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Los juguetes tradicionales

El niñito es muy realista. Si estúpidamente se le dice que dentro de la radio hay un hombrecito hablando, se queda mirando el aparato con duda.

07 de abril de 2014 a las 01:45 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
Los juguetes tradicionales

En la relación del niño con los juguetes, el entorno de aquel casi siempre estuvo desfasado. Por ejemplo, entre las décadas de 1930 y 1940, el pequeño veía en las jugueterías aviones de hélice colgados con hilos, pero invariablemente al lado pendían también dirigibles, los que para él no tenían ningún significado.Es lógico: una sola vez en nuestra historia viajaron en 1934 desde Buenos Aires hasta Alemania pasajeros en un dirigible, el Graf Zeppelin. El padre le explicaba: "Ese es un zepelín". En otras ocasiones, pedía a los Reyes un trencito y lo decepcionaba la locomotora que "no era como las de verdad". En efecto, un chiquilín de Deán Funes o de Güemes que, en 1960, vivía en la calle frente a la estación del ferrocarril, veía desfilar desde su ventana, en interminables maniobras, una locomotora que siempre echaba humo; y la que le trajeron no tenía chimenea.En lo tocante a la familia, cierta vez, sentados en un bar de la calle Lima, en la ciudad de Córdoba, observamos a un cartonero que en su carrito de manos traía de paseo a su pequeño de unos 6 años. De pronto le escuchamos decir: "Bueno... aquí se terminó", y lo bajó al lado de una respetable pila de cartones que, cuando terminó de cargarla, le obstaculizaba la visual. Le alcanzó al chico algo parecido a un juguete, que había recogido en el camino, y este, contento, siguió a pie con su padre. El humilde subocupado, que quizá apenas asistió a una escuela, parecía tener conciencia del privilegio del juego, reconocido universalmente en los Derechos del Niño.Hay en el niño una fantasía y una realidad intercambiables. El Día de Reyes (de Santa Claus o de Papá Noel) se nos acerca la nena de 5 años, todavía eufórica por la novedosa muñeca recibida, y nos dice: "La he cambiado dos veces y se hace pis; ¿no estará enfermita?". Y nosotros (microcéfalos), aún abstraídos por la carta documento recibida el día anterior, le espetamos: "Pero, hijita, ¿cómo va a enfermarse una muñeca de plástico?".Al contestar así, hacemos que la pequeña se sienta desanimada en sus exploraciones o, peor, rechazada o desaprobada. Y lo interesante es que si ella dispusiese de nuestra inteligencia y vocabulario, nos contestaría:"Ya sé que un plástico no puede enfermarse, pero frente a un objeto nosotras tenemos toda clase de posibilidades mágicas. Por eso lo que hace el mago que nos traen para la fiesta de cumpleaños, que serrucha a una mujer en dos partes y luego las une, son trucos para ustedes los grandes; y no nos divierten".Es que el niñito es muy realista. Si estúpidamente se le dice que dentro de la radio hay un hombrecito hablando, se queda mirando el aparato con un fondo de duda.Otras veces, al contrario, si siente un miedo intenso que no comprende, puede cambiar la realidad para poder subsistir. Por ello, cuando en el juego en solitario lo sorprendemos haciendo trampas y le decimos: "Te estás engañando a vos mismo", nos equivocamos. Porque él juega contra sus miedos o contra lo desconocido.Y si años después conserva algún juguete, pues lo normal es romperlos para inspeccionar su interior, o para descargar en ellos sus contrariedades y las fluctuaciones de su afectividad, entonces, cuando es joven o adulto, ya no le resulta, como antes, una atracción mantenerse sentadito unas horas con el ejemplar que se salvó de la destrucción.En suma, hoy los Reyes Magos no bajan por la chimenea y los juguetes suelen ser electrónicos o digitales. Sobre este impacto en el pequeño, ya nos hemos expedido aquí. Pero ampliaremos el asunto.

*Periodista