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¿No sería bueno internacionalizarnos?

Desarrollo cultural y deportivo, turístico y ambiental, tecnológico y también social. Hasta la lucha contra la pobreza requiere una mirada más amplia y global.

05 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Sebastián García Díaz*
¿No sería bueno internacionalizarnos?

Nuestros hijos vivirán una interacción potenciada con un mundo cada vez más cercano entre los países, más accesible para viajar, para trabajar interconectados y comerciar sin barreras. Una sociedad integrada que compartirá conocimientos, innovación y cultura a través de una comunicación que, de tan fluida, terminará por consolidar la “aldea global”.

El panorama es apasionante. Nos acercamos al ideal tan buscado de una humanidad capaz de superar las barreras que nos han separado sin sentido.

Pero, además, es una oportunidad porque la globalización está abriendo camino a que el desarrollo sea para todas las naciones y permite –al país que se lo proponga– alcanzar el lote de los desarrollados, en un tiempo histórico relativamente breve.

Una de las distorsiones más graves de la última década ha sido consolidar la visión errada de que nosotros podemos vivir desconectados de lo que pase “allá afuera”. Que eso nos preserva y además nos permite “crecer con lo nuestro”.

La consigna “patria o buitres” resume el desvarío, como si aún fuera una opción válida no honrar las deudas con el exterior o imponer unilateralmente las condiciones.

Es urgente revertir esta desconfianza injustificada: la soberbia de creer que podemos solos, sin abrir nuestras fronteras y nuestras mentes. ¿Cuál es el candidato que expresa una real vocación por integrarnos al mundo y que explica cómo lo hará? A ese hay que votar.

La vinculación comienza por lo económico, claro está. Vender a todos no sólo nuestras materias primas (que en definitiva son apenas el cuatro por ciento del comercio mundial), sino además nuestro valor agregado.

Sólo esos mercados ampliados nos garantizarán los puestos de trabajo necesarios para la población activa y las nuevas generaciones. Pero nadie nos comprará nada si nuestra economía sigue cerrada a lo que el mundo quiere ofrecernos.

Hace 20 años discutíamos si debíamos integrarnos de golpe (como lo han hecho finalmente Chile y otros) o en forma gradual, utilizando mercados regionales intermedios como el Mercosur. Hoy el debate se ha vuelto más precario, porque el Mercosur es una quimera y no tenemos reglas claras para el comercio exterior, ni certidumbre jurídica y económica para convocar a inversiones extranjeras con las cuales desarrollar vínculos sustentables.

Reconozcámoslo: estamos varios años tarde respecto de otros países que tomaron a tiempo la decisión de integrarse con sus economías, en forma contundente y profunda. Y, en nuestro caso, con el aditamento de una fama bien merecida de que no somos confiables. No deberíamos perder otros 20 años embelesados con este “orgullo del aislamiento”.

¡Necesitamos su “know how”!

¿Enoja que utilice una palabra inglesa en un subtítulo? Así estamos de desfasados respecto de la actitud de apertura mental que debemos mostrar hacia la globalización, que habla en español, en inglés, en portugués y en chino, sin solución de continuidad.

Aquí viene lo más difícil: nuestro sistema educativo es el mentor de nuestra cerrazón. Allí calan hondo las distorsiones ideológicas y la idea de que todo lo nuestro es bueno y todo lo de afuera hay que mirarlo con desconfianza (porque seguro vienen por nuestros recursos naturales, el imperialismo, las multinacionales y los mil y un prejuicios).

Pero la urgencia de cambio está en nuestras universidades. ¿Cómo estamos en los rankings internacionales? "Los rankings no sirven", responden los talibanes del nacionalismo académico.

¿Cuántos estudiantes estamos enviando a perfeccionarse a las mejores universidades del planeta? “No es bueno enviarlos a estudiar modelos foráneos”. ¿Cuántos profesores de otras universidades vienen a enseñar en nuestras aulas? “No hace falta, tenemos buenos docentes”. ¿Cuántos proyectos de investigación estamos desarrollando en equipo con otros centros académicos del mundo?...

La escala internacional no sólo ilumina soluciones en lo económico. ¿Cómo seguir planificando la infraestructura que nos falta sin sentarnos a que coincida con las obras que planean los países vecinos? ¿Cómo emprender nuestras políticas de seguridad y las luchas contra las mafias internacionales y redes de narcotráfico en forma aislada?

Desarrollo cultural y deportivo, turístico y ambiental, tecnológico y también social. Hasta la lucha contra la pobreza requiere una mirada más amplia y global.

No es un dato menor, para los que vivimos en el interior, que la internacionalización de la Argentina nos permitirá no depender tanto de nuestros hermanos porteños.

Santiago de Chile (la puerta hacia los mercados orientales) nos queda a la misma distancia en avión que Buenos Aires. Y la séptima economía mundial está pegada a nuestras fronteras. Pero aquí muy pocos sabemos hablar portugués y mucho menos chino. Tendremos que romper primero nuestro molde mental.

*Miembro de Civilitas, Esperanza Federal.