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La razón de la sangre americana

Si hay algo que distingue a gran parte de nuestro continente, y sobre todo a nuestro país, es la mixtura y, en consecuencia, la superación del estigma de la identificación por raza. Alejandro Mareco.

17 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
La razón de la sangre americana

Cristóbal Colón hizo un mundo redondo; fue el hombre que, con nombre y apellido, inauguró la aventura de la globalización. Pero el 12 de octubre de 1492 se puso en marcha aquella vez uno de los capítulos más feroces de dominación territorial, física, cultural y espiritual. Los que estamos, aquí y ahora, somos hijos de esa marca. Cargamos con la condición americana; es decir, con las heridas y la esperanzada proyección que ello pudiera representar. Esta semana que pasó fue la primera vez que se conmemoró en el país como Día del Respeto por la Diversidad Cultural, después de que durante casi un siglo se la celebrara como Día de la Raza. Acaso en su momento el concepto vino empapado de las circunstancias: hacía apenas algunas décadas que el poder argentino ya constituido había librado la gran batalla contra los aborígenes en los territorios en disputa y, mientras tanto, el país se había conmocionado por la llegada de inmensas legiones de inmigrantes. Entonces, se entendía como raza a la reivindicación de los sectores que fungían como los "dueños" de la pertenencia argentina.Pero el concepto de afirmación de la cuestión de la raza es lo más alejado de la realidad que se puede plantear en estas tierras. Precisamente, si es que hay algo que distingue a gran parte de nuestro continente, y sobre todo a nuestro país, es la mixtura y, en consecuencia, la superación del estigma de la identificación por raza, que tantas desventuras ha causado y causa en el mundo.Ésa es nuestra gran ofrenda al futuro de los hombres. América es el proyecto de la fecundidad de la mixtura: al cabo de la colonización y de la inmigración, sumada a la esclavitud que diseminó en inmensas proporciones también la raíz africana, este continente lleva en sus entrañas un variopinto racial que, si alguna vez termina por asomar su esplendor a la luz, dará una lección de humanidad.Nuestro orgullo debería ser la mixtura. Desde los primeros colonizadores quedó la impronta del mestizaje. Luego, la inmigración nos inundó de apellidos, de memorias y de diferentes culturas. Así, la gran mayoría portamos una reunión de genes que debería prevenirnos contra cualquier reivindicación racista. Y si no la portamos en la sangre, a la reunión de genes la tenemos presente en la convivencia.Es un mundo nuevo no sólo porque hace 500 años era desconocido para los europeos, sino porque la razón de la sangre americana no se aferra al ayer sino, sobre todo, al futuro.