Palacios proletarios
Los subterráneos son hoy en día un escenario de atentado de jóvenes mujeres.
Entre el atentado que derrumbó las Torres Gemelas de Nueva York en el primer año del milenio y el que mató a 39 personas en el subte de Moscú a comienzos de la primera década, hay grandes diferencias.
Sin embargo, así como aquél pegó en el corazón del poder norteamericano, éste golpea a uno de los emblemas más significativos de la Revolución de 1917. Las estaciones del metro de Moscú son verdaderos palacios subterráneos, símbolos del poder del proletariado, así como los suntuosos palacios de la superficie lo habían sido antes del absolutismo zarista.
Hay que decir, sin embargo, que el desarrollo del ferrocarril fue antes, en tiempos zaristas, una de las claves del crecimiento de Moscú y que los neonacionalistas rusos consideraban sus estaciones como lugares artísticos: "Los ojos de la gente deben estar entrenados para ver la belleza en cualquier sitio, en las calles y en las estaciones de tren", le hace decir Orlando Figes en El baile de Natacha a Mamontov, un magnate ferroviario de fines del siglo XIX que encargó al artista Korovin que decorase la estación Yaroslav (no hay que dejar pasar la oportunidad de repetir que la Unión Soviética siempre se pareció más a la historia rusa que al modelo de sociedad comunista urdido por Carlos Marx).
El 15 de mayo de 1935, José Stalin inauguraba la primera de las 12 líneas que componen el metro de Moscú en medio de la euforia de una ciudad en pleno auge. Ese trazo originario unía Sokólniki con Park Kultury, una de las estaciones que sufrieron el atentado.
La otra estación siniestrada lleva ese nombre -Lubianka- porque pasa debajo del edificio que alberga a la temible policía secreta (antes Cheka, luego KGB, hoy Guardia Fronteriza). Un chiste tradicional ruso dice que Lubianka es el edificio más alto de Moscú porque se puede ver Siberia desde sus sótanos.
Los palacios subterráneos, donde la legendaria clase obrera rusa esperaba los transportes que la llevaban a trabajar a las fábricas son hoy el escenario de atentados de jóvenes mujeres suicidas de países oprimidos por el imperio ruso.
Amargo dato de la realidad de un siglo 21 que parece andar con paso de cangrejo.

