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La política, después de la guerra

Guerrear con ingleses, y con hermanos latinoamericanos, es una acción que ya no nos cabe ni en la imaginación. Son tiempos de paz; nuestros mejores tiempos. Alejandro Mareco.

31 de diciembre de 2011 a las 12:01 a. m.
La política, después de la guerra

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”, dice el casi mítico axioma del militar y teórico prusiano Carl von Clausewitz. El mundo que se describía en esas batallas era el de los poderosos afirmados y el de los incipientes, el de los que pugnaban por conseguir unos escaques en el tablero del mundo y de los que querían conservar las cosas como estaban, es decir, a su favor. Bah, en realidad, no hubo nunca motivos muy diferentes para que los hombres se mataran entre sí (aun en los conflictos religiosos; la mayoría, puro eufemismo, pues nunca se trató sólo de imponer un dios sobre otro, sino una cultura y el derecho a la dominación, incluido el saqueo). Es posible que casi todos los pueblos del mundo, pueblos que son naciones o sólo alcanzaron la estatura de países (“Somos argentinos porque no pudimos ser americanos; somos un país porque no pudimos ser una nación”, decía nuestro pensador justamente reivindicado en estos días, Jorge Abelardo Ramos), seamos hijos de la guerra; ése ha sido el modo de ganarnos nuestro lugar en la historia y, sobre todo, en el presente. Bien lo sabemos desde Estados Unidos hasta la Argentina: dar batalla contra los imperios de hace dos siglos y más fue nuestro modo de amanecer. Luego, claro, para nuestra ventura o desventura, somos sobre todo hijos de la política. Es lo que realmente ha definido y define nuestros destinos. Los poderosos luchan por afirmar y acrecentar sus privilegios. Y a los más débiles, si sus clases dirigentes económicas y políticas no los traicionan, les toca el rol de defenderse y, en lo posible, de recuperar parte de lo que les ha sido arrebatado. En eso estamos los pueblos americanos. Tiempos de paz. La Guerra de Malvinas fue protagonizada por una dictadura militar tan bestial y burda, asesinando como jugando a la estrategia: no esperaban que Londres enviara sus fuerzas militares ni que sus papás norteamericanos se pusieran del lado inglés. Pero la guerra sucedió, de todos modos, y la causa tenía sentido porque era una vieja herida abierta en el corazón del pueblo, aunque el gobierno que la llevara adelante fuese, hasta cinco minutos antes, el más servil al imperio y al saqueo neoliberal. El resultado no sólo fue desastroso en vida de jóvenes soldados sino en la autoestima nacional, por cuya falta mucho debimos de pagar. Pero ésa es una historia conocida. Los ingleses, hasta aquí, siguen argumentando que su derecho es el de la voluntad de los puñados de habitantes de las islas (como si hubieran respetado la voluntad de los pueblos en India, Irlanda y tantos otros sitios). No esgrimen más que eso, aunque por ahí cuenten con argentinos que tratan de darles razones históricas que ellos ni pensaron, a pesar de que es tan contundente nuestro reclamo. Guerrear con ingleses, y mucho menos con hermanos latinoamericanos, es una acción que ya no nos cabe ni en la imaginación. Es más, nuestra unión continental da cada vez más frutos, como que el Mercosur haya resuelto no permitir que en ninguno de sus puertos amarren barcos con bandera de Malvinas (una iniciativa del uruguayo “Pepe” Mujica que repara la insensatez, por llamarla de un modo elegante, de Tabaré Vázquez). Son tiempos de paz; nuestros mejores tiempos. Estamos despertando. Como decía el francés Michel Foucault, parafraseando a Clausewitz: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”.