No me llames extranjero
Los sucesos en el barrio Las Delicias, de Río Cuarto pusieron en carne viva el viejo recelo hacia el extranjero.
No me llames extranjero, ni pienses de dónde vengo, mejor saber adónde vamos, adónde nos lleva el tiempo. Los hombres no hemos brotado del suelo como plantas, sino que hemos llegado, siempre hemos llegado desde algún impreciso punto de partida, cuando echamos a andar como especie por el planeta. Trepados al aire sobre dos piernas, nuestra capacidad para dejar atrás las condiciones del paisaje original ha sido la llave para abrirnos caminos en el mundo, y una de las claves del éxito de la humanidad. Ya no quedan islas desiertas; es que hemos llegado a todos los rincones de esta pelota de agua y tierra. Y si en algún sitio no hay nadie, no es porque nunca uno de nosotros se haya asomado. Todos somos de otro lugar. Venimos desde muy lejos o de acá nomás, a la vuelta, pero en el momento inicial de las cosas estábamos en otra parte. Por eso es que hasta la denominación “pueblos originales” es una concesión a la persistencia de siglos en compartir el cosmos con una determinada naturaleza: cuando el paisaje ya estaba más que pintado, todavía éramos acuarela seca. No me llames extranjero, traemos el mismo grito, el mismo cansancio viejo que viene arrastrando el hombre desde el fondo de los tiempos, cuando no existían fronteras, antes de que vinieran ellos, los que dividen y matan, los que roban, los que mienten, los que venden nuestros sueños, los que inventaron un día esta palabra, extranjero. Las palabras del poema hecho canción No le llames extranjero, del enorme Rafael Amor, llevan la piel de un hombre que ha debido partir a buscar cobijo en otra tierra y, a la vez, afrontar el desamparo y la inquisición de las miradas extrañas. Siempre que se parte es porque se debe hacerlo: por la fuerza de la violencia, por el hambre, por los sueños o sólo por la vida que se necesita vivir. Muchos argentinos se fueron escapando de las garras feroces de la dictadura de la década de 1970; años después, con el amanecer del nuevo siglo, hubo otros que marcharon agobiados por las brumas de una crisis desesperante. La mayoría de ellos hacían el viaje de regreso de sus abuelos inmigrantes, que habían dejado la Europa de entrañas desoladas para encontrar consuelo para las tripas y algo más. Aquellos inmigrantes recibieron aquí contención, tierras y herramientas para labrar su destino, condiciones que el Estado argentino ni siquiera les daba a sus propios hijos. Los sucesos en el barrio Las Delicias, de Río Cuarto, donde a partir de un asesinato se desató una ola de hostilidad de vecinos hacia la comunidad de inmigrantes bolivianos del lugar, pusieron en carne viva el viejo recelo hacia el extranjero. Y más infelices aún sonaron las declaraciones hechas días antes por el secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, quien habló de “extranjeros que vienen a la Argentina únicamente a delinquir”. Quizá haya bandas de delincuentes que cruzan la frontera sólo para cometer aquí sus tropelías; ese es un asunto policial, pero hay palabras que suelen decir mucho más. No me llames extranjero, que es una palabra triste, que es una palabra helada: huele a olvido y a destierro. Es posible que muchos de los airados vecinos de Río Cuarto hayan sido inmigrantes dos o tres generaciones atrás; que sus abuelos hayan venido desde mucho más lejos que estos inmigrantes de hoy que son parte de nuestra patria original, la americana. No me llames extranjero, mírame bien a los ojos, mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo, y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero.

