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Nunca olvides la historia familiar

Tenía edad suficiente para saber que, con varios hermanos, compartir tiempo exclusivo con un padre o una madre es un tesoro escaso. Y esa tarde papá me estaba obsequiando más que la historia; era un legado.

26 de junio de 2022 a las 12:01 a. m.
Nunca olvides la historia familiar
Legado: las historias que los padres les cuentan a los hijos.

“Y esa, palabras más o menos, es la historia de nuestra familia. O, al menos, la que contaba mi mamá, que a su vez la recibió del abuelo. Podés tomarla, dejarla, hacerla crecer… vos sabrás. Eso sí: nunca olvides que nosotros somos porque antes fueron otros”.

Las palabras de mi papá sonaban más formales de lo habitual en el interior del auto.

El atardecer comenzaba a teñir de sombras la ruta que recorríamos en uno de sus viajes de trabajo por el interior.

No era la primera vez que lo acompañaba, pero aquella terminó siendo diferente; una sutil complicidad estaba por unirnos de manera misteriosa.

Apenas salir, llovieron las clásicas preguntas de los padres con hijos adolescentes: colegio, amigos, noviazgos, cigarrillo y alcohol. Pero después de quedarse tranquilo en todo, comenzó a hablar de la familia; más precisamente, de la historia: nombres y apodos, parentescos y peleas, uniones y olvidos de todos y cada uno de sus integrantes.

Al principio, yo interrumpía con preguntas o pedía que repitiera para entender mejor, pero cuando comprendí que aquello era su necesidad de reconstruir un mundo de identidades y de pertenencias, decidí callarme y escuchar.

Avanzamos cientos de kilómetros, atravesamos muchos pueblos y varias generaciones.

No me sorprendió que papá, la mirada fija en las líneas del camino, recordara las minucias familiares; sí, el detalle con que definía los rasgos y las conductas de cada uno.

Me emocionaron un sinfín de historias escondidas dentro de la historia; anécdotas deliciosas contadas con una parsimonia especial de quien manipula cristales que podrían romperse al mínimo descuido.

Hipnotizado, yo guardaba cada instante. Tenía edad suficiente para saber que, con varios hermanos, compartir tiempo exclusivo con un padre o una madre es un tesoro escaso. Y esa tarde papá me estaba obsequiando más que la historia: era un legado.

Con noche cerrada, decidimos buscar un sitio para cenar. La comida no impidió que él siguiera encontrando y describiendo más recuerdos.

Por momentos detenía su relato y me miraba para saber si era suficiente; yo sonreía para asegurarle que mi curiosidad no sólo no terminaba, sino que aumentaba.

En el clímax del relato de una oscura intriga sobre tíos extravagantes, se detuvo en seco y dijo: “Nunca olvides que en cada familia hay amores y desamores; y que jamás sabremos con certeza por qué ocurren unos y otros”.

Todavía hoy me deslumbra la frase con la que mi papá pareció terminar de compartir sus revelaciones familiares. Sentí que me había transmitido en un solo día una enorme experiencia. Pero no la que otorga acumular años, sino la de saber perdonar.

“¿Querés manejar un rato?”, preguntó mientras regresábamos al auto. Dudé; tal vez cambiar de asientos rompiera el hechizo. Cuando entendí que era su modo de decir que estaba cansado, supe que era el momento de animarme a manejar de noche.

A poco de andar, papá se durmió. Aquel gesto era un signo de plena confianza, aunque enseguida me estremeció la sensación de que tendría, al menos por un rato, algo parecido a la jefatura.

Finalmente, llegamos al hotel. En pocos minutos, estábamos instalados en la habitación, listos para dormir. El silencio de entonces no molestaba; por el contrario, nos unía más.

Antes de apagar la última luz, papá giró en su cama y dijo con una media sonrisa: “Nunca olvides de que, por alguna razón, elegimos recordar lo que nunca ocurrió”.

* Médico