#NiUnaMenos: la necesidad de hacer ruido
La distancia entre las normas y las buenas intenciones de referentes públicos y la pervivencia de las violencias de género y sexual nos confrontan como sociedad a nuestro cinismo político y social.
Las muy diversas situaciones de violencia contra las mujeres no son un acontecimiento novedoso, ni en su emergencia, ni en su intensidad, ni en su vasto alcance geográfico. Basta apenas una mirada retrospectiva para encontrarnos con los nada paradigmáticos casos de femicidios en Ciudad Juárez (México) y su extensión por todo ese país y Latinoamérica; las mujeres secuestradas, torturadas y asesinadas en la clandestinidad por la acción del Estado y/o de grupos paraestatales; las múltiples mujeres vejadas en los conflictos bélicos o en situaciones de conquistas, ocupaciones y anexiones territoriales, entre muchos otros.Algunos de estos casos fueron tipificados y condenados, como aquellos que llegaron a ser juzgados en ocasión de instancias internacionales (por ejemplo, el Tribunal Internacional ad hoc para la ex-Yugoslavia y el Tribunal Penal Internacional para Ruanda). Otros –la mayoría– no pasan de ser situaciones que los órganos judiciales estatales consideran como crímenes comunes, dadas las reticencias a considerar al femicidio en su especificidad en el plano legal.Como puede advertirse, la violencia contra las mujeres nunca ha sido un asunto "doméstico", como algunas agendas políticas, sociales y periodísticas han dejado entrever durante años. No obstante, es cierto que hay algo de singular en las manifestaciones de violencia de los últimos tiempos.Por un lado, ya no nos resultan lejanas. En nuestro barrio, en nuestros círculos sociales más cercanos, en nuestras familias y ámbitos laborales, los casos de violencia de género se manifiestan en su multiplicidad: desde la violencia simbólica de un chiste sexista o una imagen estereotipada, al acoso callejero, la violencia psicológica, la obstétrica y la sexual, hasta llegar a la patrimonial y económica, y a la violencia física, los golpes y los asesinatos.Por otro lado, esa visibilidad creciente (y hasta hipervisibilidad cuando intervienen los medios de comunicación y redes sociales) nos mantiene inermes frente a varias cuestiones relativas a la violencia contra las mujeres y, por extensión, contra las minorías sexuales. Resulta sugerente, entonces, referir a algunas de ellas. Necesitamos conocer de modo más sistemático y exhaustivo las características de manifestación de la violencia de género y sexual. No son muchos los esfuerzos por tipificar y sistematizar información relativa a casos de violencia. La información resultante de estos esfuerzos es muy significativa en términos de conocer aún más de la temática y sus dinámicas, y pensar en políticas y acciones para intervenir desde lo social, cultural y político en cada contexto. Y no pueden ser esfuerzos aislados. Cualquier interpretación de las "causas" de la violencia contra las mujeres requiere desmontar la compleja articulación de redes de poder que las producen, porque deviene, en última instancia, de la forma interseccional de constitución de las subjetividades de mujeres en tanto sujetos devaluados, inferiorizados e infantilizados dentro del orden social. La situación visibilizada por la convocatoria de hoy nos expone también ante nuestras propias responsabilidades. La violencia de género y sexual es responsabilidad no sólo del Estado, sino de todos y todas. Y los frentes de intervención son amplísimos: la implementación de una educación sexual integral y con perspectiva de género; políticas sociales y económicas activas con compromiso hacia las personas más desfavorecidas; la efectivización de los derechos asociados a la salud sexual y reproductiva; prácticas mediáticas no sexistas, y un accionar judicial y policial responsable y no discrecional, entre otros muchos ejes. La violencia contra las mujeres se debe también a su historia. Y esa historia necesita reparar en el hecho recurrente de que el cuerpo de las mujeres ha sido considerado siempre como campo de apropiación, conquista y guerra. Vivimos tiempos paradójicos. Frente al empoderamiento de muchas mujeres respecto de sus derechos, la creciente incorporación de la temática en las agendas estatales e internacionales y las transformaciones discursivas en el tratamiento de la violencia de género y sexual, se advierten los entresijos a través de los cuales el sistema dominante de género y sexual permea, se resiste y sigue imponiendo sus lógicas.La distancia entre las normativas legales y las buenas intenciones de referentes públicos y la pervivencia de las violencias de género y sexual nos confrontan como sociedad a nuestro propio cinismo político y social. Eso no puede menos que "hacer ruido".
*Docentes del seminario Problemáticas de Género y Feminismos (UCC)

