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Los topos

El autocontrol le había ayudado a Cortés a ver la vida pasar sin él desde la ventana de una habitación durante casi dos décadas. La ventana y la radio fueron sus muletas. Tereixa Constenla.

09 de enero de 2011 a las 12:01 a. m.
Tereixa Constenla (El País, de Madrid)
Los topos

Manu Leguineche y Jesús Torbado escarbaron durante siete años en la posguerra española para desenterrar fantasmas. Afloraban en cualquier esquina. Conocidos de conocidos los ponían sobre la pista y ellos los buscaban. Los fantasmas contaban historias sobre la ilimitada capacidad de resistencia humana. Los fantasmas eran hombres atemorizados que se habían encerrado en vida para evitar las represalias de los ganadores de la guerra. Torbado y Leguineche tomaron el nombre que se les daba popularmente, "topos", y contaron sus vivencias en un libro con igual título, Los topos , que se convirtió en un éxito de ventas en 1977, tras la muerte de Franco, y que es reeditado ahora por la editorial Capitán Swing. Lo que cuenta es cómo hombres de todo tipo y ocupación se habían escondido en lugares inverosímiles durante años, algunos durante décadas. Leguineche y Torbado entrevistaron a alcaldes, abogados y milicianos. Una amnistía, en 1969, favoreció la catarata de liberaciones. Tranquilizados jurídicamente, se presentaban aún con miedo en el cuerpo en los cuarteles de la Guardia Civil para informar que seguían vivos tras pasar por muertos durante décadas. Protasio Montalvo se extralimitó y permaneció oculto tras la muerte del dictador. Fue el último topo en salir, en 1977. Cuentan Leguineche y Torbado que prolongó la reclusión condicionado por su hijo, que fantaseaba con organizarle una bienvenida con Felipe González y que pedía dinero por las entrevistas de su padre. Un anticipo del comercio que se impondría en el futuro. "Si llega a ser ahora, se llenan de oro", ironiza Torbado. Montalvo había sido alcalde republicano de Cercedilla, una encrucijada entre frentes que sufrió asesinatos masivos. El alcalde topo asegura que él trató de evitarlos, pero su salida a la luz fue recibida con pintadas en el pueblo que lo llamaban asesino. Su escondite fue cómodo: la casa de la familia. Él se ocupaba de cocinar, limpiar y cuidar a sus hijos, mientras su mujer salía a vender chucherías a los turistas.A otros les fue mal de verdad. Tuvieron que esconderse en desvanes, hoyos, sótanos, despensas, pocilgas. Manuel Cortés, alcalde socialista de Mijas en 1936, pasó 18 años sin salir de su cuarto. Su experiencia, relatada por Ronald Fraser en el libro Escondido , en 1972, impresionó al dramaturgo Arthur Miller, que escribió en The New York Times : "En la montaña de libros sobre la guerra no puede haber otro tan breve pero tan completo, tan desnudo pero tan sutil, tan conmovedoramente humano como este". El libro se reedita este año en Gran Bretaña.El autocontrol le había ayudado a Cortés a ver la vida pasar sin él desde la ventana de una habitación durante casi dos décadas. La ventana y la radio fueron sus muletas. Cortés afianzó su fe socialista y anotó cada acontecimiento biográfico de sus vecinos. Cuando salió, con 64 años, estaba al tanto de casamientos, bautismos y funerales. "La fuerza humana es increíble; nadie está seguro de eso hasta que lo siente. Nadie sabe de lo que somos capaces los humanos, nadie lo sabe", les decía a los periodistas Saturnino de Lucas, un segoviano que pasó 34 años sin dar un paso ni ponerse en pie. El habitáculo que ocupó ese tiempo, acondicionado debajo del techo de una casucha, medía 63 centímetros en su parte más alta, dos metros de ancho y cuatro de largo. Emparedado, agredido por temperaturas que le sacudían de los 45 grados del verano a los 25 bajo cero del invierno, Saturnino de Lucas sobrevivió leyendo periódicos, escribiendo miles de páginas en una máquina York, escuchando la radio y sugestionándose. "Ahí vivía yo como si estuviera invernando".