La piel que habitamos los argentinos
Reconocernos es el primer paso para sentirnos y demostrar al mundo que las argentinas y los argentinos somos valiosos, que respondemos a objetivos comunes.
A través del tiempo y las permanentes crisis que ha sufrido y sufre (y seguramente seguirá sufriendo) nuestro país, surge la necesidad de encontrar respuesta a una pregunta tan simple en su formulación como compleja en su resolución: ¿de dónde venimos los argentinos?
Decenas de siglos atrás, los antepasados de los microbios flotaban en el mar y se caracterizaban por no tener piel: constituían, simplemente, un aglomerado de elementos genéticos.
El ejemplo vale para advertir que la carencia de piel significa también carencia de identidad, ya que cuando hablamos de piel nos referimos a las características propias de todo individuo o grupo de individuos, que los hacen únicos e irrepetibles.
Entonces, corresponde colegir que piel es sinónimo de identidad.
¿Los argentinos tenemos una identidad propia? ¿Somos un crisol de razas que nos impide obrar de manera mancomunada en busca de objetivos comunes? ¿El país no avanza porque somos distintos y, entonces, no tenemos identidad, es decir, rasgos y características propias?
Ciertamente que la única verdad es la realidad. La carencia de identidad genera más problemas que soluciones, pues los diferentes actores sociales involucrados opinan y accionan de distinta manera ante un similar objetivo.
La pandemia demostró, en esa dirección, la lacerante disparidad de criterios ante situaciones que, de tener una sociedad con identidad, se hubiesen solventado mucho más rápido.
Lo cierto es que los argentinos somos una bella mezcla de matices y debemos aprender a comprender y vivir la vida con la piel que nos toca, para poder sentirnos enraizados en esta bendita tierra.
¿Hasta cuándo estaremos buscando nuestra verdadera piel, nuestra identidad?
Piel propia tenemos desde el mismo momento en que nació el primer mestizo de la unión del indio y el español. De ese modo, tenemos la singularidad de contar con raíces comunes que nos hermanan desde México hasta Tierra del Fuego, además de las diferencias autóctonas que deberían enriquecer esa identidad.
En definitiva, debemos tomar una actitud valiente, asumir lo que somos y desde allí seguir construyendo nuestra mejor piel, sabiendo dónde está la ajena y dónde la propia.
Reconocernos es el primer paso para sentirnos y demostrar al mundo que somos valiosos, que respondemos a objetivos comunes. Que somos capaces de gestionar una Argentina que incluya a todas y todos en el mundo laboral, que podemos elaborar los mejores productos a través de la industrialización genuinamente nacional .
Benjamín Franklin, en una de sus visitas a Inglaterra, se jactó de que los productos que se fabricaban en Estados Unidos podían ser iguales o mejores que los que se hacían en Inglaterra. El espíritu de Franklin de que Estados Unidos podría elaborar mejores productos que Inglaterra anticipó su futuro poderío; nunca negaron su origen inglés, pero ellos habitaban otra piel.
La causa de nuestra frustración nacional es ese complejo de inferioridad capaz de convertir en negativa la posición ideológica más esclarecida, de no saber con qué piel nos identificamos.
En uno de sus trabajos, el escritor Lizardo Sánchez, señala:
“Cuando el período español, nos supimos una misma piel frente a los ataques ingleses, holandeses, franceses y portugueses. Y luego, gracias a ella, la independencia fue cuestión continental. El problema ocurrió más tarde, cuando los comerciantes de los distintos puertos fueron prefiriendo aislarse y comerciar por separado con la potencia de la época, Inglaterra. De este modo la Nación que éramos se fragmenta en 20 repúblicas. Para sustentar eso y de paso ponerse del lado de las modas intelectuales y científicas de la época, se creó en toda nuestra América un discurso según el cual somos inferiores a los europeos o a los anglosajones que, por ello, debíamos imitar su organización social, económica y política, y de ser posible debíamos ir desapareciendo, para ser reemplazados por personas de razas que valieran la pena. Así a la larga habría un país que valdría la pena, claro está, que sin nosotros.”
Las expresiones de Sánchez arrojan luz sobre una problemática que se extiende en el tiempo. Lo cierto es que, como argentinos, debemos asumir una actitud valiente, asumir lo que somos y, desde allí, construir nuestra identidad, sabiendo donde está la ajena y donde la propia.
Reconocernos es el primer paso para sentirnos y demostrar al mundo que somos valiosos, que respondemos a objetivos comunes, que somos capaces de gestionar una Argentina que incluya a todas y todos.
Tan simple y complejo como eso.
* Secretaria general adjunta de Sadop, seccional Córdoba

