo el kirchnerismo, aunque mal les pese a muchos, es una versión más del peronismo.