Otros caminos
Leer hoy “Una excursión a los indios ranqueles” revela que otra campaña era posible en el desierto. Ángel Stival.
"Para novedades, los clásicos", decía el español Miguel de Unamuno (1864-1936) desde su cátedra de griego en Salamanca, con la conciencia de quien sabe que un clásico se construye cada vez que se lo lee desde un cierto lugar o un cierto tiempo. No deja de sorprender, no obstante, encontrar en Una excursión a los indios ranqueles , de Lucio V. Mansilla (1831-1913), alguna cita ecológica que bien podrían tener en cuenta los que hoy por hoy siembran plantas exóticas en desmedro del bosque nativo. "Cada zona, cada clima, cada tierra da sus frutos especiales. Ni la ciencia ni el arte alcanzan a producir los efectos químico-naturales de la generación espontánea", decía este general que anduvo en el sur de Córdoba mezclado con los indios varios años antes que el general Julio Argentino Roca tocara a degüello. Y agrega, exhibiendo el cosmopolitismo de quien ha paseado por el mundo: "Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas paranaenses; las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos cedros del Líbano; los banianes de la India, cuyos gajos cayendo hasta el suelo toman raíces formando vastísimas galerías de fresco y tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos de Londres y París. Pero ¿cómo? Mustias y sin olor aquéllas, bajas y amarillentas éstas; enanos raquíticos los unos, sin su esplendor tropical los otros". Lo interesante se produce cuando Mansilla se traslada a la geografía humana: "El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce libertad, el respeto por la fuerza, la aspiración inconsciente de una suerte mejor producen un tipo generoso, que nuestros políticos han perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor de cantar, sino para hacer su caricatura". Lo novedoso de este clásico de la literatura argentina es que insinúa, al leerlo hoy, que otro camino, distinto al emprendido por Julio Argentino Roca en el desierto, era posible.

