Mentiras lastimadas
Lo que estremece a los poderosos es que, a través de WikiLeaks, salió a la luz tanto de lo que se oculta y la trama que se teje en la oscuridad, a espaldas de la gente, de los pueblos. Alejandro Mareco.
Desde una ventana de la Embajada ecuatoriana en Londres, Julian Assange nombró, uno a uno, a los países latinoamericanos que habían apoyado la decisión de Ecuador de concederle asilo político. Sucedió hace ya varios días, pero las sensaciones siguen frescas: no deja de ser extraño y a la vez conmovedor que sea un país sudamericano el que proteja a un ciudadano australiano de la sed de venganza de Estados Unidos –y sus acólitos del Primer Mundo– que se siente violado en lo más profundo de su intimidad conspirativa y de su recurrencia al abuso de fuerza. Suecia, el país donde se produjo el supuesto crimen sexual de Assange (tuvo relaciones sin profiláctico y su pareja ocasional denuncia que ello no fue un hecho consentido), garantiza que no permitirá una extradición si lo que está en juego es la pena de muerte, aunque en este caso los norteamericanos disfrutarán igual por verlo pasar décadas a la sombra. Bien sabe de esto el soldado del ejército estadounidense Bradley E. Manning, quien desde hace dos años padece una rigurosa prisión que tiene aroma a revancha. Está acusado de ser quien filtró a WikiLeaks, sitio creado por Assange, un video en el que se ve cómo desde un helicóptero estadounidense se ejecutó en Irak a un grupo de civiles en el que estaban incluidos dos periodistas iraquíes de la agencia Reuters, y de otros cargos entre los que se menciona “ayudar al enemigo”, lo que podría costarle la pena de muerte una vez que se haga el juicio. Por lo pronto, el peor pecado de Manning es haber ayudado a mostrar al mundo la brutalidad y los excesos de su país a la hora de guerrear, lo que lastima la vieja y falsa imagen de combatiente bueno que siempre han tratado de dorar. Es decir, lo que lastima a la mentira. Ese es el caso de Assange. No se conoce demasiado sobre él ni sobre sus intenciones originales al crear WikiLeaks. De todos modos, lo que estremece a los poderosos es que a través de esos cables salió a la luz tanto de lo que se oculta y la trama que se teje en la oscuridad, a espaldas de la gente, de los pueblos. Y toda esa hiperactividad en las sombras tiene como escenario las embajadas de Estados Unidos en el mundo. Por esos cables, supimos de varios nombres de argentinos que se presentan en la Embajada a contar su versión del país y que, incluso, hasta le piden ayuda para torcer el rumbo político. El Reino Unido amenazó con violar el estatus diplomático de la Embajada de Ecuador y semejante presión, que no hace más que retratar la perdida flema inglesa (que no la perdieron cuando protegieron al general chileno Augusto Pinochet), fue rechazada por la Organización de Estados Americanos, en una resolución suscripta por sus 34 miembros, incluidos Estados Unidos y Canadá, aunque estos lo hicieron con reparos. El ejemplo sirve para entender el valor de actuar en bloque. Sudamérica, América latina, puede obtener respeto y aun imponer criterios. No importa si sus gobiernos son de izquierda, centro o derecha, como bien parecen haberlo comprendido los presidentes de Chile y Colombia, Sebastián Piñera y Juan Manuel Santos. Es de esperar que, si el gobierno argentino cambia de manos, también se entienda el valor de la integración regional. Pero nunca se sabe; es que, por ejemplo, mucha de la crítica al venezolano Hugo Chávez o a la supuesta “chavización” del actual Gobierno argentino, más allá de razones y opiniones, a veces parece ocultar un viejo sentimiento de desprecio por lo latinoamericano.

