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¿Pan para hoy, ignorancia para mañana?

La pandemia despertó a todos los gobiernos del mundo de una larga siesta y los obligó a mirarse el ombligo y descubrir que había una necesidad mayor de atender a los menos afortunados, propios y ajenos.

10 de abril de 2022 a las 12:01 a. m.
Marcela Nader
¿Pan para hoy, ignorancia para mañana?
Pobreza en la ciudad de Córdoba. (Ramiro Pereyra / La Voz)

¿Darle el pescado hoy o enseñarle a pescar? Ese debate eterno entre la ayuda inmediata al necesitado y una política a largo plazo es a menudo mal entendido.

Los gobiernos deberían tener la capacidad de proporcionar una respuesta rápida, eficaz y apropiada ante emergencias de toda índole a quienes se encuentran en los estratos más bajos de la sociedad, y planificar una estrategia a largo plazo para que cada persona pueda valerse por sí misma. Ni una limosna humillante ni una dádiva obligatoria.

Todos los gobiernos del mundo tienen programas de asistencia social. Aun los más ricos.

La diferencia con la Argentina es que aquí existe una cultura de asistencialismo político con ataduras generacionales. Las nuevas generaciones deberían estar un paso o un escalón más arriba que sus progenitores.

La pandemia despertó a todos los gobiernos del mundo de una larga siesta y los obligó a mirarse el ombligo y descubrir que había una necesidad mayor de atender a los menos afortunados, propios y ajenos.

No sabemos cuándo nos recuperaremos de ese shock sanitario y económico mundial que fue la pandemia. Cuando creíamos que todo lentamente volvía a la normalidad, una guerra absurda y caprichosa sacude a Occidente. La miramos todos asombrados por televisión. Nos preguntamos cómo los poderosos del universo la ven también, sin atinar a interceder. Todos temen; nadie hace nada. Sufrimos por esos chicos y esos ancianos que no se merecen estar escapando por caminos inseguros, ni viviendo, ni muriendo en búnkeres o en hospitales.

Las consecuencias de esa guerra ajena se sienten en todo el mundo. Suben los precios de absolutamente todo. El combustible, los alimentos, la salud, el transporte, todo se hace cuesta arriba, mientras los salarios ven declinar su poder de compra de manera acelerada.

En Argentina al menos tenemos un entrenamiento histórico, cansador, pero experiencia al fin, de capear las crisis.

Y volvemos a preguntarnos cómo debemos prepararnos para la siguiente crisis, que es ahora. No tuvimos tiempo de despojarnos del miedo a la muerte y ahora volvemos a tener miedo al futuro.

Los pobres serán aún más pobres y las clases medias se mantendrán al borde de un precipicio económico y social que no se veía en años. Y, como siempre en la historia de la humanidad, habrá ganadores económicos y perdedores sociales.

La respuesta siempre está en la educación. Los países que invierten en educación siempre ganan. Es una inversión a largo plazo. Cada año comienza, en todo el mundo, un proceso que dura exactamente 12 años. Eso es lo que toma educar a un niño desde el jardín de infantes hasta la secundaria.

Es la educación básica universal que equipara a los jóvenes para enfrentar los primeros retos de la vida. Ya sea que sigan estudiando o que inicien su vida laboral, cuanto mejor preparados estén, mejores trabajos podrán obtener. Los conocimientos adquiridos en esos 12 años son móviles: una vez que los tienes adentro, los llevas donde quieras.

Una importante lección de la pandemia fue la aceleración en incorporar nuevas tecnologías en la educación. Obligó de manera acelerada a los gobiernos a pensar que una conexión a internet no es un lujo en el siglo 21: es una necesidad. Como lo son la electricidad, el agua, las cloacas y tantas otras necesidades que los gobiernos a veces demoran en responder.

El orgullo de superación que tenían los inmigrantes que hicieron grande a la Argentina con el sueño de “m’hijo, el doctor” –o el profesor, o el ingeniero– se cumplió a rajatabla por décadas.

Ahora parece no ser tan atractivo. ¿Para qué estudiar o trabajar, dirán algunos, si los planes de gobierno son alternativas a la búsqueda de trabajo que asegure un ingreso mensual?

No queremos que la brecha educativa se asemeje a las otras brechas que están erosionando el piso de nuestra Nación.

Hoy debemos darles el pescado, porque con un estómago vacío no se aprende. Pero también mostrarles y darles una caňa. Enseñarles a pensar por sí mismos, sentir orgullo de saber, de aprender y de tomar las riendas de un proyecto único: su propia vida.

* Licenciada en Sociología