Malvinas y el viento de la historia
¿Cuántas veces, cada uno de nosotros, ha podido volver a ver las cosas según la luz del sol que caía en 1982? Alejandro Mareco.
En menos de 10 días, el almanaque argentino ha reunido dos feriados que evocan hechos aún contemporáneos: el 24 de marzo y el 2 de abril. Es decir, ha sido tan intensa y dramática nuestra historia reciente, ésa que hemos vivido generaciones todavía presentes, que deja marcas en rojo en el calendario que hasta aquí sólo cabían a la recordación de momentos y figuras fundacionales. Ayer fue el Día de los Veteranos y Caídos en la Guerra de Malvinas. En todos estos abriles que pasaron, ¿cuántas veces cada uno de nosotros ha podido volver a ver las cosas según la luz del sol que caía en 1982? ¿Cuántas veces hemos querido volver a verlas?Eran extraños días de una extraña guerra en un extraño país. El fuego estaba lejos, sí, en los helados mares del fin del mundo, en unas islas que en la tibieza de las aulas de la infancia tantas veces habíamos pintado de celeste y blanco, pero allá había argentinos matando y muriendo, y aquí, corazones latiendo conmovidos.Fue un puñado de semanas de lo más intensas de vivir que nos deparó la historia argentina. ¿Éramos un pueblo en guerra o vivíamos en un país en guerra?Era el país de una dictadura indecible que, de un día para otro, después de haber asesinado y torturado en nombre de los valores occidentales, había quedado al frente de una inesperada circunstancia en la que nos estábamos metiendo balazos con el supremo poder de Occidente: Inglaterra y Estados Unidos. Habíamos pasado, lisa y llanamente, de la alineación al fuego. Pero más allá de las extrañas razones que inspiraron la guerra, de las intenciones de perpetuidad de la dictadura y de una manera de esperar hacia adelante de su agonía, la guerra echaba alguna luz sobre nuestro lugar en el mundo. Y el día que nos rendimos, perdimos mucho más que las islas. La dictadura comenzó a batirse en retirada, sí, pero algo en la esencia del pueblo quedó de rodillas, aun cuando la democracia trajo vientos de primavera. No sólo quedó lastimado el amor propio, sino que el aluvión de revelaciones y la desmalvinización que siguió (muchos estaban interesados en volver a acomodar al país al lado de quienes acabábamos de combatir en la batalla) hicieron que un manto de vergüenza oscureciera la legitimidad de los intensos sentimientos vividos. Mientras tanto, atrapados en esa telaraña histórica, quedaron los combatientes. ¿De qué madera están hechos los héroes? Aquí, en esta tierra, no se tiene nada más supremo que ofrendar que la vida, y la Historia puso a nuestros combatientes a jugarse la vida por un sentimiento nacional, colectivo, argentino, más allá de los juicios que se hagan sobre la oportunidad de los hechos o, acaso, sobre la claridad política e histórica de quienes los decidieron.Las cosas fueron así, y ellos les pusieron el pecho. Reconocerlos siempre es una manera de seguir peleando, ya sin armas. No sólo por las islas que sabemos y sentimos parte inseparable de nuestras entrañas territoriales y frente a la prepotencia de la fuerza y la visceral injusticia que implica su ocupación inglesa, sino también por un país que sea capaz de darse justicia a sí mismo para luego reclamarla al mundo, por una sociedad que ampara y abriga a sus hijos, que sabe expresar gratitud y asomar la cara al sol sin importar cómo soplan los vientos de la Historia.

