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Obstinarse en el rumbo errado

La riqueza del país, que surge básicamente del sector agropecuario y que ayudó a sostener el modelo, ya no alcanza para cubrir los desajustes que el Gobierno ha generado en varios frentes. Manuel Tagle (hijo).

05 de abril de 2012 a las 12:01 a. m.
Manuel Tagle (hijo) (Empresario)
Obstinarse en el rumbo errado

Si se repasa la historia argentina, surgen datos elocuentes que nos ayudan a entender las causas de nuestro estancamiento económico y sistemática decadencia. Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, la Argentina se ubicaba en el séptimo lugar por el nivel de vida de sus habitantes, elevada educación y desarrollo alcanzado. Rivalizaba e incluso superaba a países como Canadá, Australia y Nueva Zelanda.Esas naciones tomaron la senda del crecimiento y no la abandonaron. De modo simultáneo, la Argentina inició uno de los períodos más largos de involución.Tanto es así que a mediados de la década de 1970, en los círculos intelectuales y políticos internacionales sorprendían los motivos por los cuales habíamos perdido el rumbo. Resultaba inexplicable que siendo uno de los países más ricos del mundo, no podíamos emerger económicamente y alcanzar el desarrollo.A raíz de ello, se conformó una curiosa categorización de países, según indicadores de progreso socioeconómico. Con algo de sorna, se decía que existían los países desarrollados, los subdesarrollados, Argentina y Japón. Nadie entendía que estos dos últimos hubieran logrado resultados inversamente proporcionales a sus potencialidades.Desde aquella época, continuamos incursionando en recurrentes desaciertos. Abandonamos el liberalismo y sucumbimos ante la seducción del populismo. Las permanentes intervenciones del Estado en el proceso económico atrofiaron el libre funcionamiento de los mercados y la iniciativa privada. Como consecuencia, las inversiones se replegaron, atemorizadas por la torpeza de las políticas públicas que transmitían inseguridad jurídica. Desapareció la confianza, por lo que se afectaron los movimientos de capital. Las inversiones emigraron a los países respetuosos de las libertades civiles y económicas.Acorralados por los problemas que ya no pueden disimularse y que han comenzado a desvelar a nuestra Presidenta y sus colaboradores, se han tomado decisiones que profundizan esa política. La riqueza de nuestro país, que surge básicamente del sector agropecuario y que ayudó a sostener este modelo, ya no alcanza para cubrir los desajustes que el Gobierno ha generado en todos los frentes.Las prohibiciones a las importaciones, el férreo control de cambios y la peligrosa modificación de la carta orgánica del Banco Central apuntan a conseguir los recursos necesarios para poder prolongar este modelo económico que agoniza.Es penoso que para mantener subsidios, un alto nivel de consumo y hasta para importar combustibles se tengan que utilizar las reservas del país en vez de recurrir a los capitales privados que han elegido otros destinos.El rechazo a los recientes reclamos de las 40 naciones más importantes del mundo denota una falta de autocrítica que roza lo irracional. Al populismo sólo le preocupa el corto plazo y subestima los costos que sus decisiones ocasionan en el futuro.Nada hace pensar que el Gobierno pueda cambiar. La obstinación es tan profunda que deforma la realidad sin ningún prejuicio.La mayoría de nuestros vecinos, en función de la evolución, la inteligencia y la sensatez de sus gobernantes, ha abandonado esta política populista y ha encontrado el rumbo.La Argentina, sin observar ni respetar al resto del mundo, sigue soñando con su propia y excéntrica política, en la que el poder importa más que el bienestar de los ciudadanos.