La semana sin fin
Existen pocos momentos tan melancólicos como la noche de los domingos.
Con el atardecer, aparecen los signos de flojera y desazón en los chicos, que presienten el inicio de una nueva semana escolar. Ellos protestan mientras los padres rezongan. Ambos deambulan por el barrio buscando cartulinas, alfajores o ese mapa que necesitan urgente para mañana.
Les molesta perder la pausa reparadora del fin de semana. Pero, en verdad: ¿cuánto de pausa queda en los sábados y domingos actuales, cuando sentimos que la semana nunca finaliza? Los cambios en la dinámica familiar impusieron tal ritmo a las actividades que los fines de semana no aportan descanso. Grandes y chicos se agotan igual o más, pero de diferente manera.
La superposición de actividades deportivas y entretenimientos, patrimonio de todos los grupos sociales, se vincula con permisos paternos ampliados para comer mal, abusar del uso de pantallas y dormir poco.
Durante los fines de semana, la conectividad satura las redes y los cerebros, los horarios son flexibles y el descanso nunca llega. Así, es impensable que los chicos inicien la semana con energía para aprender.
Cada lunes, entran a los colegios en estado de confusión. Arrastrando los pies y con mirada desorbitada, desconocen el ámbito. Mueven la cabeza como preguntando ¿qué es esto?, ¿qué hago yo aquí?
Recién en el recreo largo, entre empujones y gritos, recuperan identidad escolar y algo de entusiasmo. Maestros y profesores encargados de la primera hora muestran el esfuerzo puesto en el arranque de clases.
Martes y miércoles son diferentes. Ya todos tienen otra dinámica, más entusiasta. Las actividades saturan las horas en las agendas infantiles.
Los días no terminan con la escolaridad extendida, sino que continúan en canchas de fútbol, escuelas de danza, natación, artes marciales o básquet, por citar lo más frecuente.
Quedan también reuniones para trabajos grupales, turnos con odontólogos, fonoaudiólogos, psicopedagogos o pediatras y, ocasionalmente, paseos o campamentos educativos. Entre actividades, se cambian de ropas y acomodan mochilas, entregan notas de reunión para padres y comen algo rápido.
En este tráfago transita la vida de nuestros chicos. Con la contagiada ansiedad de no permitirse tiempo libre. Allí aprenden a reconocer el tiempo apurado, poco infantil.
La tecnología rellena los espacios que quedan disponibles. A pesar del agobio, ellos logran varias horas de exposición a pantallas interactivas.
Es curioso descubrir que el cansancio llega, en la mayoría, los jueves a la noche. Cuerpos infantiles se desploman ese día, sin protestar por "un rato más de chat , compu o tele".
Con el viernes a la vista, el humor mejora notablemente. Sienten que otro fin de semana les espera, aunque sea para seguir agotando energías.
Muy solos, muy cansados y muy conscientes de la fugacidad, los chicos están mostrando signos de deterioro, evidentes en consultorios de salud física y mental.
Frente a esta epidemia de modernidad líquida (concepto del filósofo Zygmunt Bauman), existe un antídoto interesante que podríamos sugerir a los adultos responsables: recuperar el tiempo libre.
Devolver la jerarquía perdida al más potente estímulo de la imaginación infantil: el aburrimiento. No un vacío sin contenidos, sino espacios sencillos y abiertos, como páginas en blanco, para que ellos escriban sus propios argumentos.
En momentos de creatividad, surge el individuo en su esencia, nunca en el cansancio. Aparecen la iniciativa y la invención, dos ingredientes indispensables de la creatividad.
Los chicos recuperan autoría y protagonismo. Dejan de ser pasivos espectadores para decidir, por sí y con ingenio, qué hacer, cómo y con quién.
Si los mayores entendieran que el aburrimiento educa más que las obligaciones, podrían pensar la semana devolviendo a los hijos lo que nunca deberían haber perdido: su ocio creativo.
Aunque, primero, sería bueno recuperar el propio.

