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Las pasiones y la vieja táctica peronista

La conducta electoral de los ciudadanos está hoy más ligada a la calma económica que a las adhesiones puramente políticas. La pasión está sólo reservada a los grupos duros de la militancia Carlos Sachetto..

16 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Carlos Sachetto
Las pasiones y la vieja táctica peronista

Falta sólo una semana para las elecciones y la campaña presidencial se ha inscripto ya entre las más atípicas de la historia. El anticipo de las primarias de agosto, en especial el contundente respaldo que recibió la Presidenta y la distancia que la separó de sus competidores, le ha restado a este período el tradicional fervor proselitista. El oficialismo habla más de lo que hizo que de lo que hará, y la oposición, resignada, no dice nada nuevo ni interesante. En su libro Los clínicos de las pasiones políticas , el sociólogo francés Pierre Ansart advierte que las emociones, los sentimientos y las pasiones son inseparables de la vida política. Eso es así porque en todo momento entra en juego la afectividad individual y colectiva. Desde un movimiento de simpatía o de afecto que rodea al líder carismático, hasta una representación de odio para con el líder o todo su grupo. Detrás de esos ejemplos extremos, el autor advierte acerca de la importancia de la energía apasionada que liberan las sociedades y también de las fases de desaliento, apatía y amargura, con todos sus matices y complejidades. La actualidad. En ese esquema, ¿cómo encuadrar este particular momento de la Argentina? Oficialistas y opositores coinciden en observar que la conducta electoral de los ciudadanos está hoy más ligada a la calma económica que a las adhesiones puramente políticas. La pasión está sólo reservada a los grupos duros de la militancia. La improvisación y el desconcierto de los candidatos de la oposición contrastan fuertemente con la estrategia oficial. La presidenta Cristina Fernández expresa en sus discursos un mensaje de serenidad y hasta de conciliación que la historia kirchnerista y gran parte de su gobierno desconocen. Mientras, su candidato a vicepresidente, el polémico Amado Boudou, utiliza una vieja táctica y convierte en enemigos irreconciliables a quienes piensan diferente. Los periodistas no oficialistas son su blanco predilecto. Hace casi 40 años, el entonces presidente de facto, Alejandro Lanusse, creyó que con gestos conciliadores para que Juan Domingo Perón regresara al país terminaría con el mito que alimentaba su exilio madrileño. El viejo líder convirtió al gobierno militar en su enemigo, volvió aclamado y el peronismo recuperó el poder después de 18 años. Lanusse reconoció luego, como autocrítica, que "la única forma de entusiasmar, movilizar y polarizar que se conoce en política consiste en hacerlo contra un enemigo, real o imaginario". Eso es exactamente lo que hoy hace el kirchnerismo.Fuera de los coincidentes análisis sobre la campaña, en los despachos de la Casa Rosada se mantienen las incógnitas acerca de la integración del nuevo gobierno. "Cristina no suelta prenda, sólo ella sabe lo que hará", insiste con ansiedad un ministro que aspira a quedarse pero todavía no ha recibido ninguna señal. Únicamente por intuición y a título personal, el funcionario cree que no todos los que hoy forman parte del gobierno y resulten elegidos como legisladores ocuparán sus bancas. "Habrá renovación en la gestión, pero también continuidad", arriesga.Esa falta de indicios sobre los destinos personales es también una acertada estrategia de la Presidenta. Así pone un dique de contención a las encarnizadas luchas internas y encolumna a todos quienes alimentan alguna expectativa de conseguir o de no desprenderse de cuotas de poder. Se sabe: el silencio construye pero también hace caer las acostumbradas operaciones que despliegan los personajes de la política. Señales cambiadas. En ese contexto, con el oficialismo acallado y la oposición apareciendo por compromiso, Cristina es la dueña absoluta de la agenda política. Por ese motivo, hasta colaboradores cercanos a la jefa del Estado se preguntan si algunas actitudes de Boudou, que no son precisamente las de tocar su guitarra rockera, cuentan con el aval de la Presidenta. Un ejemplo: mientras ataca con ferocidad a algunos periodistas críticos, intenta establecer contactos con otros que también trabajan en medios demonizados por el kirchnerismo. La idea que transmiten allegados al ministro de Economía es que ahora quiere modificar la imagen que él mismo se edificó. Asumido como un converso que pasó de la ortodoxia liberal al peronismo de izquierda, Boudou hace un giro y envía un mensaje diferente, en especial al mundo empresarial. Quiere que lo vean como un hombre que no se ha olvidado de sus orígenes ideológicos de derecha y que es el más indicado para garantizar que en la nueva etapa de gobierno no se harán "locuras". Es una manera de ganar confianza para aspirar a niveles superiores de conducción política. Todo esto bajo la mirada desconfiada de los llamados kirchneristas de paladar negro. No quieren saber nada con que el futuro vicepresidente tenga mayor protagonismo en la vida interna del movimiento y esperan que el criterio de la Presidenta le ponga límites. A ellos, la oposición no los preocupa tanto como la interna que viene.