La razón populista
Aunque el populismo se arroga la representación de todo el pueblo, su ejercicio trae aparejada una fractura en el interior de la sociedad, cuyo resultado es el establecimiento de dos grupos antagónicos.
Desde que Jorge Bergoglio se convirtió en papa, distintos analistas identifican al nuevo pontífice como un potencial peligro para los “populismos” latinoamericanos. Es muy probable que los gobiernos de varios países de la región lo vean así, aunque elijan en este caso el estratégico camino de la cautela y no la habitual alternativa de la confrontación.
Quienes no comparten los modos políticos que prevalecen en algunos puntos del continente están esperanzados ante la posibilidad de que Francisco sea el gran aliado que necesitaban para tomar fuerza.
Como lo ha demostrado en su visita a Brasil, todo indica que Francisco evitará la confrontación con los movimientos populistas (entre los que se cita al kirchnerismo), ya que “estos movimientos construyen poder sobre la lógica del amigo-enemigo y, por el contrario, quedan descolocados con aquellos extrapartidarios que se dirigen al mismo destinatario: las masas de excluidos”.
Esta es una sintética caracterización del populismo, palabra en la que muchos creen ver una connotación peyorativa, tal como lo plantea el politólogo francés Alain Rouquié, quien asegura: “Nadie se dice orgullosamente a sí mismo ‘soy populista’”.
Pueden ser rotulados como populistas tanto gobiernos de orientación izquierdista al estilo chavista como otros ubicados a la derecha, como el caso de Berlusconi en Italia o el menemismo de la década de 1990. La similitud reside en la idéntica capacidad para unificar diferentes demandas, lo que permite que grupos altamente heterogéneos e incluso rivales se integren en un mismo espacio a partir de la definición de un objetivo o de un enemigo común, aunque no exista un proyecto de identidad concreta entre esos sectores.
Debido a su vaguedad ideológica, el populismo puede ser definido como una práctica política que toma forma cuando, frente al fracaso de las élites dirigentes para escuchar y atender las demandas sociales, aparecen líderes carismáticos que hablan en nombre del pueblo, cuestionan a las élites tradicionales y articulan un difuso proyecto para conducir a la sociedad.
Los métodos de conducción social tienden a escapar del control institucional, situación que motiva la difícil convivencia entre populismo y sistema republicano.
La discusión sobre populismo es muy amplia. Kenneth Roberts plantea cinco rasgos esenciales como punto de partida para elaborar una definición que satisfaga las distintas miradas: liderazgo personalista y paternalista, no necesariamente carismático; coalición de apoyo policlasista basada principalmente en los sectores populares; movilización política con relación directa entre el líder y las masas, que saltea las instancias institucionales de intermediación; discurso antielitista o antiestablishment desde una ideología ecléctica, y utilización de métodos redistributivos y clientelares.
En su obra La religión populista , el periodista Aleardo Laría define este fenómeno como un estilo discursivo de enorme versatilidad y le asigna características que remiten a lo que son las formas de gobierno izquierdistas de tipo chavista, donde un personaje carismático aparece como el padre salvador que protege al pueblo de todas las tempestades y enemigos, tanto internos como externos, sean estos representantes de la oligarquía o del imperialismo.
Las prácticas populistas implican el “uso faccioso de la administración pública, la demonización del adversario y la búsqueda de herramientas como la reelección indefinida para eliminar la alternancia”, advierte.
Un rasgo sobresaliente que asigna Laría a la retórica populista es la motivación de los adherentes con sobreactuaciones dramáticas para denunciar amenazas externas y estimular, de esa manera, los sentimientos nacionalistas más viscerales. Según su punto de vista, con la enorme importancia asignada al discurso, el populismo “reemplaza la lucha de clases por la lucha de frases”.
Es importante tener en cuenta que los regímenes populistas mantienen los elementos básicos de un orden democrático, como las elecciones libres y algún nivel de tolerancia hacia los partidos de oposición. El problema es que una radicalización del experimento populista puede derivar en una fase superior, donde esos elementos democráticos básicos dejan de existir por completo: el totalitarismo.
Defensores. Aunque el populismo se arroga la representación de todo el pueblo, su ejercicio trae aparejada una fractura en el interior de la sociedad, cuyo resultado es el establecimiento de dos grupos antagónicos. Ernesto Laclau, destinatario de una exacerbada mezcla de admiración y veneración en amplios círculos académicos locales, interpreta a ese fenómeno como "una parcialidad que quiere funcionar como la totalidad de la comunidad".
La simpatía de Laclau por el populismo está sustancialmente expuesta en su obra La razón populista , cuyo objetivo es rescatar al fenómeno "de su lugar marginal dentro de las ciencias sociales". Su interpretación es que el populismo no es un obstáculo para la democracia sino que la garantiza, al incorporar a la política a las masas populares excluidas a través de liderazgos que no son ortodoxos desde la perspectiva democrático-liberal.
Este punto de vista supone que la función de los líderes políticos es ayudar a consolidar los intereses de sectores marginados, cuya identidad corporativa es mucho menos fuerte que la de grandes grupos empresariales, sindicales o económicos. Pero, como se dijo, el populismo puede derivar en una fase superior.
De ahí que resulta inquietante la visible coincidencia entre la lógica laclauniana del antagonismo como forma de construcción política y la lógica del amigo-enemigo desarrollada por Carl Schmitt, uno de los ideólogos fundamentales del totalitarismo nazi.
*Periodista, investigador adscripto en el programa Historia Política de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC.

