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Paz más allá de Colombia

No sólo Colombia: toda América latina se merece el proceso de paz anunciado la semana pasada por el presidente Juan Manuel Santos, que pretende dirimir un conflicto de 50 años con las Farc. Ricardo Trotti.

02 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Ricardo Trotti ([email protected])
Paz más allá de Colombia

No sólo Colombia: toda América latina se merece el proceso de paz anunciado la semana pasada por el presidente Juan Manuel Santos, que pretende dirimir un conflicto de 50 años con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Pese a las críticas y la oposición interna que originó el anuncio, el respaldo inmediato a las negociaciones por parte de Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea y Estados Unidos demuestra que los beneficios de la paz trascienden a Colombia.Primero, porque no sólo neutraliza la violencia interna que ya generó 250 mil muertos y cuatro millones de desplazados, sino también porque desarticula a una banda de narcotraficantes que ha internacionalizado el mercado de las drogas y negocios derivados.Segundo, porque se aniquila un foco de polarización regional, debido al apoyo logístico que las Farc siempre recibieron de los hermanos Fidel y Raúl Castro y de Hugo Chávez, como al estratégico respaldo que el gobierno recibe de Estados Unidos a través del Plan Colombia. Pero, más aun, porque se desbarata la capacidad de las Farc de financiar procesos electorales, como en los más recientes de Ecuador y Venezuela, lo que genera mayor estabilidad democrática en la región.Tercero, y más importante, porque los recursos millonarios que el gobierno destina para la guerra podrán ahora invertirse en programas de desarrollo para las zonas afectadas y sus víctimas, en crecimiento económico y liderazgo regional.El anuncio del presidente Santos puso en perspectiva su estrategia para la paz. Ahora se entiende por qué se hizo amigo de Chávez, se acercó a Cuba y se reconcilió con Rafael Correa, después de que como ministro de Defensa durante la presidencia de Alvaro Uribe ordenó la invasión de la selva ecuatoriana para bombardear campamentos guerrilleros.Su audacia va más allá de sus nuevos amigos. Desde que asumió, tejió un andamiaje jurídico para la paz, mediante una reforma constitucional y creación de leyes de reparación a víctimas y desplazados y restricciones para las zonas de despeje que en el pasado sólo beneficiaron a los guerrilleros.Pese a los recientes atentados de las Farc contra la infraestructura energética y petrolera del país y a las amenazas contra su vida, Santos sabe que el hartazgo de cada colombiano contra la violencia lo beneficia para buscar la paz y evitar los fracasos de procesos anteriores, como los de Belisario Betancur en 1984, César Gaviria en 1992 y Andrés Pastrana en 2001.Por eso anunció que los militares no perderán presencia ni el Estado renunciará a su soberanía territorial mientras duren las negociaciones y la desmovilización guerrillera.Su mayor opositor, su anterior jefe, Uribe, tiene muchas razones para desconfiar de las guerrillas, tanto como muchos colombianos. La visión de que varios líderes guerrilleros procesados por crímenes de lesa humanidad puedan terminar con privilegios en las bancas del Congreso es aterradora. Los últimos atentados de las Farc demuestran que, aun diezmadas y con muchos líderes aniquilados, conservan la capacidad de resistir a los embates militares y prolongar el conflicto. De ahí que Santos, fiel a sus obligaciones y promesas de campaña, piense que la negociación es la única forma de alcanzar la paz. El desafío que enfrentan ahora los colombianos es entender que en toda negociación –de la que también formarán parte Cuba, Venezuela, Noruega y Chile– nadie puede quedar satisfecho del todo. Los procesos de paz tienden a ser imperfectos. Resulta casi imposible conciliar lo que unos ganan y otros pierden y hallar la verdad. Siempre existe una línea delgada entre justicia e impunidad, castigo e indulto, rencor y perdón. Muchos creen que es más fácil alcanzar la paz mediante la guerra, por lo que este proceso tendrá tropiezos. Pero el hecho de que comience, permite a América latina tener la esperanza de que pueda cerrar la última de sus venas abiertas.