La violencia en el ámbito de la educación
El hecho de que existan unos 850 mil jóvenes entre 15 y 20 años que no trabajan ni estudian debería llamarnos a una profunda reflexión sobre lo que está pasando. Salvador Treber.
La información periodística trasmite con demasiada frecuencia actos y reacciones de diversa índole que expresan intemperancia, resentimiento y total incomprensión sobre el verdadero significado de la educación.
El solo hecho de que existan unos 850 mil jóvenes entre 15 y 20 años de edad que no trabajan ni estudian debería llamarnos a una reflexión muy profunda sobre lo que ocurre.
¿Alguien con facultades y posibilidades de hacer algo se habrá puesto a pensar qué será de ellos? Y digo sólo "pensar", porque en cuanto a "hacer" no se advierte hasta ahora que se haya movilizado para modificar esa actitud que los condena a la exclusión social.
Es urgente que los jóvenes comprendan que el mercado agudizará -cada vez más- sus exigencias en la selección de personal; y si no hacen un esfuerzo en lograr cierto grado de calificación, les aguarda un penoso escenario de miseria.
Seis por ciento. Cuando en 2005 se estableció por ley que el presupuesto de educación, a cargo de la Nación y de las provincias, debía llegar en 2010 a un equivalente de seis por ciento del producto interno bruto (PIB), se supuso que se había dado un gran paso en sostener un esquema educativo de muy buen nivel. Para este año, el gasto sectorial total debería rondar los 85 mil millones de pesos.
La desidia es tal que ni frente a la evidencia de estudios originados en fuentes privadas, dignas de confianza, que detectaron sensibles falencias -diferencias "en menos" en casi todas las jurisdicciones-, nadie sintió la obligación de actuar para tratar de corregir esas mermas ilegales. Esa despreocupación desnuda una carencia de responsabilidad que, por tratarse de la educación, constituye una falencia que provoca un daño casi irreparable.
Es obvio que si se fuera fiel a lo prescripto, habría fondos suficientes para satisfacer los objetivos anhelados. Resulta harto significativo que, al instaurarse el régimen de subsidios por hijo, bajo la condición de concurrencia a los cursos de enseñanza, la matrícula haya crecido 25 por ciento; ello muestra cuánto aún hay por hacer en esta materia.
Es indispensable tomar plena conciencia de que los conflictos que anidan en la sociedad y, de modo muy especial, en el seno del grupo familiar, se trasladan al ámbito escolar. Los arranques de violencia son frecuentes, y la aplicación a lo que constituya imponer cierto orden o exigencia de atención (totalmente necesario para que la enseñanza juegue su rol) suele ser objeto de rechazo por una franja creciente de alumnos.
No puede olvidarse que es cada vez mayor la proporción de familias en las que el padre hizo abandono del hogar y no cumple sus obligaciones respecto de sus hijos, lo que fuerza a la mujer a tomar a su cargo la doble tarea de trabajar para lograr el sustento y, en el tiempo que le resta, tratar de orientarlos.
La falta de diligencia en hacer que el padre apoye esos menesteres y la abulia cómplice de la Justicia llegaron a un extremo peligroso, pues en uno de cada tres hogares ésa es una penosa realidad. Al margen de las diferencias que pueda haber entre los integrantes de las parejas, lo inadmisible es que los hijos se conviertan en víctimas inocentes de cuanto desencuentro tengan sus progenitores.
Disciplina. Es falso suponer que esa realidad abarca sólo a las franjas más modestas, pues se ha extendido a toda la sociedad, lo que ahonda la crisis instaurada en el llamado "grupo familiar tradicional". ¿Cómo extrañarse, entonces, de los cada vez más frecuentes raptos de ira con que reaccionan algunos educandos cuando los docentes los observan por su falta de atención o actitudes de rebeldía? No podemos olvidar que muchos niños y jóvenes están solos casi todo el día y acostumbran a hacer lo que se les ocurra sin ajustarse a ningún límite, y actúan según sus impulsos y deseos.
El hecho de que podamos explicar las causas no justifica que se haga tan poco para corregir esa situación. Además, la inserción en el mercado de trabajo siempre exige adecuarse a alguna disciplina.
Es cierto que se han creado ámbitos de "convivencia" en los que se deberían analizar los sucesos de esa naturaleza, pero, por lo general, se posicionan frente a hechos consumados; es decir, muy tarde.
Lo importante sería que se explique en forma permanente a los alumnos que los docentes tratan de ayudarlos para que puedan progresar y evitar la cruel alternativa de ser excluidos sociales. En otros tiempos, la maestra era considerada la "segunda madre" y recibía muestras de cariño, casi de devoción.
Revalorizar la educación sigue siendo indispensable. Una vía racional sería dotar a esa área de un buen número de expertos que apoyen el quehacer diario. Una razón más para enfatizar el daño que provoca la "poda" sistemática de recursos, que convierte a esa instancia en una entelequia.
La reciente experiencia de los alumnos de la escuela Garzón Agulla, de la ciudad de Córdoba, al movilizarse en forma espontánea en apoyo de un profesor cobardemente golpeado, indica que en el colectivo de educandos hay reservas y valores suficientes para coadyuvar a superar los brotes de violencia que ponen en peligro el clima de paz y concordia. Ello no obsta para advertir que quienes dirigen al sector no han estado a la altura de las circunstancias y tienen, por ello, una gran deuda con la sociedad.

