Mi reino por un caballo
No parece casual que, en honor a esa cualidad de mezclar realidad y ficción hasta hacerlas indistinguibles, propia de la buena literatura, William Shakespeare sea el escritor emblemático de Inglaterra y Miguel de Cervantes Saavedra, el de España. Ángel Stival.
No parece casual que, en honor a esa cualidad de mezclar realidad y ficción hasta hacerlas indistinguibles, propia de la buena literatura, William Shakespeare sea el escritor emblemático de Inglaterra y Miguel de Cervantes Saavedra, el de España. Mientras el Quijote pasea su hidalga figura por las llanuras de La Mancha, tras incruentas y desvariadas aventuras, los dramas de Shakespeare –en particular, Hamlet y Ricardo III – retratan una Inglaterra sangrienta, sórdida, gobernada por una nobleza manchada de sangre y traiciones. La época que describe el Cisne de Avon no es un lecho de rosas. Al contrario, la romántica flor, propiciadora de amores y reconciliaciones, fue utilizada para designar una guerra fratricida y prolongada, la de las Dos Rosas, la roja de Lancaster y la blanca de York, entre 1455 y 1485.En ese mundo, el rey no es un soberano absoluto e indisputado, sino un primus inter pares que debe revalidar títulos en forma permanente ante otros nobles dispuestos a todo para demostrar su ilegitimidad. He ahí la razón de su crueldad. A todo quiere decir a todo, y Shakespeare lo encarna en un Ricardo III monstruoso que acaba sus días clavado en la espada de su rival Richmond, mientras clama: "Mi reino por un caballo", con la desesperación propia de quien se queda de a pie en un campo de batalla del siglo XV. Puede que los crímenes horrendos de Ricardo III y hasta su figura, la de un asesino vil, deforme, ambicioso y corrupto, sean más fruto de la imaginación que de la realidad. Eso importa mucho menos que su valor como retrato de una época y de un modo de ser. Con la sangre aún fresca en su espada, Richmond cierra la historia con palabras de resonancias conocidas en la actualidad: "No goce su futuro poderío quien herir con traiciones amenace el bien de la nación. Cesó el impío desconcierto civil, la paz renace. ¡Qué prospere! Decid amén, Dios mío".Tampoco importa demasiado que Estados Unidos haya matado o no a Osama bin Laden y en qué circunstancias. Lo que estremece es el aire de cowboy que sopla el caño aún humeante de su Smith and Wesson con que el presidente Barack Obama anuncia que se ha hecho justicia. Algunas de sus frases, lisa y llanamente, meten miedo. "Lo que se tiene esta noche es un testimonio de la grandeza de nuestro país". "Nuestra seguridad no está completa. Estados Unidos puede hacer lo que quiera". "Recordemos que podemos hacer estas cosas no sólo por poder sino porque somos una nación bajo un Dios indivisible, donde hay justicia para todos".

