Paritarias libres, primero; luego, diálogo sectorial
Ningún dirigente sindical debe, en esta emergencia, aceptar que se le imponga un acuerdo social a la baja, sustitutivo de paritarias.
En los últimos 10 años, cada vez que se aproximan tiempos de paritarias, época de fijar valor al trabajo, se registra la aparición de planteos –formulados por los mismos actores sociales– sobre la necesidad de sustituir las negociaciones por la firma de un acuerdo social, que enchaleca a los sindicatos y perjudica a los asalariados. Si revisamos diarios nacionales, leeremos que desde 2005, todos los años se insistió en puentear las paritarias con un acuerdo o un pacto.Hasta hoy, esas gestiones felizmente fracasaron. Pero este año la presión tuvo una nueva expresión: fue un intento de mal usar la figura del propio sumo pontífice Francisco. La pronta desmentida quitó base y seriedad a la intentona.¿Qué se pretendió? Muy simple: bajo banderas prestigiosas de diálogo y de paz social, se intentó promover que los efectos de la devaluación –en especial, los aumentos de precios desde octubre de 2013 y los derivados del dólar a ocho pesos– fueran pagados por los asalariados, licuando el modelo de negociación.Para no confundirse haciéndoles el juego a los lobbistas, aclaremos: en nuestro país, el modelo predominante de negociación colectiva de salarios –conocido como de centralidad media– es el mejor modelo que la experiencia internacional aconseja para la existencia solidaria de salarios mínimos convencionales con ámbito en todo un sector, actividad o industria, que se complementa, cuando es posible, con una segunda negociación articulada, a nivel de la empresa, lo cual permite establecer salarios superiores al mínimo convencional nacional, fijado de forma previa.Este modelo vigente requiere de una condición indispensable: la existencia de sindicatos fuertes, con capacidad para imponerse o, al menos, equilibrar la relación de fuerzas, regla de oro de la negociación.No olvidemos que, conforme el principio de Neville Chamberlain, "... los patrones sólo firman un acuerdo cuando se convencen, previamente, de que firmando la imposición sindical pierden menos que afrontando la huelga".Son muy pocos los países en el mundo –la Argentina es uno de ellos– en los que los sindicatos reconocen suficiente potencialidad para llevar adelante una huelga eficiente; por ende, son muy pocos los que pueden llevar adelante la negociación anual salarial de centralidad media, que permite abarcar el ámbito de toda una industria, actividad o sector.
Posiciones
La apertura de la ronda anual de negociación 2014 ha acentuado el lobbismo empresarial, favorable a sustituir la negociación nacional de centralidad media por un acuerdo que haga pagar la devaluación a los trabajadores, quienes perderían un mínimo de entre tres y cinco puntos de poder real, mediante un menguado incremento anual del 25 al 27 por ciento en dos o tres cuotas. Lo cual significaría un aumento anual real consolidado del 18 al 20 por ciento y, obviamente, un detrimento del poder adquisitivo.
La desesperación por lo ocurrido en los últimos meses y por lo que se viene este año llevó a los empresarios a agotar una instancia tendiente a reemplazar las negociaciones de industria o actividad por la firma de un pacto salarial a la baja.
Pero los actores favorables a un acuerdo sustitutivo no están solos en esta emergencia. Los acompañan gobernadores de provincias importantes y distinguidos candidatos políticos, quienes, con una voluntad digna de causas mejores, piden que en nuestro país se aplique el modelo español de acuerdo cupular, que llevó a que los trabajadores peninsulares perdieran poder adquisitivo en más de un tres a cinco por ciento anual y que fueran, por ende, los asalariados los únicos sacrificados.
En su momento fueron ellos quienes, en un viaje a Ginebra, mal explicaron a la presidenta Cristina Fernández las bondades de la experiencia hispánica.
Creo, pues, que ningún dirigente sindical debe, en esta emergencia, aceptar que se le imponga un acuerdo social a la baja, sustitutivo de paritarias.
Los diarios del domingo 8 de febrero anunciaban para marzo la intervención papal para que fuese mediador, a la baja, en las negociaciones colectivas. Tanto para católicos como para los no creyentes, se trataba de un mal uso vicioso de su innegable autoridad espiritual, al pretender que el bondadoso jesuita, en medio de la crisis, fuese usado para reducir salarios.
La pronta desmentida del papa Francisco, que llegó durante la siesta dominguera, puso las cosas en su lugar.
Me parece oportuno destacar, ante lo ocurrido, la correcta posición de los gremios cordobeses –de capital y del interior– de lanzar una única consigna para la movilización de mañana: “... de que los efectos nocivos sobre la economía popular los paguen los empresarios” y punto. Sin matices ni falsos diálogos.
No hay ningún inconveniente para que en el futuro se puedan abrir, pasadas las paritarias, diálogos en comisiones sectoriales (pueden ser 12 o 14), en las cuales podría analizarse la compleja problemática de la política-social-económica y financiera.
El existente Consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil es el ámbito adecuado para esas negociaciones. Todo ello bajo la condición de que se acepte que no pueden sustituir a las paritarias libres.
Primero, paritarias libres, y después –si hay clima– otras formas de diálogo. Pero de ninguna manera a la inversa, lo diga quien lo diga.
La desmentida de la supuesta mediación papal fue oportuna y restablece la autoridad y el lugar insustituible de las paritarias.
*Abogado laboralista

