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Manda ella

Dilma Rousseff era un misterio, incluso para muchos de quienes la votaron como presidenta de Brasil hace un año. Soledad Gallego Díaz.

23 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Soledad Gallego Díaz (El País, de Madrid)
Manda ella

Dilma Rousseff era un misterio, incluso para muchos de quienes la votaron como presidenta de Brasil hace un año. La mayoría pensaba que era una creación de su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, y que su imagen, poco sentimental y nada sonriente, ocultaba a una simple gestora, que tendría que pedir ayuda para mantenerse en el poder. Han pasado sólo 10 meses desde que tomó posesión y Dilma ha conseguido algo que parecía imposible: sin cambiar su estilo, serio y nada complaciente, disfruta de un 71 por ciento de popularidad y nadie, ni dentro ni fuera, tiene la menor duda sobre quién manda en Brasil.La presidenta no ha dulcificado su imagen ni su manera de trabajar, frente a quienes le advertían que la sociedad brasileña valoraba sobre todo el carisma y la proximidad de sus líderes. Dilma sigue teniendo fama de genio fuerte, de exigir un trabajo extenuante a sus colaboradores, de callarles con una mirada y de gustarle poco las fotos en familia. Sin embargo, la biografía de Dilma Rousseff, que cumplirá 64 años en diciembre, siempre ofrece sorpresas. Por ejemplo, se ha llevado a su madre, la "verdadera Dilma", como se llama a sí misma, una mujer de 86 años, y a la hermana de su madre, la tía Arilda, de otros tantos, a vivir con ella en la residencia oficial de Planalto, como haría cualquiera de los millones de mujeres que se hacen cargo de sus parientes mayores, tengan o no hermanos, y tengan o no mucho trabajo.La presidenta brasileña llega habitualmente a su despacho a las 9.15 y se va pasadas las 9 de la noche, pero los fines de semana, siempre que puede, se va a Porto Alegre, a ver a su única hija, Paula, y a su único nieto. Gabriel, un simpático rubito de 10 meses, apareció junto a su abuela el pasado 7 de septiembre, durante el desfile del Día de la Independencia, que ella presidía por primera vez. En muchas ocasiones, Dilma coincide en Porto Alegre con el padre de Paula, su segundo marido, el gran amor de su vida, al que puso en la calle el día que descubrió que estaba esperando un hijo con otra mujer, pero con el que, con el paso de los años, ha vuelto a reanudar una buena amistad.Algunas de las personas que asistieron al mismo desfile del Día de la Independencia profirieron gritos contra la corrupción y, en pequeños grupos, se lanzaron a lavar, con agua y jabón, las entradas de los cercanos ministerios. Pero los gritos no iban contra Dilma Rousseff, sino que eran, por el contrario, manifestaciones de aliento para la presidenta. Uno de los elementos que comienza a caracterizar el mandato de Dilma Rousseff es, precisamente, la lucha contra la corrupción a altos niveles. En menos de 10 meses, cuatro ministros de su Gobierno, implicados en casos de corrupción, tuvieron que dejar sus cargos. "La presidenta no hace nada para proteger a los acusados, como podía pasar antes. Los deja caer sin pestañear", asegura un diplomático brasileño, que no oculta su admiración. Batallas y más batallas. Dejar caer al ministro Palocci, un gran amigo de Lula, que la había acompañado durante toda la campaña, fue complicado. Pero todavía más lo es sustituirlo por alguien poco conocido, una mujer, la senadora Gleisi Hoffmann, de 48 años, con fama de ser tan dura y seria como la presidenta. Tampoco fue fácil enseñarle la puerta de salida a ministros que pertenecen a otros partidos, que forman parte de la coalición de gobierno y que son imprescindibles para la buena marcha de la legislatura. En esos otros casos, Dilma no tuvo más remedio que dejar en manos de los propios partidos los nombres de los sucesores. La gran pregunta que se formulan muchos brasileños es si la presidenta seguirá adelante con esa limpieza. Ella explicó en una ocasión el sentido de esa lucha, que no es solo ético, sino también pragmático: "Ningún país ha alcanzado un elevado nivel de desarrollo sin reformar el servicio público", insistió recientemente. En Brasil, esa reforma pasa necesariamente por bajar los niveles de corrupción, y la gran mayoría apoya los pasos que va dando en ese camino, entre ellos la batalla que acaba de lanzar contra los supersalarios de políticos y altos funcionarios, que pueden superar los 150 mil pesos mensuales, en un país donde un salario normal ronda los 1.800 pesos. En esta línea, se puede inscribir su resistencia total a cualquier proyecto que pretenda reglamentar desde el poder el control de los medios de comunicación. En el cuarto congreso de su partido, el PT, el pasado septiembre, hubo serios intentos de promover una ley "para la reglamentación social de los medios", inspirada en otras leyes que han ido surgiendo en los últimos tiempos en la  Argentina y en otros países latinoamericanos. "No conozco otro control de los medios que el control remoto de la televisión", zanjó la presidenta. Igual y distinta. Si bien es cierto que Dilma no ha cambiado de carácter según subía los peldaños del poder, también lo es que su aspecto físico ha sufrido una notable transformación, sobre todo a raíz de padecer un cáncer linfático, felizmente superado. Las fotos demuestran que la presidenta brasileña lleva un corte de pelo mucho más moderno del que lucía hace unos pocos años; que ha corregido su fuerte miopía para suprimir las grandes gafas de su juventud, y que, como muchas compatriotas, ha recurrido a la cirugía estética para eliminar arrugas y ojeras. Tomó posesión vestida de blanco y ahora frecuenta trajes de chaqueta de corte formal, pero de vivos colores. "No es fácil ser la primera mujer en dirigir tu país. No es fácil gobernar un país emergente; más difícil todavía si es un país tan enorme y globalmente relevante como Brasil. Brasil está viviendo un momento único, una gran oportunidad, que requiere un líder con experiencia sólida y firmes ideas. Dilma ofrece precisamente esa virtuosa combinación. Y además es una mujer valiente, que se enfrentó a una dictadura militar y que dedicó su vida a construir una alternativa democrática", comenta Michelle Bachelet, otra mujer que fue presidenta de su país, Chile. La biografía de Dilma Rousseff incluye en su juventud una etapa como miembro de un grupo armado, lo que la llevó a ser detenida y torturada y a permanecer más de dos años en la cárcel. Curiosamente, son los dos únicos presidentes latinoamericanos en ejercicio que han pasado por una experiencia semejante, Dilma Rousseff y el uruguayo José Mujica, ex dirigente de los tupamaros, quienes mejor aceptan que los movimientos armados latinoamericanos cometieron graves errores, reivindicando, al mismo tiempo, a aquellos de sus compañeros que perdieron la vida en los años de plomo. Independiente. La independencia de Rousseff es uno de los rasgos que más apoyo está logrando, incluso en algunos sectores de la oposición, bastante descompuesta tras el fracaso de José Serra como candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). La presidenta ha hecho públicamente algunos gestos de reconocimiento del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, que ahora no oculta su interés por su trabajo. Dilma ha propiciado un mayor acercamiento en las siempre problemáticas relaciones con Estados Unidos, cambió la política respecto de Irán, aceptó un recorte presupuestario de 50 mil millones de dólares nada más tomar posesión y paró el contrato del siglo para la renovación de la fuerza aérea, un proyecto muy cercano a Lula. Todo ello sin que se resquebraje su extraordinaria relación personal con su mentor, que está cumpliendo lo que prometió y desarrolla una intensa actividad internacional, lejos de los asuntos internos.Quienes la rodean, afirman que es consciente de su enorme poder como presidenta de la República y que no tiene grandes problemas para ejercerlo. Defiende la intervención del Estado en la economía y la continuidad de los planes sociales para lograr arrancar de la miseria a los millones de brasileños que todavía no han conseguido saltar a la pequeña clase media.La demostración de ese poder tendrá su hora de la verdad cuando haya que fiscalizar el desarrollo de las enormes obras que se llevan a cabo para el Mundial de fútbol de 2014 y para los Juegos Olímpicos de 2016, que se celebrarán, por primera vez en la historia, en Río de Janeiro. Para entonces deberá haber revalidado su mandato en unas nuevas elecciones. Si todo sigue como ahora, nadie dudará de quién será la candidata.