Ni los unos ni los otros
No fue un dictador más. Es una necedad ponerlo en el mismo estante de Jorge Videla, de Alfredo Stroessner, de Augusto Pinochet o de Anastasio Somoza.
En Miami festejaron la derrota. Quienes cantaron y bailaron en la Calle Ocho no acabaron con Fidel Castro. Se murió de viejo. Y que lo que dejó a Cuba sin Fidel haya sido la vejez y no las cientos de conspiraciones que se urdieron para derribarlo o matarlo fue, precisamente, su última victoria. Al fin de cuentas, murió en la isla que controló durante medio siglo y lo despide el régimen que él creó. Por eso, si bien es comprensible el desprecio que el exilio tiene hacia su figura, el festejo de Miami fue más grotesco que digno.Eso no quiere decir que las colas para pasar ante la urna funeraria y el silencio que recorre la isla como una lágrima deban ser tomados como prueba de que un pueblo entero lo llora. Por cierto, una porción importante siente una auténtica tristeza, pero los muchos que no la sienten deben simularla o, al menos, no demostrar nada que se parezca a la satisfacción o a la indiferencia.Bajo regímenes de partido único que controlan totalmente las sociedades, las manifestaciones de masas no son señas creíbles de la realidad.En el último Primero de Mayo comunista de Checoslovaquia, la plaza Wenceslao estaba colmada por multitudes que agitaban banderas rojas. Poco después, en el mismo corazón de Praga, las masas festejaron fervorosas la caída del comunismo. Una escena repetida en todos los países que, no bien cayó el Muro de Berlín, abandonaron enseguida la economía colectivista y repudiaron a líderes antes venerados.La monumentalidad de los funerales es una especialidad de la casa. Se trata de canonizaciones para que los herederos políticos queden bajo un manto de sacralidad espectral.La iglesia medieval fue la gran creadora de la monumentalidad como instrumento de propaganda. Desde las vestimentas sacerdotales y las ambientaciones con incienso y música de órganos tubulares y canto gregoriano hasta la imponencia de los altares y de la arquitectura eclesiástica intimidaban e intimidan a las personas, haciéndoles sentir la sacralidad que predican.Los totalitarismos del siglo 20 fueron grandes alumnos de aquel lenguaje frente al cual el hombre se arrodilla o se siente marginado de la iluminación divina. También las grandes liturgias de masas son para amalgamar e intimidar. El mito La identificación "patria-nación-líder" es una creación de la propaganda totalitaria. El punto culminante del culto personalista. Y a esa altura de la construcción del totalitarismo, la sociedad es una feligresía en la cual se puede alabar y decir amén en voz alta, pero nadie puede cuestionar ni proclamarse intelectual y políticamente soberano sin ser marginado y sufrir una fuerte descarga de anatemas y denostaciones.En Cuba, el culto personalista estuvo a la vista y creó un líder omnipresente que decía todo el tiempo a todos los cubanos cuál era el bien y cuál el mal. No obstante, la estatura histórica de Fidel Castro le facilitó el trabajo.El mito lo creó también su propia impronta. La del hombre que se rebela contra una tiranía corrupta y miserable a la que enfrenta atacando el cuartel Moncada, regresando del exilio en el Granma, combatiendo en la Sierra Maestra, entrando triunfal en La Habana, resistiendo en Playa Girón y sobreviviendo a cientos de conspiraciones para matarlo o derrocarlo.Sobreviviendo también a la enemistad de un imperio agresivo, al fracaso de su modelo económico y a la desaparición de la Unión Soviética. El mito lo erigió esa historia personal, además de los expertos en propaganda.Fue un dictador porque su régimen no tuvo opositores, sino disidentes que eran marcados y marginados, como también lo fueron las minorías religiosas y los homosexuales. Además tuvo presos políticos, persecución, censura y decenas de miles de cubanos que arriesgaron la vida para huir cruzando el mar.Pero no fue un dictador más. Es una necedad ponerlo en el mismo estante de Jorge Videla, de Alfredo Stroessner, de Augusto Pinochet, de Anastasio Somoza, etcétera.Fidel fue también un líder descomunal. Perteneció a la estirpe de los que dejan en la historia capítulos impactantes, con luces y sombras.No es posible saber si la historia lo absolverá. Pero seguramente mostrará a un personaje más creíble que el que describen los festejos en Miami y el que lloran las multitudes en La Habana.

