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Los argentinos pobres y los pobres argentinos

El índice de desocupación argentino no es bajo porque abunde el empleo, sino porque casi nadie busca trabajo en la Argentina lumpenizada.

26 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
Fernando Iglesias*
Los argentinos pobres y los pobres argentinos

No debe haber lugar en el mundo donde se discuta el tema de la pobreza como en la Argentina. En los países serios, la discusión se basa en los datos, que con precisión son ofrecidos por los institutos estatales de estadística. Aquí, la discusión es acerca de los datos, pues los que ofrece el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) no los creen ni los mercenarios periodísticos del poder.Cuando el jefe de Gabinete desciende a criticar las estadísticas de una agencia privada como el Observatorio de la Universidad Católica Argentina (UCA), sólo confirma que el Estado argentino hace agua por todos lados. Que Aníbal Fernández hable, además, en representación de la misma Presidenta que hace pocas semanas aseguró que la pobreza en Argentina era del cinco por ciento, desnuda una de las mayores inconsistencias del relato kirchnerista.No es sólo la UCA. Basta creer por un momento en los últimos datos del Indec para ver las dimensiones de la mentira oficial. Según ellos, la mitad de los argentinos ocupados gana menos de seis mil pesos mensuales. Por eso, cuando se ajusta la inflación a la realidad denunciada por las estadísticas provinciales y las de las consultoras privadas, y se actualiza la canasta de consumo, todas las mediciones de pobreza la ubican, para fines de 2014, entre el 25 y el 30 por ciento.Eso significa que son pobres entre 10 millones y 12 millones de argentinos. Es decir que atravesamos de nuevo el umbral que el país sólo traspasó en 1989, con la hiperinflación, y en 2001, meses antes del estallido de la convertibilidad.A estas cifras el kirchnerismo suele replicar con los planes sociales y la asignación universal por hijo (AUH). Pero que la pobreza sea tan alta pese a los planes no hace más que demostrar el fracaso del modelo.Cuando se menciona la AUH se habla, además, de 837 pesos por hijo, un aporte que se ha convertido en una limosna. Debería darles vergüenza mencionarla a los funcionarios que durante la década saqueada recaudaron fiscalmente 900 mil millones de dólares y destinaron casi el 66 por ciento del total de estos recursos, extraídos a los sectores eficientes y productivos, a financiar empresas parasitarias de amigos del poder. En tanto, los subsidios se llevaban sólo el cinco por ciento del gasto total.Si la canasta de consumo de una familia de cuatro integrantes que tiene que alquilar su vivienda –medida por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires– es de 13.753 pesos mensuales, es fácil comprender que se necesitan 16 AUH para cubrirla.La desesperación kirchnerista por esconder las cifras –que los llevó hasta a enfrentarse con una institución vinculada al Papa– es comprensible. Acaso por eso carecemos de estimaciones de la pobreza por parte del Indec desde fines de 2013, pues las últimas que ofrecieron causaron más hilaridad que indignación.

Peor que el menemismo

Reconocer que entre el 25 y el 30 por ciento de los argentinos son pobres sería reconocer que la pobreza actual es mayor que la media de la convertibilidad, que fue de 24,6%. Todo ello, después de 12 años de soja por las nubes en los que entró al país un excedente de unos 190 mil millones de dólares sólo por la mejora de los términos de intercambio.

En otras palabras, el derrame kirchnerista lo ha hecho aún peor que el derrame del peronismo anterior, el menemista. Y no sólo ahora. También fue así en los gloriosos tiempos iniciales, cuando –según datos del Indec– la salida de la crisis y el efecto derrame del gobierno de Néstor Kirchner sacaron de la pobreza a 37 de cada 10 pobres contra los 49 de cada 100 de los primeros cuatro años de la convertibilidad.

Pero hagámosle caso al ministro Axel Kicillof, que detesta contar pobres, y aceptemos que la pobreza en Argentina no es cosa de desocupación y bajos salarios. En efecto, se ha transformado en pobreza estructural.

El Censo de 2010 registra que el 18,4% de los chicos de entre 15 y 17 años no asistía al colegio y que el pequeño aumento (+2,1%) de la matrícula escolar respecto de 2001 no alcanzaba a compensar el crecimiento de la población.

Peor aún es el tema vivienda. Para 2010, la cantidad de viviendas en el país había aumentado 11% respecto del abismo de 2001, pero el número de quienes debían alquilar su vivienda creció 75%, pues el crecimiento no compensó el aumento de la población.

Por eso, los trabajadores y la clase media pueden haber cambiado la TV, el celular y hasta comprado un auto, pero tienen iguales problemas de acceso a la vivienda propia que en plena crisis de 2001, pese a Procrear y Sueños Compartidos.

Lo demuestran los censos nacionales, una de las pocas estadísticas oficiales en que es posible confiar: en 1991, había 32.615.528 habitantes y 8.515.441 viviendas (una vivienda cada 3,83 habitantes). En 2001, éramos 36.260.130 habitantes y había 10.073.625 viviendas (una vivienda cada 3,59 habitantes). Y en el Censo de 2010 los habitantes éramos 40.091.359 y las viviendas 11.317.507 (una vivienda cada 3,54 habitantes). Como se ve, la mejora fue mucho menor en la década ganada que durante los fatídicos años 1990, aunque en ambos casos haya sido minúscula.

Acaso es por esto que en la Ciudad de Buenos Aires hay un 52,3% más de personas que habitan en villas que en 2001, lo que representa la mitad del crecimiento de los habitantes de la ciudad. No va mejor en el resto del país: casi la mitad de las viviendas argentinas carece de gas natural y casi la mitad, de cloacas. Una década de distribución de la riqueza sólo trajo pequeñas mejoras en los índices de pobreza estructural: de 80,1% a 83,9% de hogares con acceso a la red de agua, y de 47,2% a 53,1% en cloacas.

Trabajo no se busca

¿Que bajó la desocupación? Dieciséis millones de argentinos, el 40% de la población nacional, está en edad laboral pero carece de empleo. Son cifras similares a las de España, con una diferencia. De 19.359.650 españoles en edad laboral sin trabajo, el 28% busca empleo; es decir: uno cada 3,5. Pero de los 16.058.666 argentinos en edad laboral sin trabajo, sólo 1.322.754 buscan empleo; es decir: uno de cada 12,1.

Si se ajusta este factor, si la proporción de argentinos sin trabajo y en edad laboral que buscan trabajo fuera de uno cada tres y medio, como en España, el índice de desocupación en Argentina sería de 23,66%, igual al 23,7% que hoy reporta el INE español. El índice de desocupación argentino no es bajo porque abunde el empleo sino porque casi nadie busca trabajo en la Argentina lumpenizada. Los pobres ya son más que la media de la anterior década menemista, la de la convertibilidad; mitad de las viviendas están en condiciones deplorables, y la plata de la soja no sabemos dónde está. O sí.

Los argentinos pobres y los pobres argentinos tenemos sospechas de en qué cuentas privadas se esconde. Por eso se agitan tanto los bufones ministeriales, periodísticos y encuestológicos del kirchnerismo, cuya única verdad es la negación de la realidad.

*Politólogo, periodista