Lo que el viento no se llevó
Cristina sucumbió a la tentación demagógica de usar políticamente la abominación a tipos despreciables como Paul Singer.
La metáfora es perfecta: construir el 75 por ciento de un puente es lo mismo que nada. Si no se lo termina, no sirve para su fin y, por ende, el esfuerzo de lo construido fue inútil. Con esa imagen, explicó Mario Blejer lo que implica el manejo de la deuda que hizo el kirchnerismo. Pagó al contado lo que se adeudaba al Fondo Monetario Internacional (FMI), también le pagó al Club de París y lo mismo hizo con Repsol.Pero dejó sin solucionar el pequeño tramo que faltaba para completar el puente por el que Argentina saldría del default y por el que llegarían nuevos créditos. Ese tramo que faltaba era el acuerdo con los fondos buitre.El anterior gobierno perdió los juicios y, a renglón seguido, llegó el inexorable momento de pagar la construcción de la parte que le falta al puente.Fue en 2014. El entonces presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, había elaborado un buen plan para cancelar la deuda a los holdouts y poner fin al default . Cristina Fernández lo aprobó, se supone que con el conocimiento de su ministro de Economía.La delegación de negociadores y banqueros que pagaría a esos acreedores ya estaba en Nueva York, cuando una intempestiva decisión de la expresidenta dinamitó el acuerdo a punto de firmarse.Desde entonces, se fueron acumulando intereses y honorarios de abogados. Ahora, Mario Blejer, economista del equipo de Daniel Scioli, pone en evidencia que el candidato de Cristina –igual que Sergio Massa y que Margarita Stolbizer– tenía la decisión de hacer lo que está haciendo Mauricio Macri: completar el 25 por ciento que le falta al puente que el kirchnerismo construyó, pero dejó inconcluso; y, por lo tanto, inútil para cumplir su fin, por la increíble decisión que a ultimísimo momento tomó la anterior primera mandataria.Por cierto, haber concretado el acuerdo en 2014 hubiera sido mejor y menos oneroso para el país. Por eso, la diferencia a pagar tiene responsables: los que sabotearon el plan de Fábrega, o sea, Cristina.¿Fue verdaderamente por la cláusula Rufo (derechos sobre futuras ofertas, por sus siglas en inglés) y el consiguiente peligro de que un acuerdo alcanzado entonces detonara una nueva cadena de reclamos? No, porque se trataba de un acuerdo entre privados. La estrategia de Fábrega eludía con habilidad la cláusula Rufo. De tal modo, la razón era otra. ¿Cuál? El enemigo conveniente Quizá la respuesta esté en el capítulo del libro La locura de los argentinos , que describe "la estrategia oficial de decir a quién es conveniente odiar". El autor, Miguel Wiñazki, señala que el liderazgo kirchnerista entiende gobernar como "el arte de convencer a quién abominar". Por eso, siempre elaboró como estrategia ir decidiendo blancos de aborrecimiento, en torno de los cuales abroquelar consensos. Y no podía perderse la oportunidad que le ofrecían los fondos buitre.Cómo dejar pasar la ocasión de semejante imán para el desprecio colectivo. En la antesala del acuerdo elucubrado por Fábrega, alguien convenció a Cristina de que esa secreción insana del capitalismo era más útil para la estrategia kirchnerista del enemigo conveniente que completar el puente inconcluso. Y a la expresidenta no le importó la cantidad de dinero en efectivo y al contado que el país ya había invertido en construir la salida del default , ni el precio mayor que en algún momento inexorable habría que pagar por no haberlo hecho en aquella oportunidad.Cristina sucumbió a la tentación demagógica de usar políticamente la abominación a tipos despreciables como Paul Singer y a esas secreciones viscosas a las que un primer ministro británico, Gordon Brown, bautizó "fondos buitre"Por aquella decisión, el Banco Central perdió un buen titular; el kirchnerismo perdió la oportunidad de concluir el puente que había comenzado; y la Argentina perdió los miles de millones en intereses y en honorarios de abogados que se sumaron desde entonces.Es probable que el acuerdo no traiga la lluvia de inversiones que candorosamente vive anunciando Macri. Según el Presidente, esas olas entusiastas de dinero llegarían al levantarse el cepo, pero no llegaron.El problema de Macri es que confunde a todo el empresariado argentino con un puñado de formidables emprendedores que fueron capaces de levantar empresas importantes y convertirlas en modelo.Igual que en el sindicalismo, la política y otros rubros, el empresariado argentino tiene estupendos ejemplares, pero también muchos (demasiados) que son adictos a la especulación, el abuso y la mezquindad hacia las fuerzas laborales, además de tener más voluntad de ostentación que de innovación y construcción.Parece candoroso, o meramente propagandístico, anunciar que sin las trabas que ponía el kirchnerismo y con el país "reinsertado en el mundo", el empresariado local y el extranjero remontarán la economía y aterrizarán la inflación.Lo único claro es que el hiperintervencionismo kirchnerista sólo tuvo crecimiento cuando el precio de la soja alcanzó la estratosfera. En cuanto empezó a bajar, comenzó a bajar todo, menos los precios.Por eso, no es la voz de Axel Kicillof la que interesa ser escuchada en el debate sobre crecimiento, inflación y arreglo con los fondos buitre. En ese tema, el trotskismo y otras izquierdas tienen derecho, o autoridad moral, para votar en contra. Pero el kirchnerismo no tiene esa autoridad moral, por la simple razón de que pudo hacer un arreglo mejor, pero eligió usar a los despreciables holdouts en su estrategia de tener algo "conveniente para odiar".A esta altura, ya no se trata de lograr un gran acuerdo, sino tan sólo de terminar el tramo del puente inconcluso, por lo tanto inútil, que dos años atrás hubiera costado menos.

