Llegaron los exámenes
Es inadmisible que algunos profesores viertan sus traumas en la mesa examinadora y confundan al postulante con preguntas capciosas. Arnaldo Pérez Wat.
Diciembre y marzo son meses que tienen un color especial en la imaginación del estudiante. Hasta subsisten frases hechas como: “Lo mandó a diciembre”, o “la dejé para marzo”.
Así, como está organizada la existencia y nuestra cultura, los integrantes de una mesa examinadora no pueden, por fortuna para los lanceros, ingresar unos 10 minutos en la conciencia del estudiante.
Por tal motivo, existe ese mal trago llamado examen o evaluación. Hoy se habla más de “parcial”, y parece que es cierto.
Hasta mediados del siglo XIX, se aplicó el sistema tradicional de pruebas orales y escritas, basadas en preguntas formuladas por el maestro, como todavía se hace.
Una innovación se introdujo en 1864, con George Fisher. Esta fue progresando hasta la actual prueba objetiva, en la que, como sabemos, se llenan casillas, se subraya el concepto que corresponde, se coloca V o F (verdadero o falso), etcétera.
Casualmente, esto último nos trae a la memoria que, durante una evaluación, un lancero arrojaba una moneda al aire. El profe le preguntó qué hacía. Respondió: “Si cae cara, coloco V; y seca, F”.
Salieron al recreo y en el pasillo el chico seguía arrojando la moneda. “¿Y ahora qué?”, inquirió el docente. El chico contestó: “Estoy revisando”.
Exaltar los méritos. No todos los estudiantes tienen esa sangre fría sino que, al contrario, se muestran nerviosos desde el primer examen hasta el último. Aquí, el examinador debe aplicar la ecuanimidad que dicte su propio criterio. Es inadmisible que en estas épocas algunos profesores viertan sus traumas en la mesa examinadora y lleguen al extremo de confundir al postulante con preguntas capciosas.
Uno de los más grandes matemáticos del mundo, Beppo Levi, italiano (1875-1961), debido a la persecución racial de la Segunda Guerra Mundial, llegó a la Facultad de Ingeniería de la Universidad del Litoral, hoy Rosario, donde dictaba Cálculo Infinitesimal II.
En un examen, el adjunto a la cátedra había bochado, en el práctico, a cinco o seis alumnos seguidos.
El gran sabio estaba esperando en su mesa del fondo para tomar el teórico, pero todos pasaban para la puerta de salida con la cara larga. Se levantó y con su voz aflautada preguntó al adjunto: "¿Qué pasa con los muchachos que no viene ninguno?". El otro contestó: "Es que uno los profundiza un poco y los tiene que despachar"; el petisito Beppo le observó: " Ma' , yo lo profundizo a usted y también lo tengo que despachar".
La anécdota se recuerda hasta hoy. Porque, a pesar de que su mente andaba en alturas en las que no podía cambiar ideas con nadie en la Argentina, tenía la virtud de valorizar los conocimientos esenciales inherentes a la carrera que enseñaba.
Se impone, pues, desterrar el orgullo vacío y comenzar por exaltar los méritos del discípulo, ante la menor sospecha de que su error obedece a una confusión momentánea, pero que tiene noción del tema.
Nada hay más bello que la sinceridad y, con ella, el mal momento del interrogatorio puede convertirse en un auténtico diálogo.
La evaluación subjetiva exacta es un mito. Nadie tiene la ecuanimidad perfecta para establecer la diferencia que existe entre un siete y un ocho.
Sólo resta ser lo menos imperfecto posible y acatar la sentencia de Shakespeare: “Sé leal contigo mismo y serás tan justo y bueno con los demás, como la noche sigue al día”.

