Madrid y San Sebastián, un enigma español
Es en este multifacético escenario del “gran centro” que deben interpretarse las recientes elecciones municipales y regionales de Italia y España. Julio César Moreno.
Mientras la izquierda sube en Italia y Alemania, la derecha avanza en España. Y se cumple una ley de hierro: en épocas de graves crisis económico-sociales los partidos que están al frente del gobierno pierden y los opositores, ganan. En todas partes, la abstención electoral sigue siendo muy alta, aumentan los votos en blanco y nulos, y surgen o se afirman nuevos partidos, como los verdes y La Linke (la izquierda) en Alemania; retornan con ímpetu los antiguos nacionalismos regionales (como en Cataluña y el País Vasco) y se abren paso movimientos juveniles espontáneos que hacen recordar al Mayo Francés de 1968, como el de "los indignados" que inundaron las plazas españolas las últimas semanas. Y esto ocurre sin que se advierta un choque de modelos o proyectos de sociedad antagónicos, como ocurría hasta la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991).La democracia pluralista y republicana, con todas sus imperfecciones y desventuras, se va afirmando, como lo demuestran las recientes revoluciones democráticas árabes, que desmienten de manera rotunda la hipótesis de que todo el Islam era fundamentalista y autoritario. También la vieja idea de que la democracia estaba asociada en forma indisoluble al capitalismo se ha resquebrajado. La crisis financiera que sacude al mundo desde 2007 ha planteado con mucha fuerza la necesidad de establecer un nuevo equilibrio entre Estado y mercado; es decir, un modelo de sociedad en el que el Estado pueda controlar los desequilibrios, sin caer en los excesos del viejo estatismo. El "gran centro". En este punto, hay un consenso generalizado entre casi todos los partidos. Y es en este multifacético escenario del "gran centro" que deben interpretarse las recientes elecciones municipales y regionales de Italia y España. La derrota de los socialistas españoles y la victoria del Partido Popular era un resultado previsible. La incógnita era la diferencia entre ambas formaciones, una de centroizquierda y otra de derecha, y los resultados, en cifras redondas, fueron muy claros: 8,5 millones de votos para la derecha (37 por ciento) y 6,5 millones para los socialistas (27 por ciento); o sea, 10 puntos porcentuales de ventaja para la derecha. Pero Izquierda Unida, el tercer partido de España, subió en votos y en el porcentaje, rozando el millón y medio de sufragios, casi siete por ciento del total. Si se suman los votos del Psoe e Izquierda Unida, que en algunas regiones y municipios gobiernan juntos, se llega a la conclusión de que hay una suerte de paridad entre la derecha posfranquista, travestida en neoliberalismo, y una izquierda dispersa que reconoce sus antecedentes en el Frente Popular de la década de 1930.Pero hay cifras que quizá sean más importantes. En las recientes elecciones españolas hubo una abstención de casi un tercio del electorado –unos 11 millones de ciudadanos que no fueron a votar– y entre quienes sí lo hicieron hubo casi otro millón de sufragios entre votos en blanco y nulos.La gran sorpresa no fue el previsible avance de la derecha y el retroceso del socialismo, sino la victoria del nacionalismo catalán (Convergencia y Unión) en Barcelona y otros municipios de la región y, sobre todo, la gran e inesperada victoria de la rama política de la ETA –un desconocido partido llamado Bildu– en la región vascongada y en San Sebastián, una de las ciudades más ricas y refinadas de Europa. Una sorpresa y algo para pensar.

