Quienes aguardan esperanzados el postergado lanzamiento del “albertismo” sufrieron una nueva frustración. Todo el discurso del Presidente de la Nación en ocasión de la apertura de sesiones del Congreso estuvo destinado a mostrarle a su mentora que él, el presidente que ella designó, no la está defraudando ni se ha desviado un ápice de lo que ella espera de él. Que, aunque se vio compelido a firmar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, en modo alguno eso significará un ajuste del gasto, sino todo lo contrario. No corregir la economía es un mérito altamente valorado en el peronismo.
Ese es Alberto Fernández en estado puro. Le dice al Fondo que firmará, pero le asegura a Cristina que no ajustará. Le pide apoyo a EE.UU. y le ofrece a Putin que Argentina sea la puerta de entrada de Rusia a América latina. Necesita el apoyo de la oposición para aprobar el acuerdo con el FMI, pero la agrede duramente en su discurso. Piensa que podrá engatusar a todos a la vez y durante todo el tiempo. A dios y al diablo. A tirios y a troyanos.
Custodios del setentismo
El objetivo del acuerdo con el FMI no es otro que reprogramar los vencimientos de la deuda para que impacten en el próximo gobierno, que muy probablemente no será peronista. De todos modos, los ajustes que se iniciarán ahora se suspenderán si resultan políticamente costosos. El que viene es un año electoral, un tiempo en el que los ajustes son impensables.
Transitar una senda de racionalidad económica no es lo que importa al Gobierno. Es preferible preservar el discurso y echar la culpa a oscuros poderes imperiales y a Mauricio Macri, por el desmejoramiento de la situación económica y social.
Los principales referentes de La Cámpora preventivamente abandonaron la primera línea de fuego, seguros de que, con el Fondo o sin él, se vienen tiempos difíciles en la economía. Se hacen a un lado porque piensan que de ese modo luego podrán decir que ellos lo advirtieron, que no debería haberse firmado acuerdo alguno. Creen, también, que con ese discurso conservarán sus votos para una futura batalla por el poder.
Sentimiento antinorteamericano
Hijo de un poderoso comercializador de granos, Félix Weil escribió un libro que recién tuvo su edición en español durante los años de Horacio González al frente de la Biblioteca Nacional. En El enigma argentino, Weil (quien financió los primeros pasos de la Escuela de Frankfurt) explica el origen del sentimiento antinorteamericano de los argentinos. Fueron los grandes terratenientes afines a Inglaterra quienes despreciaban a EE.UU., país al que veían como un pujante competidor en un tiempo en que Argentina tenía aspiraciones de potencia continental.
Herederos de ese sentimiento, los militares que dieron origen al peronismo lo nutrieron desde un inicio con sus simpatías por Alemania durante la Segunda Guerra. Braden o Perón (por Spruille Braden, quien fue embajador estadounidense en Buenos Aires) fue consigna fundacional, a la que siguió una prédica antinorteamericana que se reavivó durante los años 1970 en todo el continente, con una llama avivada por la Unión Soviética.
Esta visión acerca de que es Estados Unidos el que impide nuestro desarrollo fue el alimento intelectual de la generación que hoy gobierna. Se trata de una idea muy confortable y exculpatoria. No somos nosotros los responsables, sino el maligno imperio del norte. De ahí a las simpatías por Rusia y China hay un corto paso.
La seducción de las dictaduras
Hace medio siglo, Rusia y China contaban con el atractivo del socialismo. Con precaria información, que luego resultó esencialmente falsa, amplias franjas de argentinos pensaban que allí se estaba construyendo a pasos acelerados una sociedad más justa y equitativa. Pero no era así: las tasas chinas recién llegaron cuando se introdujeron reformas capitalistas y el lucro pasó a ser la principal motivación de la economía.
¿Qué puede admirarse hoy de una sociedad como la rusa? ¿Por qué todavía hay una parte de la dirigencia peronista que se muestra a favor de esta potencia imperial? Admiran su patriotismo expansivo, el autoritarismo de su gobierno, la supresión de derechos individuales, la persecución a los opositores, el rechazo de la democracia, la unificación de todo el poder en un hombre. Y creen que es beneficioso para el mundo que su poder se extienda, a la par del de China. Porque –piensan– el verdadero mal es Estados Unidos.
El mamarracho de la política exterior argentina sólo puede explicarse por un cruce entre este sentimiento y una propensión irrefrenable del presidente Alberto Fernández hacia la lisonja y la prosternación indecorosas, completamente inapropiadas para un mandatario.
Cristina Kirchner al menos percibió que la ausencia de una condena hacia la invasión rusa a Ucrania dejaba mal parada la posición argentina de reclamo por Malvinas. Pero aun así, lo hizo de una manera elusiva, sin animarse a llamar a las cosas por su nombre.
También en esto hay una grieta entre los argentinos. Los defensores de la democracia, la república y los derechos humanos no pueden mirar indiferentes la violación territorial y la masacre que Rusia está perpetrando contra el pueblo ucraniano.

