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“Negro”, un estigma más allá del color de piel

El “negro” que discrimina siempre está a flor de labios de mucha gente, como sucedió con el episodio del colectivero que denunció a una pasajera. Alejandro Mareco.

27 de enero de 2013 a las 12:01 a. m.
“Negro”, un estigma más allá del color de piel

“Y o no tengo nada en contra de los negros, pero sí en contra de los negros de mierda”. De tantas bocas, en ­tantas situaciones, esta frase echa día a día su granito de aporte a la arena de la incomprensión, la intolerancia y el desencuentro social argentinos.

Aunque pretenda ocultar su significado es transparente: primero advierte que no hay un prejuicio racista, que el problema con este tipo de gente no es el color de la piel.

Claro, es difícil concebir que en un país como el nuestro, donde la inmensa mayoría de los habitantes es el resultado de una reunión de contribuciones genéticas múltiples, se puedan enarbolar actitudes de discriminación racial, aunque de todos modos existen, y en varios sentidos.

La frase no está libre del pecado de discriminación, sino más bien lo contrario, aunque en este caso es sobre todo social.

Con “negros de mierda” se pretende señalar e identificar a cierto tipo de gente portadora de características censurables en su personalidad como el resentimiento, la irreverencia descomedida, la mala educación, el mal gusto, los bajos instintos, la procacidad, el irrespeto, lo chabacano, la agresión, la violencia, la ingratitud, el vicio...

Se considera, en la expresión, que estos defectos tarde o temprano se hacen presentes, a pesar de las buenas intenciones que se pongan en la atención y de las recompensas que se prodiguen.

En el fondo, es una manera de sentenciar, de decir que no tienen escapatoria, que aquellos nacidos y criados bajo ese estigma, esto es al desamparo de la cultura y las leyes de la marginalidad social argentina (bajo el rigor de la pobreza y la falta de oportunidades iguales a los demás, padeciendo condiciones adversas que van desde la insuficiente alimentación hasta el acceso a una educación apenas precaria), podrán tener algunas virtudes pero siempre la oscuridad de los vicios terminará por opacar el brillo.

Claro que es un albur romper con ese estigma y procurarse otro destino: sólo individualidades iluminadas pueden intentar asomarse. Y si lo hacen de modo colectivo son señalados como “la chusma” o “los cabecitas negras”, como ha ocurrido en la historia argentina.

La identificación de esta marca social con un determinado color de piel no es ni nueva ni casual.

Acaso este tono oscuro de hoy no es otro que la herencia de aquel cobrizo original americano que desde hace siglos pinta aquí el cuero de los sojuzgados, mezclado con el oscuro africano que aportaron decenas de miles de negros que, como esclavos, alguna vez fueron una inmensa legión en poblaciones como la de Buenos Aires y Córdoba, y que luego, liberados, dejaron su sangre en las guerras de la independencia y otras, intestinas, hasta terminar diluyéndose definitivamente en la mixtura con sus pares, los otros desheredados de estas ubérrimas latitudes.

El “negro” que discrimina siempre esta a flor de labios de mucha gente, como acaso sucedió con el fresco episodio del colectivero que denunció a una pasajera.

Y tanto señalar, tanto condenar, hace que los apuntados se asuman en la condición que les denostan, y terminen haciendo una bandera de identidad social, y sobre todo, de desafío frente a la sociedad que los apunta.

Es esta historia de identificar a los “negros” como el hondo bajo fondo de una realidad social, una de las peores manifestaciones de una parte de la sociedad que se niega a sentirse parte del todo y a asumir sus responsabilidades en el desastre humano que representa la exclusión.