Los riesgos del optimismo
En 2010 y 2011, se subestimaron fuertemente los gastos. Luciana Díaz Frers.
En materia presupuestaria, el exceso de optimismo puede salir muy caro. Para lograr el equilibrio fiscal en 2013, el esfuerzo que habrá que hacer es más grande de lo que puede llevarnos a pensar el proyecto nacional de ley de Presupuesto. Ya en 2009, se sobreestimaron los ingresos de la administración nacional. La crisis financiera internacional repercutió de manera negativa sobre el ciclo económico argentino, pese a que parecía que podíamos "vivir con lo nuestro". Y, como siempre, apenas se resfrió la economía, se desmoronó aún más la recaudación.En 2010 y 2011, se subestimaron fuertemente los gastos. En ambos años, de alto crecimiento, los gastos de la Administración nacional aumentaron más de un 33 por ciento interanual y superaron con amplitud cualquier índice de inflación. Los gastos también superaron, así, un 17 y un 18 por ciento, en cada año, lo aprobado por el Congreso de la Nación. La diferencia fue incluida en el Presupuesto, mediante decretos y resoluciones que esquivaron la venia del Parlamento. Esta política fiscal expansiva fue muy procíclica; es decir, empujó el crecimiento al límite y también la inflación. Y de ahí, surge que, con un dólar quieto, la economía argentina ya no sea tan competitiva.Eso genera una expectativa de devaluación que alimenta la fuga de dólares. Dicho en menos palabras, los desajustes fiscales van provocando otros desajustes en el resto de la economía.Para 2012, es posible que no se recaude lo que se planeaba en el Presupuesto 2012. Para lograr ese pronóstico, durante la segunda mitad del año, habría que recaudar un 15 por ciento más que en la primera mitad, algo difícil de lograr dada la estacionalidad de la recaudación (por ejemplo, con el pico de Ganancias en mayo) y a pesar de una esperada recuperación en el nivel de actividad.En definitiva, para 2013 el panorama fiscal es más sombrío de lo que el Presupuesto nos lleva a pensar. De forma implícita, se espera un aumento en los ingresos del 24 por ciento, una magnitud similar a la de 2011 (y con una base inicial en 2012, también difícil de alcanzar).Sin embargo, no es lo mismo una tasa de crecimiento del producto interno bruto (PIB) del 8,9 por ciento, como la que se dio en 2011, que la tasa esperada de 4,4 por ciento para 2013, en especial para la recaudación, que suele tener movimientos más exagerados que el PIB.Y del lado del gasto, habrá que ver qué pasa. En un año de elecciones legislativas, la pregunta relevante es qué cuidará más el Gobierno: ¿el resultado fiscal o el resultado electoral?El gran problema es, eventualmente, el resultado fiscal acumulado, que de manera sistemática viene siendo negativo y peor que el pronosticado.Para controlar la inflación y moderar su impacto negativo sobre el poder adquisitivo de los salarios y la competitividad del país, para continuar con la sana política de desendeudamiento en la que nos habíamos embarcado y para asegurar que podamos sostener el crecimiento en el largo plazo, el equilibrio fiscal es indispensable. Es ahí donde hay que poner énfasis en la discusión presupuestaria.Otro tema relevante del presupuesto es la información sobre la asignación geográfica del gasto. Las planillas que más interés despiertan suelen ser las que muestran cuánto promete gastar el Gobierno nacional en cada provincia.Pero de poco sirve el análisis, ya que luego no hay forma de controlar su verdadera ejecución.La reciente mejora del sitio de consulta ciudadana también trajo una pérdida: ya no se publica cuánto, efectivamente, la Nación gasta en cada provincia.
* Directora del Programa de Política Fiscal de Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento)

