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La soledad en el cementerio

Los ciudadanos comunes que no logramos batir un récord ni ser famosos podemos consolarnos pensando que la llamada “agonía de la muerte” no existe sino en la imaginación.

04 de octubre de 2013 a las 01:02 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
La soledad en el cementerio

En los últimos tiempos, se nota que la gente visita poco los cementerios. Quizá sea la época, que hace que los moradores de la ciudad se vuelvan esclavos de las urgencias que dejan poco tiempo para pensar en el prójimo.

A lo mejor es la inseguridad, que a diario la pantalla proyecta en el inconsciente colectivo advirtiendo que en cualquier instante un gran cambio puede depositar su cuerpo en ese campo donde yacen infelices inocentes.

Puede también que el que transita entre los sepulcros se sienta rico porque tiene salud y tiempo para contemplar muchos amaneceres; aunque, ante la proximidad del crepúsculo, su espíritu se estremezca al pensar que su futuro está en ese lugar. Muchas cosas, hasta el gemido del viento, parecen anunciar allí que la finitud es un destino insalvable.

Cuando la gente habla de la felicidad, la concibe como algo difícil de alcanzar, supeditado a objetos externos: posesión, éxitos profesionales, salud, dinero o amor.

Hay, asimismo, seres para los cuales la brevedad de la vida se traduce en una soledad insufrible, en una negación de la existencia. Pero, en el otro extremo, hay seres que desafían a la muerte y que desfilan entre los panteones con una óptica muy distinta.

En el Día de Todos los Muertos, o bien en el de los Muertos por la Patria, tanto la muchedumbre ocasional que se halla en un shopping como los transeúntes de un cementerio, pueden considerarse integrantes de no lugares. Aunque con distintos objetivos, sin requerirse ni conocerse, interiormente conservan su individualidad.

En cambio, los cadáveres que forman esas interminables filas de nichos configuran un mundo sui generis: han dejado de ser individuos. Tal escenario resulta temible para la generalidad. La idea de la muerte provoca ansiedad, porque significa, para algunos, la pérdida irremediable de la vida consciente y, para otros, el paso a un lugar trascendente y, por ende, inimaginable.

No obstante, el horror a la muerte está en función del valor que se le da a la vida. Así, pueblos indígenas de la Polinesia se dejaron morir en el curso de una generación, después de la colonización blanca: perdida su cultura y su libertad, no había razón para vivir.

En otra perspectiva, el doctor Walter Schiller, geólogo alemán, que exploraba el Aconcagua desde 1906, dijo: “La muerte en la montaña es la más hermosa”. Esa muerte le llegó a los 65 años. Cuando lo encontraron, según cuenta Orlando Mario Puzi en Historia del Aconcagua, “había en su rostro una notable placidez... El dormido amante del Aconcagua parecía soñar con la victoria imposible que se le había escapado”.

Pero los ciudadanos comunes, que no logramos batir un récord, podemos consolarnos pensando que la llamada “agonía de la muerte” no existe sino en la imaginación. Eminentes médicos, con experiencia en enfermos terminales, coinciden en que los últimos momentos del que muere resultan sosegados.

Si la muerte viene a buscarnos, mirémosla de frente. Sus facciones no son tan terribles ni huesudas como las pintan. A lo mejor, ella se presenta para librarnos de un intenso dolor y ofrecernos la paz y el descanso.

Y si pensamos que el descanso puede ser en el cementerio, lo esencial es que los que quedan no sientan un alivio porque ha desaparecido un obstáculo. Y aunque no nos visiten, lo principal es que cuando nos recuerden experimenten la presencia constante de un espíritu coherente que jamás ha dañado intencionalmente al prójimo.

*Periodista.