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La opinión pública

Con la revolución estadounidense de 1776, se inicia el período denominado como el “constitucionalismo”, que se afianza con la Revolución Francesa de 1789 y que tiene como característica el cambio de una sociedad jerárquica y cerrada a una más igualitaria y abierta. 

27 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Gustavo Viramonte*
La opinión pública

Con la revolución estadounidense de 1776, se inicia el período denominado como el "constitucionalismo", que se afianza con la Revolución Francesa de 1789 y que tiene como característica el cambio de una sociedad jerárquica y cerrada a una más igualitaria y abierta. Este movimiento implicó la universalización del sufragio como forma de elegir a los gobernantes, y de su mano surgieron los partidos políticos, como fuerzas colectivas y organizadas encargadas de formar, presentar, avalar y difundir las ideas de los distintos postulantes a ejercer el poder. Los partidos políticos han sido la organización por excelencia para afianzar las democracias republicanas y representativas modernas. Sin embargo, parece que es ya una tendencia generalizada en las últimas décadas la pérdida del peso que ejercen en la sociedad y el hecho de que su lugar lo vaya ocupando la otra gran fuerza política colectiva difusa o no organizada: la opinión pública.Los sondeos de opinión indican que casi un 75 por ciento de los ciudadanos se manifiestan "independientes", en contraste a lo que ocurría no hace mucho tiempo, cuando frente a un vigoroso bipartidismo se era conservador o radical y, más cerca, radical o peronista.La importancia de este cambio radica en que ya nadie es dueño del voto ciudadano. Quien decide no es hoy el dirigente del partido sino cada elector individual. De allí la importancia de la opinión pública como indicador del talante de la sociedad en su conjunto. No es casual que ahora se hable más de "espacio" político en reemplazo de "partido político", y que en lugar de "gobernar" se privilegie la "gestión". El espacio es algo más amplio y difuso que el partido y la gestión está más vinculada a la eficacia que a la ejemplaridad. En este contexto, en lo que específicamente nos atañe a los argentinos, de cara a las próximas elecciones presidenciales lo importante es saber que, por más que se quiera negar la polarización, inevitable en estos casos, esta se ha producido no respecto de las personas (Mauricio Macri o Daniel Scioli o Sergio Massa), sino entre continuidad o cambio.En esta situación, todo parece indicar que la opinión pública mayoritaria se inclina en un 60 por ciento por el cambio, contra un 40 por ciento que preferiría la continuidad.El candidato del oficialismo ha dado sobradas pruebas de ser un digno continuador del "proyecto", el que promete profundizar; es decir, más de lo mismo: más inflación, más cepo cambiario, más recesión, más suspensiones y despidos, menos puestos de trabajo, más corrupción, más inseguridad física y jurídica, menos institucionalidad, menos Estado de derecho. En otras palabras, mayor decadencia y mediocridad, fomentando una grieta en la sociedad que resulta muy nociva y que va en contra del proyecto de nuestros padres fundadores de "promover la unidad nacional y afianzar la justicia", como propone el Preámbulo de nuestra Carta Magna.No es cierto el relato oficial de que los argentinos estamos mejor que antes. La opinión pública sabe que hay un 30 por ciento de pobres y un seis por ciento de indigentes hambrientos, luego de una década de crecimiento, y que las perspectivas son sombrías de continuar en este declive. Por ello, seguramente, y así lo indican todos los sondeos, a partir del 10 de diciembre nuestro país tendrá un nuevo y promisorio futuro sin enfrentamientos estériles, improvisación, contradicciones y con el único objetivo de lograr el bien común.

*Abogado