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Los dueños del mañana

Hay un sueño desesperado que queremos dejarles, como cada generación que busca un albur. Pero los sueños sólo serán de ellos, los dueños del mañana. Alejandro Mareco.

12 de agosto de 2012 a las 12:01 a. m.
Los dueños del mañana

El mundo de los niños es el de la esperanza siempre amanecida. Todos hemos sido pequeños y hemos creído en el después. Y hoy, aunque quizá no era como pensábamos, seguimos creyendo, pues siguen llegando niños para alumbrar con sus diminutas linternas el futuro en sombras. Los cachorros humanos tienen la inmensa capacidad de conmover con su versión de hombres y mujeres en miniatura. Entonces brota la ternura, ese sentimiento que nos abre el pecho y las manos para abrigar a los niños en su fragilidad, para que tengan la oportunidad de aferrarse a la vida. Los ojos de los pequeños ven el mundo (la vida, las cosas, la gente, los lugares) con asombro, como en un escenario inmenso y generoso donde todo es posible, incluso soñar. Muchas veces confían más en sus fantasías que en la pobreza de la realidad, a la que miran de soslayo. Así, son capaces de encontrar almas en fríos pedazos de materia. Están tan maravillados con la vida, tan convencidos de que sin ella no se puede vivir, que, como si fueran poderosos dioses, les prestan un poco de esa vida a sus muñecos, figuritas, juguetes, a cosas que no son más que cosas. Acaso por ese poder es que tiene sentido un juguete en las manos de cada pibe en su día, pese a la voracidad comercial que la fecha esconde bajo el poncho. Es que los niños creen en el mundo y están dispuestos a darle otra oportunidad. Un niño sano y feliz irradia alegría a su alrededor con la misma fuerza que un niño triste, enfermo o hambriento contagia su angustia. Ese contraste, a veces terrible, de la primera etapa de la existencia humana en la que se va descubriendo la vida cada día con ojos asombrados, con travesuras y juegos pero también con llantos y tragedias. Aun cuando cierto mercantilismo amenace con desnaturalizar su sentido para reducirlo a una mera compra masiva de juguetes y golosinas, el niño se merece un día de atención especial, de la misma manera que lo merecen sus padres, los maestros o los trabajadores. Son los mayores, responsables de la formación inicial y el aprendizaje de estas “personitas”, quienes deben aprovechar la ocasión para generar climas afectivos intensos, que faciliten la incorporación de sentimientos y valores positivos. En algunos hogares costará más que en otros, porque las realidades pueden ser muy distintas, con tantos matices que resultaría imposible aquí hacer un inventario completo. Pero sería muy bueno aprovechar el Día del Niño para que los mayores reflexionen sobre cómo están cumpliendo su rol de guías y cómo han incorporado a su conducta los avances que el mundo evidentemente ha hecho en la consagración de los derechos del niño a lo largo del siglo pasado y lo que va de este. Mientras tanto, los tratados y convenciones no alcanzan para erradicar del mundo penosas condiciones en las que viven numerosos niños y prácticas aberrantes como el trabajo infantil y la explotación sexual. Hoy, incluso, resultan escalofriantes la miseria y la desnutrición. Mucho se avanzó con la Asignación Universal por Hijo establecida por el actual Gobierno, pero los programas asistenciales de protección de la infancia deben multiplicarse y profundizarse. Es que los niños son los habitantes del mañana y hay un sueño desesperado que queremos dejarles, como cada generación que busca un albur. Pero los sueños sólo serán de ellos, los dueños del mañana.