Los templos y la noche
Este miércoles 22 de diciembre, entre las 20 y las 23, un enorme número de templos cordobeses abrirán sus puertas para que quienes así lo deseen se introduzcan en esos sacros espacios y compartan algunos de sus tesoros y sus laberintos.
En tiempos de solsticio, es decir de los días más largos del año, nos animamos -de corajudos nomás- a otear la noche.
Sí, nos aventuramos a pararnos específicamente sobre una de ellas para dar rienda suelta a lo sagrado.
Mañana, miércoles 22 de diciembre, entre las 20 y las 23, un enorme número de templos cordobeses abrirán sus puertas para que quienes así lo deseen se introduzcan en esos sacros espacios y compartan algunos de sus tesoros y sus laberintos, de sus usos y costumbres, de sus textos y plegarias, de sus historias y cánticos.
Esta “Noche de los Templos”, una experiencia promovida desde la Municipalidad de Córdoba y desde y el Comipaz, se suma a otras experiencias previas que lamentablemente la pandemia vino a postergar.
Trece años ininterrumpidos hasta 2020 habían transcurrido desde que iniciáramos en 2007 las visitas de los alumnos de cuarto año de colegios de toda la provincia a nuestros templos.
Ya habían pasado por este proyecto realizado en conjunto con el Ministerio de Educación más de 50 mil jóvenes, y todos ellos palparon desde las entrañas la arrebatadora belleza de la convivencia interreligiosa que se da en Córdoba.
Otros cinco años de un proyecto similar con los turistas, en compañía de la secretaría de turismo municipal, fueron también las bases para apostar por esta nueva idea que, deseamos, con el tiempo se constituya en un nuevo ritual de la semana previa a la Navidad.
Tal vez desde la metáfora de lo nocturno se pueda comprender en profundidad algo que a veces tanta luz oculta.
Aquellos judíos que acostumbramos rezar por las mañanas lo primero que hacemos es agradecer a Dios por una nueva jornada. Y lo decimos reconociendo que es el Creador el que le da entendimiento al gallo para diferenciar entre el día y la noche.
A simple vista, parece poca cosa. Pero no lo es. Es que el gallo no canta al clarear el día. Lo hace en el momento exacto en el que concluye la noche, como si supiera -en plena penumbra- de la luz que vendrá. Como si pudiera palpar algo de la maravilla de entender que en el núcleo de lo nocturno todo lo diurno está engarzado… ¡Nos vemos en la noche!
* Rabino, miembro del Comipaz

