Matrimonio, una cuestión de familia
La conciencia de la familia, permanece allá en lo hondo del ser, como una vertiente purificadora. Eduardo R. Córdoba.
Históricamente, el vocablo "matrimonio" se refería a la calidad de madre, que la mujer adquiere mediante la unión matrimonial. Es imprescindible, a nuestros fines, destacar que así fue entendido en el antiguo Derecho Romano, muchos siglos antes de que el cristianismo lo consagrara como sacramento. Así, su raíz ( matrimonium ) implicaba el derecho de la mujer a que sus hijos sean reconocidos como tales en el ámbito de la legalidad. La ley, acogía en su seno lo que deviene de la naturaleza humana, del sentido común y la razón.
La formación del vínculo primordial es para John Bowlby -clínico y psicoanalista - una condición innata, que se transmite genéticamente, e indispensable para la conservación de la especie humana.
Al proponer una teoría del desarrollo social humano, este científico ha efectuado un imponderable aporte, que implica una satisfactoria vinculación entre la "ontogenia" (el desarrollo personal) y la "filogenia" (el desarrollo de la especie); constituyendo la ontogenia una recapitulación de la filogenia.
Si indagamos en otros campos del saber científico y recalamos en Carl Gustav Jung, nos encontramos con asertos sorprendentes. Recordemos que Jung reconocía dos tipos de inconscientes: el personal (Sigmund Freud: las vivencias del individuo desde su nacimiento), y el inconsciente colectivo (las comunes a toda la especie humana), y que se remontan a nuestros antepasados más arcaicos. Éstos serían transmitidos genéticamente, a los cuales Jung denominó "arquetipos". Ellos son considerados como las imágenes inconscientes de los instintos y matrices de la conducta humana.
Para Jung, los arquetipos masculino y femenino no dependen de las influencias culturales. Son tan básicos como el Yin y el Yan del Taoísmo. Aquí, no hay superioridad, sino íntima relación y complementación.
Atracción de los sexos. Este elemental esbozo nos permite considerar altamente probable que la criatura humana nazca programada en su genotipo para desarrollarse por la atracción y unión de los sexos, constituyéndose las parejas, fuentes de la paternidad y maternidad, moldes donde se ha vaciado la especie humana formando la familia, corazón de la sociedad.
Las varias veces milenaria sabiduría de la evolución social y humana nos exige un elemental respeto por todo ello.
La diferenciación sexual es el primer paso en el proceso de recíproca personalización. Es una toma de conciencia de una diferencia relacional natural con el otro, que sitúa a cada uno sexuadamente en el mundo. Es ser, conocer y reconocerse mutuamente como "plenamente sí mismo", y descubrir más allá de la unión de los sexos y de su estructura psicológica, la carga amorosa del sentido de la vida, en un proyecto común.
Pichón Riviere define a la familia "como una estructura social básica, que se configura por el intercambio de roles diferenciados (padre, madre e hijos), constituyendo el modelo natural de interacción social". Debemos entender esto en su sentido más genuino, que "no es padre el que engendra, sino el que educa". Así, la familia es la primera institución en mantener encendida siempre la llama de la verdadera vida.
Tal es el vértigo que vive la humanidad, que apenas pasados 50 años parece haber sepultado otro principio del mismo rango, consagrado por Naciones Unidas: "El niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión. Siempre que sea posible deberá crecer bajo el amparo y la responsabilidad de los padres".
Estamos en presencia de una crisis, como pocas. José Ferrater Mora nos dice que "por lo común, la crisis humana individual y la crisis histórica, son crisis de creencias y, por lo tanto, el ingreso a una fase crítica equivale a la penetración en un ámbito en el cual reinan la desorientación, la desconfianza y hasta la desesperación". Advertimos muchos de estos rasgos en la sociedad contemporánea.
Para una gran legión de filósofos y juristas, el problema de la fundamentación de un sistema jurídico y sus derechos oscila pendularmente entre dos extremos: o bien se entiende la totalidad del orden jurídico, como resultante de la pertenencia a la especie homo sapiens (el hombre que sabe) o bien son reivindicaciones que nos concedemos recíprocamente, conforme a los intereses del poder, de cual emanaría la suerte siempre cambiante y oscilante de derechos y obligaciones.
Hace ya tiempo, se ha comenzado a separar la familia -sometida a un individualismo y liberalidad exacerbante- del plexo jurídico y político, reduciendo sus límites una mera sociedad privada.
Así como el movimiento de la civilización va de la familia a la sociedad, dice Luigi Sturzo, así los movimientos degenerativos van de la familia a la sociedad. Pero, recordemos, que cualesquieras sean las oscilaciones que pretendan alterarla, la conciencia de la familia, que es la primera a la que despierta el hombre, permanece allá en lo hondo del ser, como una vertiente purificadora.

