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Los mejores testigos de la niñez

Los padres tienen en sus manos la magia de consolidar hermandades si comprenden el significado de las peleas, no comparan ni enfrentan a sus hijos y destacan en cada uno su brillo personal. Enrique Orschanski.

30 de marzo de 2013 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski (Médico)
Los mejores testigos de la niñez

La familia en Argentina ha visto reducido su tamaño en el último siglo; la tasa de "número de hijos por mujer" pasó de siete a 2,4 en promedio, lo que advierte que muchos eligen tener uno o incluso nin­gún hijo. Estamos aún lejos de la realidad china, donde, como control demográfico, se imponen elevados impuestos por segundos y terceros hijos, lo que convirtió en infrecuente el uso de la palabra "hermano". Es difícil pensar las relaciones humanas sin lazos fraternos, pero a la vez podemos imaginar cuánto se perdería en un hipotético mundo de hijos únicos.Los hermanos son un contrapeso vital en una persona, equilibrando la desigual tarea de confrontar en soledad con dos padres. Como en un juego de espejos, los hermanos reparten la herencia de los rasgos y ocupan los lugares que el otro deja libres. Así, la carga de la educación familiar –y las neurosis– se distribuyen de manera más equitativa.Los hermanos son privilegiados observadores de la niñez, ya que, a diferencia de los padres, son pares que viven las escenas infantiles sin importarles los mandatos de crianza. Testigos fieles de la minucia doméstica en los años fundantes, tienen la misma oportunidad que el otro de registrar memoria familiar. Luego, la virtud absolutoria del tiempo decidirá con qué recuerdos se quedó cada uno.A la hora de poner límites, son incomparables y marcan territorio con una destreza que pocos padres tienen (grandes primogénitos "emperadores" han sido derrocados por sencillos segundos hijos).Los modelos fraternales se transmiten a través de generaciones: hermanos distantes o sólidas fratrías se repiten en el tiempo, sin cambios. Como se otorga tanta importancia a la relación padres-hijos, la observación de los lazos horizontales queda postergada y se pierden oportunidades de cambio. Cuando nace un segundo, la reacción inicial del mayor suele ser negativa; más allá del cariño que surgirá, con lógica implacable dice: "Si ya me tenían a mí: ¿para qué buscaron otro?". Tiempo después, cuando el mayor adora al intruso y éste idolatra al primero, el pensamiento cambia: "Tan contentos estaban conmigo, que quisieron repetir". Los hermanos comparten múltiples sentimientos, excepto el de la piedad; por eso los conflictos son inevitables (mirada de manera objetiva, la tarea primordial de un hermano/a es confrontar).Los padres se angustian, sin apreciar que las disputas infantiles contribuyen positivamente a la salud mental familiar. La dinámica cotidiana se nutre con esos enfrentamientos, porque los chicos ensayan futuras relaciones a partir de ese entrenamiento. En toda pelea, subyace lo esencial: el deseo de preferencia de los padres, lo que explica el empeño y la ferocidad en los cruces. Sin embargo, las lesiones graves son poco frecuentes. Los chicos llegan al límite del daño sin cruzarlo. Saben que nadie como su hermano sabrá perdonarlo y, enseguida, vuelven al ataque –o a la defensa–, según toque. Es llamativo que, en un país donde se festeja ruidosamente el Día del Padre y el de la Madre, no resalte un día del hermano. Además de una celebración desaprovechada a nivel comercial, sería óptimo para limar asperezas acumuladas en desencuentros.Los padres tienen en sus manos la magia de consolidar hermandades si comprenden el significado de las peleas, no comparan ni enfrentan a sus hijos y destacan en cada uno su brillo personal.Para que, cuando el inexorable transcurrir del tiempo despida a los mayores y los chicos se transformen en adultos, el recuerdo cómplice de una palabra o un guiño confirmen que la infancia está intacta, a salvo del olvido, brillando en la mirada de un ­hermano.