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Obama mueve las fichas

El primer bienio al frente de la Casa Blanca ha templado el carácter de Barack Hussein Obama. Nelson Gustavo Specchia.

21 de enero de 2011 a las 12:01 a. m.
Nelson Gustavo Specchia*
Obama mueve las fichas

Las primeras decisiones del presidente norteamericano tras el descanso de las fiestas de fin de año muestran que el primer bienio al frente de la Casa Blanca ha templado el carácter de Barack Hussein Obama. Apenas abierto el calendario de 2011, la terrible matanza de Tucson develó alguno de los extremos a los que alienta la retórica ultra del neoconservadurismo. Ese evidente aprendizaje en el ejercicio del poder y la apuesta a la mesura en la convivencia política que Obama representa frente a la tensión creciente que perfila la derecha del Tea Party lo muestran recuperando la iniciativa en un entorno adverso, y lo colocan en una posición inesperadamente buena para la nominación demócrata a la reelección.El ataque asesino de Arizona fortaleció la postura negociadora y reformista de la Casa Blanca, que puede reforzar ahora su atracción hacia un amplio sector moderado de la sociedad norteamericana. Pero esta figura de un "nuevo Obama" comenzó a moldearse antes del atentando, con una firmeza y unos movimientos estratégicos en la forma de asumir el reto de la segunda mitad del mandato que sorprendieron a los observadores. En especial después de las críticas que algunas de sus posiciones dubitativas levantaron durante el año pasado y que, en conjunto, contribuyeron a la dolorosa derrota que soportaron los demócratas en las elecciones legislativas de noviembre. Desencanto temprano. No tiene mayor sentido encarnizarse con Obama por esas idas y vueltas, leídas por algunos como debilidad y falta de experiencia. Muchos analistas habían sobredimensionado las expectativas de su llegada al poder, lo que generó una inflación ficticia de esperanzas que provocó que, en el corto plazo, la falta de transformaciones estructurales condujeran a un desencanto con la figura del presidente. Pero más allá de esta conducta un tanto errática en algunos de los sectores que lo habían impulsado al centro del poder mundial, sí es cierto que también hubo responsabilidad en el manejo que el entorno del presidente hizo de la agenda. Las duras posiciones críticas frente a los gigantes financieros, a quienes se responsabilizaba de la crisis global, se corregían en cuestión de días y terminaban implicando un giro de reservas públicas para salvar a las mismas firmas que antes se habían censurado. O el pavor que se pintó en el rostro del presidente cuando el fallecimiento del senador Ted Kennedy, en agosto de año pasado, lo dejó sin mayoría propia en la Cámara Alta, sin uno de sus principales apoyos para la reforma sanitaria entonces en trámite y sin el interlocutor con la vieja oligarquía demócrata del feudo de Massachusetts.El rostro de desconcierto y las canas prematuras del mandatario asustaron entonces a más de uno. El saldo de la primera mitad de la presidencia era escueto, demasiado magro. Con la popularidad en declive por las expectativas frustradas; Guantánamo abierto y vigente a pesar de todas las promesas; Irán en ruta hacia la bomba nuclear sin nada que lo pare; Rusia volviendo a despertar de un sueño de olvido; Israel desoyendo las presiones; China financiando en forma descarada el déficit público estadounidense; Afganistán desangrándose; una multiplicación cancerígena de agencias de seguridad que no logran evitar siquiera que un estudiante musulmán introduzca un explosivo en un avión; Irak corrupto y sin visos de solución, y una desocupación interna que no se aleja de la frontera del 10 por ciento de la población, el presidente parecía haber perdido el rumbo. En la vereda de enfrente, los conservadores más activos comenzaron a limarse las uñas y los dientes. El fogoneo a los fundamentalistas del Tea Party y la machacona repetición de los condicionantes que acabamos de reseñar otorgaron a los republicanos el manejo de la Cámara de Representantes en las elecciones de noviembre pasado. Nueva actitud. El Congreso resultante asumió sus curules la primera semana de enero y llegó con todas las intenciones de tumbar los cambios promovidos por Obama –en especial, la polémica reforma sanitaria; también el gasto público y los controles a las grandes firmas de Wall Street– y cerrarle el camino a la reelección; las ya famosas miras de fusil en la página web de Sarah Palin. Pero el Obama que encuentran en Washington ha cambiado. Ya no queda ni una pizca de mirada dubitativa y sus gestos son relajados, seguros; la oratoria vuelve a ser encendida, encantadora, como en los mejores momentos de aquella campaña que lo convirtió en el primer negro en sentarse en la poltrona del poder, apenas a 43 años de que los afroamericanos conquistaran el derecho a voto y sólo 143 años después de que la esclavitud fuera (formalmente) abolida.Esta nueva actitud del presidente no era la que esperaban los líderes republicanos. Tanto el nuevo vocero opositor en la Cámara Baja, John Bohener, como el jefe de la bancada conservadora en el Senado, Mitch McConnell, llegaban a sus escaños para enfrentar a un Ejecutivo con la guardia baja. En cambio, se han encontrado con un político recuperado, que parece haber aprendido a fuerza de golpes y que los primeros días del año les arrebató el protagonismo y la iniciativa. Barack Obama está moviendo las principales fichas de su tablero, cambiará el gabinete, reestructurará el gobierno y comenzará a plantear la estrategia para alcanzar un segundo mandato en 2012. La novedad política más descollante del siglo 21 conserva la capacidad de sorprender.

*Profesor titular de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba