Los padres y la calidad educativa de los hijos
¿Los contenidos que propone la educación desarrollan las capacidades intelectuales de los educandos? ¿Se prepara mi hijo para enfrentar los desafíos de la vida actual? Y, esencialmente: ¿se le enseña a transferir y a dar sentido a cada conocimiento, para interpretar la realidad?
Desde el reciente cambio de gobierno, se trata de instalar un tema considerado esencial al desarrollo de cada argentino y, con ello, al necesario despegue del país. Sin embargo, la calidad educativa no parece preocuparle a la mayoría de los ciudadanos.
El eminente educador Guillermo Jaim Etcheverry, por ejemplo, observa que la conformidad de los padres con la educación que reciben sus hijos –un 85 por ciento, pese a los serios cuestionamientos que pesan sobre ella– atenta contra cualquier programa de superación.
Por otro lado, recientemente el conductor televisivo Nelson Castro también señaló como una de las causas del fracaso educativo argentino la actitud indolente de los padres.
Este problema no es nuevo. No sabemos en qué momento de la historia de la educación argentina –que es la historia de las ideas políticas que gobernaron el país– la mayoría de los padres dio más importancia a que sus hijos aprobaran exámenes, materias y cursos hasta lograr un certificado de estudios, que a su real proceso de crecimiento.
Hoy conocemos, además, cuánto han contribuido los gobiernos populistas a bajar el nivel de las exigencias educativas, ya sea con el pretexto de no discriminar o por otros motivos, como ganar la simpatía de los jóvenes estudiantes.
Pero la realidad exige cambiar actitudes que nos han empobrecido en lo mental y humano. Los alumnos no sólo necesitan aprobar sino llegar a la excelencia. Para establecer un nuevo paradigma educativo, debemos formularnos algunas preguntas que hasta hace muy poco fueron soslayadas.
¿Qué ha logrado la educación familiar y escolar con el facilismo, la falta de seriedad y de metas claras?
Los resultados, a la vista, producen molestias y sufrimientos, sobre todo cuando necesitamos un determinado servicio, porque no basta con lograr un título de maestra, de médico o de agrimensor, sino aprobar el examen permanente que el ejercicio de cada tarea, de cada especialidad, exige. Mostrar idoneidad.
Por eso, el cambio educativo que intenta ponerse en marcha debe sumar a todos, y son los padres los obligados a interpelarse.
¿Los contenidos que propone la educación desarrollan las capacidades intelectuales de los educandos? ¿Se prepara mi hijo para enfrentar los desafíos de la vida actual? Y, esencialmente: ¿se le enseña a transferir y a dar sentido a cada conocimiento, para interpretar la realidad?
¿Aprende a preguntarse, a cuestionar, para entender el sentido del aprendizaje que ha de orientar los actos de su vida?
Creemos que está impresa en la cultura argentina la idea de la viveza, de la picardía, de la copia, de las trampas, del arribismo, del acomodo y que los padres, de modo consciente o inconsciente, han contribuido, en general, a que los hijos se nieguen al esfuerzo sostenido, al trabajo y al estudio, lo que da como resultado gente que reclama derechos y evita cualquier obligación.
Como observadores más críticos, podemos concluir que de nada vale la “comprensiva actitud de padre amigo”, pura demagogia, porque la verdad y la realidad pondrán al hijo, tarde o temprano, donde merece por su preparación, idoneidad y capacidad.
Nada se logra con el facilismo, la comodidad, la formación de hábitos de pasividad que esperan del hacer ajeno, sino personalidades débiles, abúlicas, carentes de las fuertes herramientas intelectuales que pueden elaborar proyectos, crear recursos, encontrarse con sus propios talentos. Realizarse.
Tal vez muchos padres piensen sobre el tema, lo entiendan, exijan y apoyen una escuela que se encamine a la máxima calidad.
(*) Especialista en educación

