La situación
Má, creo que me duele la cabeza... ¿Cómo “creo”? ¿Te duele o no?
Maso. Un poco.
A ver... no, no tenés fiebre. ¿Estuviste al sol?
No. Siento puntadas acá, acá y más acá... en el cerebro.
¡Maxi! ¿Qué decís? No me asustes.
Má, te juro que no me siento bien... voy a hacer reposo.
¡Es domingo y recién te levantás! ¿Reposo?
¡En serio, má! Podría estar “incubando algo”, como dicen los grandes.
Tuviste unas largas vacaciones, siempre sano y contento. ¿Y te enfermás justo antes de comenzar las clases?
¡Ese es el problema: empiezan las clases! Me siento mal, má... muy mal... requeterecontra mal...
Maxi, mirame: con 10 años ya sos grande, descansaste tres meses. Además, recién empezás quinto grado...
¡Ajjj!, no lo digas así, todo junto. Ahora me siento débil, parece que me voy a desmayar.
Maxi, no te hagás el artista. Acordate de las semanas que pasaste en casa de los abuelos; en el campo con perros, río y amigos; no te dolía nada.
Por eso, madre querida: paso a explicarte, a ver si te ponés en mi lugar...
Ajá, ¡qué lenguaje usa el joven ahora! Dale, contame y voy a intentar “ponerme en tu lugar”.
¿A qué edad empecé a ir a una guardería?
¿Y eso que tiene que ver?
¡Vos pensá!
Y... fue cuando acepté mi trabajo. Vos tenías 6 meses.
¿Y a cuántas guarderías fui?
Dejame hacer memoria... a cuatro.
O sea: cuatro mudanzas, cuatro adaptaciones, muchas seños antes de los 3 años...
Y sí, más o menos.
Y después el colegio: salita de tres, para “asegurar banco”.
¿No es lo que hacen todos los padres?
Vos seguime: entonces, ¿cuántos años tengo como alumno? Cuatro guarderías, sala de tres, de cuatro, de cinco; maestras titulares, suplentes, de Música, Plástica, Gimnasia… hasta Informática. No podía pronunciar la “r” y ya manejaba Word... Y recién ahí comencé primer grado, segundo, tercero, cuarto...
¡Pero a vos te gustaba! Siempre fuiste contento.
No hay caso, no entendés... ¡El cansancio se acumula! Todos los días lo mismo: te levantás tempranísimo, te lavás sin ganas, cargás la mochila, esperás el transporte, pasás un montón de horas encerrado. Y al otro día, ¡todo de nuevo! ¡Una condena a alumnez perpetua! Hablando de presiones: creo que se me bajó la presión ¿Me traerías agua, por favor?
¡Ay, Maxi, basta de teatro!
Má, mi frágil cuerpo avisa cuando estoy en peligro. Son muchos años de guardería, de jardín, ahora de primaria... ¡y después me espera la espantosa secundaria! Millones de horas de prestar atención, hacer tareas, forrar carpetas, que “la letra sobre el renglón”, que “pronunciá bien”, que “atendé en Lengua”, que “repasá Matemática”... ¿No te parece mucho para alguien tan joven como yo? Ah, y además Inglés, porque según papá “es muy importante para el futuro”. No doy más. ¿Puedo recostarme?
Sí, claro, vení. Todo lo hacemos por tu bien, ¿no se entiende?
¡Sí, pero agota! Y acordate de que este año empiezo guitarra y fútbol.
Porque vos querés.
Pero nadie me dijo que iba a llegar a esta situación.
¿Cuál “situación”?
La de estar enfermo por el comienzo de clases... ¿Y el agua, má?
Acá está. Vení, acostate que te hago unos mimos y se te pasa todo. ¿Sabías que ya compramos tus útiles? Tenés mochila nueva, zapatillas; ropa de fútbol hay que buscar (porque creciste y todo te queda chico). Faltan los libros de Inglés, mañana ir al oftalmólogo, pasado al odontólogo y también contratar transporte. Y queda una cuota de la cooperadora; el viernes armamos el grupo de WhatsApp de padres... Ay, Maxi, me duele la cabeza... Correte, que me acuesto al lado tuyo. Estoy débil, ¿será la presión? ¿Te quedó agua? ¿Cómo llegamos a esta situación?

