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La omnipotencia de las certezasy el fanatismo

Aquellos que se sienten con poder y disponen de mucho dinero se ven tentados a adoctrinar a través de un relato que pretende ser “único”, el cual es vendido con modernas técnicas de “marketing”.

14 de julio de 2013 a las 02:51 p. m.
Daniel Gattas*
La omnipotencia de las certezasy el fanatismo

Como ya conocemos, etimológicamente la palabra “filosofía” significa “amor a la sabiduría”, y uno de los pilares sobre los que se asienta su estudio es reflexionar sobre la ética y la moral.

En la mayoría de los casos, las preguntas de la filosofía son simples y llanas, y justamente lo maravilloso de su simplicidad es que nos sirve para entrar en dudas, no para salir de ellas.

De esta forma, la filosofía se transforma en una vacuna que debería estar en el calendario obligatorio, para inmunizarnos contra la omnipotencia de las certezas, tan común en una dirigencia política, empresarial y sindical que cree saberlo todo, lo que el ciudadano con sentido común percibe como un pragmatismo sin principios.

Justamente, la mayéutica socrática se basaba en evitar que los ciudadanos fueran presos de las certezas y del adoctrinamiento, pues rescataba la capacidad intrínseca de cada individuo para encontrar la verdad en sí mismo. Según Platón, el arte de Sócrates con la mayéutica tiene las mismas características generales que el arte de las comadronas (las que ayudaban a dar a luz), pero difiere de él en que hace parir a los hombres y no a las mujeres y en que vigila las almas y no los cuerpos.

Hipocresía. Hoy escuchamos discursos de toda índole, caracterizados por la omnipotencia de las certezas, propios de quienes no tienen capacidad ni deseo de autocrítica.

Aquellos que se sienten con poder y disponen de mucho dinero se ven tentados a adoctrinar a través de un relato que pretende ser "único", el cual es vendido con modernas técnicas de marketing .

Así se van conformando grupos de fanáticos dispuestos a todo, muy parecido a lo que ocurría en las Cruzadas impulsadas por el papado durante la Edad Media, como si el objetivo fuera liberar el Santo Sepulcro de las terribles manos del sultán Saladino.

La diferencia estriba en que, en este caso, quienes promueven a los “cruzados argentinos” son en su gran mayoría millonarios, que mientras se llenan la boca proclamándose artífices de reivindicaciones sociales, moran en oficinas lujosas de Puerto Madero, poseen grandes mansiones y, por ende, tienen entre sus objetivos cuestiones mucho más mundanas, como lo es mantener a cualquier costa su cuota de poder.

No importa si para ello hay que reprimir el reclamo de los pueblos originarios, como el caso de los qom en Formosa, proteger a los asesinos y cómplices de una joven inocente, como ocurre en Tucumán, o cerrar filas detrás de algunos personajes encumbrados sospechados de corrupción. No vaya a ser que salpique y se abra la caja de Pandora.

La hipocresía es realmente asombrosa, propia de temperamentos vulgares que ni siquiera se sonrojan. Lo más grave es que la irresponsable obsesión de poder y de dinero no les permite percibir el riesgo que el fanatismo puede ocasionar en la seguridad e integridad de las masas, que en muchos casos se manifiestan de manera violenta, intentando imponer una agenda como si fuera una verdad absoluta y de ello dependiera el futuro de los argentinos.

Algunos hechos acaecidos en nuestro país en los últimos tiempos son un triste ejemplo de cómo se puede distorsionar y radicalizar el reclamo, incluso partiendo de algunas reivindicaciones legítimas.

El mundo sigue girando. A pesar de los esfuerzos, se hace difícil hacerles comprender a algunos de estos personajes –que ya se sienten en el bronce– que el poder que manejan, los favores que mendigan y el dinero que amasan tienen un valor efímero y que, si bien puede satisfacer los apetitos ocasionales, son propios de quienes no llevan en sí mismos la fuerza moral que embellece y califica la vida.

Más difícil es hacerles comprender que no hay personas imprescindibles, que el mundo sigue girando y que, por alguna razón, entre los pecados capitales se encuentran la soberbia y la avaricia.

Lo más agraviante es que se utiliza a los sectores más vulnerables para estos propósitos, aquellos que tienen muchas necesidades. Como bien dice José Ingenieros en El hombre mediocre , "el pobre no vive su vida debido a los compromisos propios de la indigencia; se ve obligado a enrolarse políticamente para conseguir una mísera ayuda del Estado, que lo empuja a domesticarse. La miseria es una enemiga poderosa de la dignidad e incuba las peores servidumbres".

De todas maneras, esta época que puede ser considerada como una “bisagra” de la historia para nuestro país, en la que parece que el respeto, la honestidad y la moral se han perdido de modo definitivo, es un interesante momento para repensar nuestro futuro, exigiendo a quienes aspiran a ocupar cargos públicos el compromiso de sumarse a una revolución ética y la apertura al diálogo con quienes piensan diferente. Esto facilitará que la política vuelva a tener el sentido de un magisterio que apunte al bi­enes­tar general.

*Docente de la Universidad Nacional de Córdoba y de la UCC.