No nos resignamos ante la violencia
La democracia, tan invocada para la convivencia, debe abrirse a una idea universal que supere los límites y los obstáculos para la fraternidad. Pedro Torres.
En el marco de dolor vivido la semana pasada, el presidente de Uruguay, José Mujica, hacía notar que el dolor nos hermana; palabras simples y profundas que me recordaban el mandato de Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos, ésa es la ley primera…". Ya en tiempos de José Hernández, de quien recordamos en estos días su nacimiento, aparecía como una prioridad nacional, en un clima de sufridas violencias y divisiones internas, el desaprender la violencia y comprometerse por la fraternidad. Y la tentación de la violencia sigue golpeando a nuestra sociedad. No sólo en los lamentables acontecimientos vividos semanas atrás, que provocaron la muerte de un joven, sino también en innumerables situaciones de violencia conyugal, familiar, de géneros y social.No podemos resignarnos ante la violencia; no es humana ni humanizante. En la era de las comunicaciones, del ansia de justicia y libertad. En estos momentos de cambios tan vertiginosos y profundos, reaparece la tentación de los fundamentalismos violentos de todo tipo: los hay religiosos, políticos, científicos e incluso emotivos. Todos ellos promueven un pensamiento único, un estilo uniforme que no admite el diálogo y el enriquecimiento en la diversidad. Trabajar por la paz. Para desaprender de la violencia y trabajar por la paz, necesitamos volver a pensar, necesitamos purificar la mirada y renovar la esperanza. El progreso de la civilización hace descubrir, como una exigencia, como una conquista, lo que Cristo, al hacerse hombre como nosotros y siendo nuestro maestro, ya nos había enseñado. En las páginas de su Evangelio, nunca plenamente comprendidas y todavía no aplicadas universalmente, nos dice: "Todos ustedes son hermanos" (Mateo; capítulo 23, versículo 8), es decir, iguales; es decir solidarios; es decir, obligados a reconocer en cada hombre la imagen reflejada del mismo Padre celestial y a promover mutuamente la consecución de los mismos destinos: la plenitud humana y filiación en esta vida y la felicidad eterna en la vida futura.La amistad es el principio de toda convivencia humana. En vez de ver en nuestro semejante al extraño, al rival, al antipático, al adversario, al enemigo, debemos acostumbrarnos a purificar la mirada y ver al hombre, o sea, un ser igual al nuestro, digno de respeto, de estima, de asistencia y de amor como a nosotros mismos. Es necesario que caigan las barreras del egoísmo y que la afirmación de los legítimos intereses particulares no se convierta nunca en ofensa para los demás, ni en negación de una razonable sociabilidad.Es necesario que la democracia, tan invocada hoy para la convivencia humana, se abra a una idea universal que supere los límites y los obstáculos para una efectiva fraternidad.Es necesario que se superen todos los obstáculos a la fraternidad, el espíritu de clases, todavía tan áspero y tan fuerte en nuestra sociedad; y el espíritu de partido y de facción, que opone ideologías, métodos, intereses, organizaciones. La sociedad no es feliz porque no es fraternal.La comunidad católica de Córdoba se prepara a vivir 2011 como un período para profundizar la conciencia de que somos hermanos y, por tanto, constructores de paz y fraternidad. ¡No nos resignemos a la violencia, construyamos la paz!

